LXII —Verás muchacho, sus circunstancias fueron muy difíciles… Así comenzó a contarle la historia una muy anciana monja, la que todavía seguía viva y recordaba esa época. Ella lo llevó a uno de los mil oratorios de esa ahora escuela, para hablar, ante la insistencia de Everett. La información era algo vaga. Que esa joven, Úrsula, había llegado en calidad de huérfana, al morir su madre y su padrastro. Que era una chica gentil, sencilla y que se enamoró de un chico rico que hizo pilatunas para poder verla, incluso hacerse pasar por jardinero. Everett sonrió con eso último. Su padre debía amarla mucho y ella, al parecer, en algún momento muy lejano, también fue una jovencita que pudo amar. —¿Supo qué sucedió después? —preguntó entusiasta de saber en qué punto todo se fue al infierno. —E

