LI Úrsula de nuevo escuchaba los pasos gastados, la jadeante necesidad de seguir respirando y después ese asqueroso y anciano cuerpo sobre el suyo. La niña no tenía elección, si su propia madre lo permitía y le decía que estaba bien ¿por qué dudar de una mujer que tenía el deber de cuidarla? Soportó otra noche en que su mente se desconectó de su cuerpo, para que el asqueroso, al que debía llamar padre al otro día, se satisficiera. No obstante, estaba harta. Algo por dentro, una vocecita que en la escuela la denominaban “alma”. Creía que esa voz era muy persuasiva y le decía que los quería muertos y en pedazos a su madre y a su padrastro, porque eso que le hacía, no era lo que se debía. A los doce años, tomó un enorme cuchillo de la cocina, una noche que el desgraciado no podía hacer nad

