XXXI Everett saludaba a sus empleados, luego de regresar de aquel almuerzo de negocios, que se convirtió en todo un buffet de chismes. Odiaba el hecho de que no se trabajara, él, a pesar de su cuestionable vida personal, era en extremo responsable, sabía que cada minuto así, significaba dinero perdido. Sus trabajadores lo adoraban. Siempre sonreía, les llevaba chocolates a las chicas y bonos generosos a todos cuando los deberes salían mejor de lo esperado. Su actitud cambiaba por completo cuando la señora Price iba a visitarlo. Eran muy escasa sus apariciones, aunque las suficientes para hacer un día n***o en el corazón de su hijo. Nunca sabían qué le decían, pero cuando esa bruja se iba, él salía poco después con rumbo desconocido, sin despedirse, ni ver a nadie al rostro. Everett esta

