La misma noche Islas Maldivas Cristal Debería ser sencillo comunicarnos, hablar de lo que pensamos, pero David no entraba en esa ecuación. Con él, cada gesto, cada palabra, cada silencio era un campo minado. Tenía la maldita manía de darle a todo doble sentido. Sí, admito que el miedo me hizo olvidar ese detalle, pero mi prioridad era protegerme, alejarme de ese “acosador”. Error. El tonto me miraba con confusión y, al mismo tiempo, con una pizca de malicia. Ahí comprendí lo estúpido de lo que había dicho: quise aclararlo, pero todo empeoró. Sin darme cuenta, me estaba reiterando que le intereso… Me asusté. Empecé a temblar, mis latidos se dispararon al infinito, y aun así la preocupación seguía latente. El sujeto nos observaba con esa calma inquietante que erizaba la piel. Menos mal

