El mismo día En algún lugar del océano índico Cristal La desesperación se filtraba por cada poro de piel al ver a David inconsciente. No tenía idea de cómo mantener un yate a flote, y lo peor: estábamos en medio de una tormenta que rugía como si anunciara la muerte si me quedaba de brazos cruzados. Apenas recordaba algunas indicaciones de David cuando zarpamos de la isla, pero entre coqueteos y besos robados, mi mente estaba en blanco. Respiré hondo, tragué las lágrimas y lo removí con desesperación. —David… despierta, por favor. —Le rogué con la voz quebrada—. Necesito que me digas cómo navegar o morimos aquí. Él murmuró algo entre dientes, febril. —Sí que eres hermosa… y yo… —¡David, concéntrate! —le grité, sacudiéndolo—. ¡Dime qué hago! —Nunca le des la espalda… al viento. —¿

