Se limitó a cruzar un saludo con el pastor. Este contemplaba incrédulo el desolado paisaje mientras sus cabras curioseaban alrededor del Latón. Abai no quiso entretenerse más de lo necesario. Recogió lo que creyó imprescindible, lo metió en su viejo saco de lona y partió, sin las ideas demasiado claras, pero lleno de determinación. Dejó al pastor de cabras con la palabra en la boca. No tenía ánimos de pararse a charlar, compartir su frustración, su amargura, su dolor. Se alejó con paso decidido haciendo un gran esfuerzo por no mirar atrás. Se acordó de Idurk, el gran esturión, y giró la cabeza, sin detener la marcha en dirección al lugar donde yacía. Desde el camino pudo contemplar el esqueleto del viejo rey completamente pelado. Solo quedaban los huesos, pero incluso de aquella manera seguía siendo un animal hermoso. “Adiós, Idurk”. Sintió una punzada en el corazón. “Adiós, Latón”.
Caminaba con gran ímpetu, tanto que tardó casi tres horas en hacer un primer descanso, junto a una fuente. El cuerpo sudoroso, los pies calientes, la garganta seca. Se refrescó la cara y el cuello y bebió agua fresca. Llenó de agua una botella de vidrio transparente y se sentó en una roca. Sentía un hormigueo en el pecho, una intranquilidad mezclada con emoción: la emoción de hacer frente a lo desconocido, el entusiasmo de comenzar de nuevo casi con lo puesto, pero lleno de ánimo, enérgico, imparable. El sol comenzaba a fustigar sin piedad el paisaje monótono de arbustos y colinas. Se puso en pie, volvió a colgarse el saco a la espalda y reemprendió la marcha, colina abajo, un poco más sosegado.
Había oído hablar en alguna ocasión de un mar más grande, extenso, profundo, lleno de grandes bancos de peces, cuyas aguas eran surcadas por cientos y cientos de barcos de todos los tamaños. Incluso aviones aterrizaban y despegaban de sus aguas, lo cual estaba ansioso por ver con sus propios ojos. No sabía muy bien qué iba a hacer, no había esbozado ningún plan en su cabeza. Se dirigía hacia el mar instintivamente: el mar era su modo de vida, en el mar se sentía como en casa. Sabría ganarse la vida: pescar, navegar... Haría lo que fuera. Echaba de menos su olor, el ruido de las olas, la brisa cargada de humedad y de sal, su omnipresente vastedad, la oscuridad de sus entrañas, la nítida línea del horizonte siempre inalcanzable, siempre presente, siempre perfecta. Se acordaba de su amigo Toksan, de cómo había emprendido el mismo camino que él tres años atrás, después de una fuerte pelea con su padre. No había sabido nada de él desde que se fue. Nadie había sabido nada de él. Albergaba en secreto el deseo de encontrarlo. Pensó en su madre, cómo encontraría el fajo de billetes en su caja de coser, probablemente por la noche, después de acostar a su padre. No se despidió de ellos. No de palabra. Aquel gesto lo decía todo: me voy, os quiero, os echaré de menos, no sé cuándo volveré. Las cabras del rebaño contemplando el Latón como si se tratara de un objeto extraterrestre.
El camino bordeaba monótonas colinas, prolongados ascensos y descensos, curvas abiertas a derecha e izquierda. Caminaba con la sola compañía del murmullo de sus pensamientos y el sonido seco de sus pasos, rítmicos, monótonos, incansablemente hacia adelante. Tardó unos instantes en reconocer el sonido de más pisadas, distantes, detrás de él. Se giró y vio a lo lejos la figura de un carromato aproximándose. El sonido se iba acercando. Giró hacia atrás la cabeza varias veces. El sonido de las poderosas pisadas del percherón, del chirrido del eje de las ruedas y el crujir de las juntas de la madera del carro, pronto se hicieron bien distinguibles. Cuando llegó a su altura, el carro paró. Le invitaron a subir y aceptó gustoso. El carro iba cargado con sacos de carbón. Se acomodó en la parte de atrás. Un muchacho de unos diez años giraba la cabeza constantemente para contemplarlo, el pelo cortado a cepillo, los ojos grandes y curiosos. Le preguntó su nombre y el muchacho le dijo el suyo. Su padre, a su lado, llevaba las riendas, sin mirar atrás, con aparente despreocupación. Comenzó a cantar en voz baja. El niño abandonó el lugar junto a su padre y se sentó junto a Abai. Le preguntó a dónde iba, qué iba a hacer, si conocía a alguien allí. Abai le respondió que viajaba para encontrarse con un amigo, que tenía un barco y que iban a pescar grandes peces en el gran mar. Sabía que mentía, o quizá no, pero no le importó. Era un deseo y, quizá, al expresarlo de aquella manera, la suerte se inclinaría un poquito más hacia su lado. El muchacho comenzó entonces a hablar en susurros: le contó que su padre le había sacado de la escuela y lo había puesto a trabajar con él llevando carbón o cualquier otra mercancía que se terciase de un pueblo a otro, de mercado en mercado.
—¿Y no te gusta?
—No. Estaba mejor en mi casa, con mi madre, mis amigos...
Abai echó una mirada al padre. Seguía cantando. Las espaldas anchas, el pescuezo rollizo quemado por el sol, la cabeza cubierta por una gorra militar salpicada de innumerables lamparones negros.
—¿Te gustaba más la escuela?
El muchacho se pensó unos segundos la respuesta.
—Tampoco mucho... Abai sonrió.
—A mí tampoco me gustaba la escuela. Pero sí que me gustaba salir a la mar con mi padre. Él quiso que yo estudiase pero yo no quería estudiar. Me gustaba demasiado el ruido del motor del barco al arrancar y cómo echaba a andar, mar adentro, rompiendo la superficie del agua. Cada vez era como una aventura nueva.
El muchacho le miraba con sus grandes ojos negros.
—Mi padre me hacía trabajar duro a propósito, pero yo me daba cuenta y no consiguió que desistiera.
Abai interrumpió su relato. Su mente se vio inundada por una sucesión de imágenes de su padre, el Latón, el mar, las redes llenas de peces... Tuvo un súbito ataque de nostalgia.
—¿Y qué pasó?
—Trabajamos juntos muchos años. Luego él enfermó y me hice cargo del barco.
—¿Tú solo?
—Sí. Se convirtió en mi casa. Pero ahora todo eso ya es pasado.
El muchacho le miraba con ojos inquisitivos sin abrir la boca.
—El mar desapareció.
—Entonces... Es verdad lo que decían en el último pueblo, nadie hablaba de otra cosa.
—Sí. Tan cierto como que estamos rodeados de sacos de carbón.
—Caramba. Por eso te vas con tu amigo, a pescar a otro mar.
—Cierto.
—Yo creo que también me habría gustado el barco.
Abai se ofreció a ayudarles. El padre desató al caballo y mandó al hijo a por forraje. Los clientes llegaron en rápida sucesión: un saco, dos sacos, medio saco... En poco más de media hora ya se había vaciado medio carro. Unos llevaban los sacos al hombro, otros en carretillas. Una señora pequeñita y delgada se lo cargó a la espalda. Abai quedó sorprendido de su vigor. El saco abultaba casi tanto como ella. Pensó que no era tan vieja como aparentaba. El padre manejaba el dinero con soltura. Algún cliente quiso regatear sin éxito. El fajo de billetes doblados, ajados y sucios entraba y salía con ligereza del bolsillo del pantalón. Se palpó el propio bolsillo para cerciorarse de que su dinero seguía allí. La segunda mitad del carro tardó más en vaciarse, pero en unas dos horas, ya no quedaba nada excepto manchas negras y polvo de carbón. Abai fue invitado a comer, una salchicha ahumada con fideos fríos. El padre hablaba poco, el hijo devoraba la comida. Después de comer partirían de vuelta a casa y él seguiría su camino. Se informó sobre el pueblo siguiente, Makyu, a treinta y siete quilómetros, un pueblo nuevo, industrial, junto a unas minas de níquel y cobalto. Demasiado lejos para llegar andando en el día. ¡Solo era su primer día de marcha! Notaba dos ampollas en la planta del pie derecho.
—Claro que si encontraras transporte podrías llegar hasta Ulya. A partir de Makyu la carretera es asfaltada. Siempre hay camiones entre Makyu y Ulya, llevan mineral a las fábricas.
La duda era si partir aquella misma tarde y hacer noche por el camino o descansar en el pueblo y salir temprano al día siguiente. El padre y el hijo se despidieron de él. El muchacho giró la cabeza y le sonrió una última vez desde el carromato en movimiento. Era una sonrisa de “buena suerte”. Se cargó el saco de lona al hombro y dio una vuelta por el mercado, los puestos ya en retirada. Compró dos manzanas. Preguntaba si alguien iba en dirección Makyu. Casi todos iban en dirección contraria, el resto eran locales. Por fin dio con una familia uigur, los reconoció por los colores de sus vestimentas. Se entendían en ruso. Iban a Makyu a visitar a unos familiares que trabajaban en la mina. Lo podían llevar en la parte trasera de la camioneta, ya que después del mercado quedaba vacía. Fueron en dos vehículos, ambos llenos a rebosar. La camioneta la conducía el padre, mas la hija, el yerno y el hijo pequeño de estos, todos en la cabina. Por delante, un viejísimo coche familiar que parecía se iba a romper en cualquier momento. Abai contó al menos ocho personas dentro del coche, incluyendo dos niños. Circulaban despacio, a unos veinte metros el uno del otro. El aire se llenó de polvo. Él sonreía al contemplar el paisaje quedarse atrás con presteza. Le recordó a los buenos momentos, cuando navegaba con celeridad sobre el Latón, el mar en calma, rumbo a casa.
Makyu era una ciudad pequeña plantada en medio de ninguna parte. El único motivo de su existencia era la proximidad de la rica mina de níquel y cobalto. Calles rectas, paralelas, cruzándose en ángulo recto formando cuadrículas iguales. Nada se olvidó en su concepción: hospital, cine, biblioteca, hoteles, pensiones, bares, monumentos, plazas, y bloques de viviendas, de dos pisos de altura, todos iguales. Se despidió de los uigures rechazando y agradeciendo varias veces su hospitalidad. Quería descansar tranquilo e intuía que no iba a ser posible si seguía con ellos. El aire olía a polvo de mineral y a diesel. Localizó un hotel, que en realidad era una pensión barata, y pagó una noche en una habitación a compartir con otras tres personas. Estaba cansado. Se lavó la cara y se dejó caer encima de la cama. Dos literas ocupaban la habitación. Se apropió de una de las camas de abajo. Miró alrededor: no parecía que nadie más ocupase aquella habitación. Estaba limpia, pero olía demasiado a detergente para suelos. Respiró hondo y cerró los ojos. Se durmió pronto.
Le despertaron las voces de dos hombres hablando en ruso por el pasillo. Risas. Había dormido profundamente. Las voces pasaron de largo. Se sentó en el borde de la cama, seguía siendo el único ocupante de la habitación. La luz natural que entraba a través de la ventana se había atenuado bastante. Calculó que habría dormido unas tres horas. Sentía un vacío en el estómago, se levantó despacio, los pies le dolían, se arrimó a la ventana: una mujer de unos cincuenta años caminaba con paso firme por la acera opuesta. Llevaba zapatillas de casa.
Tenía que comer algo y encontrar transporte para el día siguiente. Bajó un piso hasta la recepción y preguntó a una recepcionista (cuando llegó era un hombre el que atendía el mostrador) de cara pálida, ojos claros y pelo aplastado recogido en una coleta, donde podría comer algo. Esta le indicó un bar restaurante unos metros más abajo, en la misma acera. Luego le preguntó directamente cómo encontrar un camión que le llevase a Ulya. Ella hizo una mueca antes de contestar, dando a entender que no estaba allí para responder a preguntas complicadas. Con mal disimulado esfuerzo le indicó otro bar restaurante, en la otra punta de la calle, donde podría encontrar algún camionero. También le explicó, sin que Abai se lo pidiera, que había un servicio de autobuses, dos veces al día, que le llevarían hasta Ulya. Abai dio las gracias y salió de la pensión. Caminó la larga acera, las casas iguales. Pensó que era un lugar sin alma. Encontró el restaurante, ocupó una mesa y pidió un filete con arroz y berenjenas. Miraba alrededor: localizó una mesa, tres hombres jóvenes habían terminado de cenar y tomaban café y vodka. Charlaban tranquilamente. Cuando terminó su cena se acercó a ellos. Los tres eran camioneros. El que parecía más joven se ofreció a llevarle a Ulya, pero debería estar a las siete en punto cerca de la puerta C de la mina, “pero no en la misma puerta”, insistió. Pagó su cena y caminó de vuelta hacia el hotel.
Durmió poco. Un nuevo inquilino entró en la habitación a altas horas y se acomodó en la cama de abajo de la otra litera. Le despertó. No sabía qué hora era. A partir de entonces solo durmió a ratos, temía que se le pasara la hora. Abandonó el hotel con mucha antelación, la recepción vacía, el cielo todavía oscuro, la calle desierta. No le gustaba aquel lugar: ni la pensión, ni la ciudad. De camino a la mina se comió las dos manzanas que compró en el mercado. Una vez allí se mantuvo a una distancia de la puerta C, como le habían indicado. Se levantó una brisa fría y seca, cargada de olor a mineral y se acordó del viento frío, tan húmedo y salado de los amaneceres en el mar. Miraba con ansiedad los camiones abandonar el recinto vallado, pesados, rugiendo a aquella hora tan temprana, llenando el aire de humo n***o, esparciendo su fragancia a diésel quemado. El tercer camión era el suyo, reconoció al conductor y le hizo una seña con el brazo. Era un hombre joven, de un pueblo cerca de Makyu, soltero. Vivía en una pensión y tampoco le gustaba aquel lugar, pero se ganaba un buen dinero. Soñaba con tener su propio camión. No hablaron durante un buen rato. La carretera era llana, como el terreno, las colinas habían desaparecido, casi desértico. Poco tráfico, en su mayoría camiones que iban y venían de la mina a las fábricas de turbinas, imanes y baterías de Ulya. Solo hacía un día desde que abandonó la casa de sus padres y sentía que había pasado mucho más tiempo. Se empezó a relajar, cómodamente sentado sobre el mullido asiento. Le costaba acostumbrarse a viajar contemplando el paisaje a través del cristal, sin sentir el sol en su cara, el viento, los olores de la tierra, los arbustos... Allí dentro se estaba cómodo, pero olía demasiado a combustible y cigarrillos.
El sol se alzó deprisa y comenzó a verse una estructura alargada, negra y rectilínea a mano derecha, paralela a la carretera. Preguntó qué era aquello.
—Un gasoducto. Lleva gas hasta Manqdash, en el mar Caspio. “¡El mar Caspio!”. Sintió una súbita alegría. Casi podía sentir su proximidad.
—¿Está lejos?
—Un buen trecho. Pero nunca he estado.
—¿Hay muchos barcos en Manqdash? El camionero le miró extrañado.
—Supongo... es un puerto de mar. ¿Fumas?
—No.
Le ofreció un cigarrillo. Se animó a hablar después de encender uno, mientras daba caladas llenando la cabina de humo blanco. Eran cinco hermanos, vivían del campo, pero él no quiso saber nada de aquella vida. Soñaba con un camión, dinero y comodidades. Abai hacía un esfuerzo por comparar su odisea a la suya: un camión, un barco, partir, volver... Se le antojaba una vida demasiado controlada, demasiado dependiente de órdenes, un trabajo demasiado ceñido a una rutina, a una ruta, una carretera. Nada comparable con navegar en su propio barco sobre el ancho mar, la aventura de cada día, hoy aquí, mañana allá, a merced de las inclemencias del tiempo, los caprichos de las corrientes. La incomparable emoción de recoger las redes. No le envidiaba, pero sí llegó a impresionarle la soltura con la que se desenvolvía en aquel mundo tan ajeno al suyo. En el fondo, se sentiría afortunado si no fuera por que le habían quitado su mar. Oyendo hablar a su improvisado compañero de viaje, estaba más determinado que nunca a encontrarlo.
El tiempo pasaba, la carretera larga y monótona. El sueño se apoderó de él. Soñó con el Latón, con Idurk que se asomaba a la superficie del agua y le miraba con ojos brillantes, con recepcionistas de pelo aplastado y mirada antipática, con nubes que se transformaban en la cara de su padre, ciudades cuadriculadas con habitantes que no sonreían, familias uigures de coloridas vestimentas... Despertó con el cuello dolorido. Ulya empezaba a verse en la distancia. El camión adelantó a un carro tirado por una mula flaca. A las riendas, un muchacho joven, casi un niño. El conductor murmuró algo que no entendió. Miró a su derecha: el gasoducto ya no estaba. Pensó que había perdido el hilo conductor que le llevaría hasta el mar.
—¿Aquello es Ulya?
—Sí.
Las casas empezaron a hacer su aparición a ambos lados de la carretera como brotes de vegetación espontánea y anárquica. Coches, más camiones, gente que iba y venía. Los edificios crecían en altura, los carriles se duplicaron. El camión se desvió de la ruta principal que parecía llevar al centro de la ciudad y tomó una carretera que bordeaba el río, ancho, de aguas opacas, fajado entre gruesas paredes de hormigón. Se acercaban a un largo puente de hierro, una estructura imponente que dejó asombrado a Abai. El camionero activó el intermitente y paró el camión a un lado de la carretera.
—Será mejor que bajes aquí, la fábrica está al otro lado del río, tendrías que andar mucho más...
Se despidió de él, le dio las gracias y bajó del camión. Lo contempló alejarse, lento y pesado, exhalando humo n***o por los tubos de escape. Luego se echó el saco de lona al hombro y comenzó a andar en dirección a la ciudad.
Ulya era una ciudad grande, de anchas avenidas, donde alternaban edificios modernos con otros viejos de aspecto cochambroso, coches modernos, viejos, ciclomotores milagrosos y carros tirados por animales. Recorrió una larga avenida de árboles raquíticos y monumentos de piedra y bronce hasta que llegó a una zona donde las casas parecían erigirse sin ningún tipo de control urbanístico: viviendas de tres y cuatro pisos, de reciente construcción, junto a viejas moradas de una planta que parecían chabolas, aquí un almacén de repuestos varios, allá una tienda de alimentación, una barbería o una frutería. Dio un giro de noventa grados y tomó una calle muy transitada por peatones que pronto se estrechó abruptamente para volver a abrirse a lo que parecía una plaza. Le llegaron los aromas de un puesto de comida callejera, se dirigió hacia él y pidió dos arenques asados al carbón sobre una parrilla mugrienta, que le sirvieron con un pan plano y verduras. Devoró la comida con avidez, sentado sobre un taburete bajo de madera. A su lado la multitud iba y venía, ajena a él, poseída por el embrujo capcioso de la prisa. Se sintió feliz con el estómago lleno. Había llegado hasta Ulya en su segundo día de marcha, ahora debía encontrar la manera de llegar hasta Manqdash. Le preocupaba que la policía le pidiera la documentación, nunca había llegado tan lejos y eso le hacía sentirse vulnerable. Poseía un pasaporte en regla, renovado obligatoriamente cuando cumplió veinticinco años, que hacía las funciones de documento de identidad. No debería encontrar problemas, pero llegar hasta Manqdash suponía un salto cualitativo importante en su viaje. Entabló conversación con la persona que asaba los arenques y averiguó que Ulya poseía estación de ferrocarril: un tren partía todas las mañanas en dirección a Manqdash. Le preguntó si encontraría muchos barcos allí, y aquél le miró con sorpresa, como había hecho el conductor del camión ante la misma pregunta. No le dio tiempo a responder, pues tuvo que atender a otro cliente hambriento. Abai se echó el saco al hombro una vez más y partió en busca de la estación de ferrocarril. Tenía tiempo. Si decidía viajar en tren, este no saldría hasta la mañana siguiente. Buscaba entre la multitud un rostro amable a quien preguntar por la estación. Un muchacho alto y espigado de cara sonriente le mostró el camino.
La encontró pronto, un edificio sobrio cuyo vestíbulo estaba sembrado de bancos duros de madera y presidido por un enorme reloj que Abai contemplaba incrédulo. Nunca había visto un reloj tan grande. Recordó con nostalgia el viejo Vostok de su padre. Se acercó hasta una ventanilla de venta y preguntó el precio de un billete hasta Manqdash. El vendedor pareció molestarse cuando Abai, en vez de comprar un billete, se retiró hasta un banco y se sentó. Meditaba si debería comprar un billete de tren o buscar otro medio de transporte. No era una gran suma de dinero pero tampoco despreciable. Al rato se decidió, se acercó otra vez hasta la ventanilla y compró el billete más barato. Luego, con el billete en la mano como un preciado tesoro, buscó un banco tranquilo, colocó el saco a modo de almohada y se tumbó a descansar. Decidió que dormiría allí si nadie se lo impedía. Contemplaba el enorme reloj del vestíbulo de la estación como si se tratara de un fenómeno de la naturaleza. Volvió a acordarse del viejo reloj Vostok de su padre: podía revivir fielmente el tacto de su esfera lisa y brillante y el relieve metálico de su correa. El minutero del gran reloj dio un pequeño salto como si hubiera despertado de un exiguo letargo para inmediatamente volver a caer dormido. Las cinco y veinte de la tarde: quedaba una larga espera hasta el tren de la mañana.