Tranquilidad en turbulencia

2621 Words
Todo es un misterio de la mente. A veces, las cosas que vemos no son como parecen; otras, solo son simples escudos para ocultar un trauma del pasado, uno que yace tan profundo en tu mente, amenazando con rompernos en pedazos. —¿Seguro no quieres cenar conmigo? —preguntó Alessio, mirando con dulzura a Peggi frente a la puerta de su casa. —Me encantaría, pero mi madre ya debe estar muy preocupada. Se me hace raro que no me haya llamado al ver que no regresé a la hora de siempre —respondió Peggi, jugando con el pulgar de Alessio. —Hoy ha sido uno de mis mejores días. Gracias por aceptar pasar el día conmigo, bonita. —Gracias a ti por rescatarme de un castigo seguro, por dejarme dormir y comer en tu casa, además de ver películas y pasar un día normal y alegre. —Lo repetiría mil veces, solo para verte sonreír y dormir tan tranquila.También por haberme visto en mi versión más vulnerable —dijo él, acomodando un mechón de su cabello detrás de la oreja de su bonita. —Es lo mínimo que podía hacer después de que me has apoyado tanto. Alessio depositó un beso en su frente, luego en su mejilla y, finalmente, unió sus labios con un suave y dulce beso. —Eres tan dulce, Peggi. Mereces tener esa sonrisa siempre. Peggi lo abrazó con fuerza. —Sigo pensando que esto es un sueño. Debería entrar a casa. Se apartaron con renuencia. Antes de que ella entrara, Alessio la llamó. —Peggi, antes de que entres... ¿estamos claros que somos novios, verdad? Peggi quedó paralizada con la pregunta; la felicidad que le desbordaba apenas le permitía articular palabra. —¿Esa es tu manera de pedirme ser tu novia? Vaya... qué romántico —ambos sonrieron—. Te veo mañana en clases. Peggi respiró profundo y entró. Llevaba una sonrisa que era capaz de resplandecer la habitación, hasta que se tropezó con la presencia más desagradable de la casa. —¿Estas son horas de llegar? —reclamó su tío con arrogancia y una preocupación que solo él se creía—. Tu madre ha estado preocupada. —Si tan preocupada está, ¿dónde está? —preguntó Peggi, reuniendo fuerzas para evitar sucumbir a los nervios que amenazaban con traicionarla. —Vaya, qué manera de responder, jovencita —su tío dejó de lado su taza de café y se acercó a ella—. Has madurado. Ya no eres tan callada, pero estás siendo insolente con tus mayores. —Qué lástima por usted. —Ya veo que tienes noviecito —Peggi tragó en seco—. ¿Ya juegas a cosas de adultos? —Tengo diecisiete años para que me estés hablando y tratando como una niña. Además, no es asunto suyo. —¿Quieres que te trate como a una mujer? —se acercó aún más, hasta posar una mano sobre su cabello—. No me importaría, mientras recuerdes respetar. ¿Tu madre lo sabe o será otro de nuestros secretos? —No me toques. —Peggi apartó su mano bruscamente y tomó distancia—. Me pregunto qué pensará mamá si se entera de la verdadera razón de por qué murió su esposo. Andru tragó en seco y la observó con una rabia mal disimulada. —Me estás desafiando. Una pobre adolescente que aún no supera la muerte del padre. —Un padre que, por desgracia, resultó ser tu hermano. Una vergüenza para él. —Princesa, no abuses de tu... —¡Peggi! —la voz de su madre, que bajaba por las escaleras, interrumpió la tensión entre ellos—. ¿Dónde estabas? Me tenías preocupada. —Me imagino... No tengo ni una llamada o mensajes tuyos —dijo, mirando de reojo a su tío antes de volver la vista hacia su madre. —Estaba agotada, necesitaba descansar. Pero tu tío se hizo cargo cuando llamaron de la escuela. «Para eso sí soy visible. Para que los profesores vengan a chismear», pensó Peggi con amargura. —No tuve un buen día en la escuela, estuve con Laura. —¿Laura es el nombre del chico que te trajo? —preguntó su tío con molestia—. No nos engañes. Peggi le sostuvo la mirada para luego ignorarlo. —Ya ves que estoy bien, al igual que me imagino que tú lo estás, madre. Voy a mi habitación. —No me gusta ese tono. ¿Quién es ese chico? ¿Alessio? —preguntó su madre. —Alessio. Bonito nombre —exclamó su tío. —Quizás debas invitarlo a la casa y lo conocemos. ¿Qué te parece, Maura? —Excelente idea. —Sonríe su madre apoyando al hombre detestable. ¿Quién se cree? —No tengo por qué presentárselo a nadie, ya tú lo conoces, mamá. —Pero tu tío, no. —¿Y a él qué le puede importar? Que se ocupe de sus asuntos, que entre esos no soy yo. —exclamó con firmeza. —Peggi, modera tu tono y la forma en que nos hablas —reclama su madre. —Es el único que tengo, con permiso. —¡Baja a cenar ahora! —gritó su madre al pie de la escalera mientras veía a Peggi subir por los peldaños. —¡No tengo hambre, ya cené! —mintió. Se rehusaba rotundamente a verle la cara a ese hombre después de un día tan bonito. Cerró la puerta de su habitación con fuerza. Recuperó el aire y contó hasta diez lentamente para regular su respiración; se negaba a entrar en una crisis por culpa de ese miserable. De repente, notó que su ventana estaba abierta. Le extraño; estaba segura de que la había dejado cerrada esta mañana. No le gustaban las ventanas abiertas; cualquiera podría entrar. Eso le decía siempre su padre. Se acercó a cerrarla y, tras dedicarle una breve mirada a la luna, se volteó hacia su cama. Al hacerlo, casi tropezó con su silla y cayó al suelo del susto: Laura estaba allí, sentada en el piso, abrazada a sus propias piernas y con la mirada completamente perdida. —¡Laura! ¿Cómo entraste? No me dijeron... —Por la ventana —susurró con voz apagada—. No deberías dejarla abierta; hay gente mala en el mundo. Peggi observó hacia su ventana, pero no dijo nada. Se sentó a su lado, sin escándalos, en silencio y con cautela. —¿Desde cuándo estás aquí? —No lo sé. Lamento molestarte, pero no quería estar en casa. Odio estar ahí en estos momentos. —Está bien, no te preocupes. Peggi se acostó a su lado mirándola a los ojos; aún estaba perdida en un punto fijo. —¿Quieres decirme qué pasó? Desapareciste en la escuela. —No. Dime tú qué hiciste hoy. Peggi quería insistir, pero prefirió callar. —Alessio apareció, eso ya lo sabes. Se voló las clases por mí, me llevó a su casa y estuvimos todo el día viendo película y durmiendo —dijo eso con una media sonrisa. —Parece un buen día —frunció el ceño —. Creo que de verdad te gusta. —Nos gustamos —sonrió—. Parece mentira, pero me lo dijo y me hizo muy feliz escucharlo. Se volteó mirando al techo, recordando cada momento. —Hace mucho no me sentía tan feliz. —Y yo estoy aquí, dañando tu momento. —No dañas nada—. Tomo su mano y se colocó en la misma posición que ella—. Si alguien puede dañar este día, no eres tú; me alegra tenerte aquí y contarte, pero sí me entristece verte así. —Me alegra que una de las dos tenga un día agradable. —Peleaste con tu mamá o pasó algo con...alguien. —Peggi tenía miedo de que su tío le hubiera hecho daño, otra vez. —Te hicieron daño. —Me hacen daño con solo verme, son tan asquiantes, creen que soy tonta y no me doy cuenta de las cosas —menciona Laura con enojo—. Ella cree que estoy loca, pero no lo estoy, solo estoy sufriendo y ella cree que se pasa con una simple sonrisa y paseos. Y él, ese hombre, solo con verme ya me lastima. No quiero verlo más, no quiero que esté cerca. —¿Te lastimó? Dímelo. —¿Qué harías si te digo que sí? No puedes hacer nada, nadie puede. Estoy sola —dice afligida con lágrimas rodando por sus mejillas. Peggi se las quita y la abraza con fuerza. —Algo podremos hacer. —El daño no se olvida, se encrusta en el alma para no dejarte respirar y, a medida que pasa el tiempo, hacerte sentir mal, estúpida y sola. —No estás sola, me tienes a mí. Estamos juntas. —Tienes a Alessio ahora, yo no tengo a nadie. Y me alegra por ti, no creas que no, pero no puedo evitar estar mal. —Alessio y tú son distintos. Tú eres mi mejor amiga, la que me entiende mejor que nadie, y yo nunca voy a abandonarte. —¿Lo prometes? —dice Laura aferrándose a su cuerpo. —Lo prometo. —Peggi le regala una sonrisa y, por primera vez desde que la encontró, la observa directamente a los ojos. —¿Te hiciste daño? ¿Te cortaste? —No funciona de esa manera. —No entiendo. ¿Cómo funciona? —Tú lo sabes. —Peggi, la observo en silencio sin entender sus palabras—. La realidad a veces duele; es preferible vivir en una realidad alterna donde no suframos tanto. —Ojalá fuera así de fácil. —Tú lo sabes, ¿verdad? —Peggi se quedó en silencio una vez más como si Laura quisiera decirle algo en clave y ella no pudiera decirlo. Laura le sonríe y niega—. Solo vine corriendo. Ese hombre estaba en mi casa, intentó tocarme, hablar de algo que odio y corrí y ahora estoy aquí. —Hiciste bien. Te puedes quedar esta noche aquí; no creo que a mi mamá le moleste. —Se lleva bien con tu tío —Peggi arrugó su rostro con asco—. No quiero que llame a mi mamá, solo quiero estar tranquila. —No llamaremos a nadie, nos quedaremos aquí, tú y yo —dijo Peggi mientras abrazaba a Laura. La abrazaba como muchas veces ella quiso ser abrazada mientras estaba destrozada, tirada en el piso llorando, y si no fuera por Laura, sabría que en este momento ella sería la que estuviera ocupando su lugar en el piso, dañando su hermoso día. Un mensaje llegó interrumpiendo el silencio ensordecedor de la habitación. Era Alessio. Alessio: Que pases linda noche, casi novia. Se vio sonriendo a la pantalla. Alessio: ¿Te regañaron? ¿Quieres que hable con tu madre? Peggi: Todo está bien. Estoy con Laura; la encontré en mi cuarto. Alessio: Mm. ¿Está bien? Peggi: No lo sé, me preguntó: “¿Será que nosotros algún día lo estamos?” Alessio: Hoy estuvimos bien, ¿no? Solo tenemos nuestros momentos. Peggi: Me gustó mi día. No quiero que nada lo dañe. Alessio: Nadie lo hará si no lo permites. Tú puedes controlar tus emociones. «¿Puedo? Hace mucho que ellas me dominan a mí para quitarles el control tan fácil», pensó con tristeza. Peggi: Suena tan fácil. Que descanses. Alessio: Cuídate mucho y si me necesitas, aquí estoy. Besos. Peggi: Besos. «Increíble, esto estaba ocurriendo de verdad», pensó. Tengo un casi novio y una mejor amiga y hoy me ha tocado ser apoyo de ambos. ¿Quién lo diría? Y de repente esa sensación de desolación volvió a invadirla; la tristeza se volvía a colar por la ventana, apaciguando esa felicidad momentánea que siempre vivía con ella. Miro a Laura y estaba dormida. Analizó sus facciones con tristeza; era tan bonita y tan rota como ella. Era como verse al espejo, toda fragmentada, gris y sin esperanza. Un reflejo triste que la hizo llorar hasta quedarse dormida aferrada a las manos de Laura con una pregunta en su mente. ¿Cuándo acabará esta tortura de sentirme vacía y triste? ¿Cuándo volveré a ser feliz? -*- Peggi estaba en medio de la nada, sentada en el piso mirándose al espejo, pero sin reconocerse. Podía ver su rostro fragmentado en pedazos, saliendo humo y fuego en cada borde mientras sus lágrimas corrían por sus mejillas. Ella acariciaba cada pedazo por medio del espejo, sin llegar a sentir su textura. Se preguntaba si realmente era ella. —Eres tú —susurró una voz—. Somos nosotras, ardiendo el fuego, rotas y nadie nos puede arreglar. —Yo puedo arreglarme, yo puedo estar bien. —se dijo—. No te rindas, por favor. —le pidió a su reflejo. De repente, todo se puso n***o; el miedo empezó a apoderarse de ella. —Pequeña, dime qué es mentira —era la voz de su padre—. Mi niña, dime que no es verdad. —¡Papá, perdóname, papá! —gritó a la nada. —Papá, no quise, no debías saberlo. —Princesa —escuchó otra voz, esa que odiaba. Su piel se erizó buscando por todos lados su imagen, pero lo único que encontró fue las paredes de una habitación de hospital, con una joven sentada viendo por la ventana. Se acercó con cuidado reconociendo quién era, caminó con cautela hasta frente a ella misma, triste, con su mirada perdida y llorando. —No, no, no. ¿Dónde estoy? De repente, la chica que era ella misma la miró. —No estoy loca, solo perdida por su culpa. Ayúdame. —Princesa —otra vez esa voz. —¡No! —se despertó desorientada, asustada, sin reconocer su propia habitación. Miro a los lados tratando de enfocar y regular su respiración. —¿Una pesadilla? —dijo una voz a su costado. —Laura. —Estás rota, Peggi. Nadie te puede arreglar y lo sabes; no debemos estar donde dejamos de pertenecer. Vamos juntas, lo prometiste. —Princesa —mira a todos lados buscando esa maldita voz que la atormenta. —Basta. —Saltó, sentándose en su cama, miró a su lado y encontró a su hermano. Lo tocó y sí era él, dormido abrazando a su oso. —Linda, imagen —esa voz llegó desde su ventana. —¿Mal sueño, solecito? Tragó en seco y prendió la lámpara de su mesa de noche, alumbrando un poco su habitación. —¿Qué haces en mi habitación? ¿Mi madre? —Esa no es la manera de hablarle a tu tío favorito. —No tengo tío favorito. Sal si lo quieres que grite. —Asustarás al pequeño Andrés. —Miro a su hermano. —Gritaré, y tendrás que explicarle a mi madre qué haces aquí, y no me vuelvas a llamar de esa manera. —Peggi, estabas gritando y vine a ver; al parecer algo en ti no está bien. La partida de tu padre... —No lo menciones, ¡Largo! Andru respiró profundamente y se acercó con cautela, apoyando sus manos en la cama; le dio una sonrisa. —Tranquila, solo velaba tus sueños como cuando eras niña. —No lo hagas, no eres mi padre, jamás lo serás. ¡LARGO! Le tomó el rostro apretando su mandíbula y le dio un beso en la frente. —Dulces sueños, princesa. Salió de su habitación y segundos después Peggi corrió a cerrarla con llave. No debió pasar, no debió entrar. Miró de nuevo a su hermano, lo arropó preguntándose cómo llegó allí cuando de pronto se acordó. —¿Dónde está Laura?
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