Mykal estaba en el último peldaño de la escalera. Se detuvo con la cabeza apoyada en la piedra. Cerró los ojos. Alguien estaba usando magia. Mucha magia. Le llenaba la cabeza. Una retorcida corriente negra y dorada envolvía su mente. Se movía como una serpiente, subiendo, saliendo y bajando, bajando, bajando. La corriente nunca terminaba. Se superponía y se enredaba. Cuando abrió los ojos, aún podía ver el color. —¿Mykal? —dijo Quill. —Estoy bien. Ya voy. —Mykal empujó la piedra suelta en lo alto de la escalera. La roca raspó contra la roca y Mykal se encogió. Contó varios segundos en silencio y escuchó por si detectaban su aparición. Cuando estuvo seguro de que nadie estaba alertado, levantó del todo la losa cuadrada y la dejó a un lado, se izó del suelo y luego ayudó a su padre y a su

