XXXVI Amy se miraba al espejo, sorprendida, aterrada. Como si el reflejo fuera el de otra persona por completo diferente. Ella ahora se veía más radiante, hermosa. Por años solo usaba el espejo para peinarse, no para observar la mujer destrozada en la que se convirtió por culpa de ese monstruo. Esa mañana, una preciosa dama de mejillas sonrojadas, de ojos enorme y castaños, de labios gruesos y pechos grandes, que pronto lo serían más, se observaba con detenimiento. Se sostenía de finísimo lavabo, con esa paletita en medio, que le indicaba que su cuerpo tenía un huésped. Se mordió los labios y levantó ese plástico para asegurarse del resultado. No había duda, su cuerpo marchito, maltratado y ultrajado antes de tantas formas, aún conservaba la fortaleza necesaria como para convertirse en

