Nos despedimos y nos encaminamos al auto. Caminamos con las manos entrelazadas hasta el vehículo, estacionado en la parte trasera de la mansión, que hasta hace un momento había sido mi hogar.
Al llegar, el conductor nos abrió la puerta. Entramos, cada uno sentándose a un lado de la ventana, dejando un espacio entre nosotros y en total silencio.
El auto se puso en marcha para salir de la mansión y llevarnos a nuestro nuevo hogar. Miré hacia atrás y vi a la tía Hasan tirando agua tras nosotros, lo que me dibujó una sonrisa. No sé cuánto tiempo pasó ni en qué momento me quedé dormida.
De repente, sentí unos fuertes brazos que me cargaban para sacarme del auto. Me sobresalté al sentir cómo me elevaba como si fuera una simple hoja; no le causaba ningún esfuerzo físico caminar conmigo en brazos.
Frente a nosotros se alzaba una casa enorme, imponente y rústica, construida en piedra. Cuanto más nos acercábamos, más grandiosa me parecía. Pude divisar metros y metros de área verde al frente, un gran jardín repleto de arbustos con todo tipo de flores, lo que me arrancó una sonrisa casi imperceptible.
Nos dirigimos a la puerta principal, la cual fue abierta por una mujer bajita, de cuerpo robusto y cabello n***o. Al ver su cara divertida por la situación, escondí mi rostro en el hueco de su cuello, lo que me permitió sentir el olor de su exquisita colonia y me impidió seguir detallando la casa. Mis mejillas se tiñeron de rojo al saber que alguien estaba presenciando cómo me llevaba en brazos, como si fuera un bebé, un bebé muy nervioso y asustado.
—Todo está listo, señor —escuché a la mujer hablar, a lo que él asintió.
—Que nadie suba a los pisos superiores —ordenó con su voz dominante, lo que hizo que mi corazón empezara a latir con más fuerza. Mis manos temblaban y sudaban; mis nervios aumentaban al tiempo que subíamos la escalera. Me animé a mirar para seguir detallando la casa. Pasamos lo que creo eran varias habitaciones y, al llegar a una sala de paredes blancas adornadas con finos cuadros y en las esquinas muebles elegantes de color oscuro, una gran pantalla seguida de una chimenea, seguimos por el pasillo hasta lo que creo es la única habitación en esta parte de la casa. Abrió la única puerta que supongo que había aquí de este lado, entró y me dejó al lado de la puerta ya cerrada. Me quedé estática ahí, parada, sin ninguna intención de moverme de donde me había bajado.
Él caminó hacia el minibar de la habitación, tomó un vaso y se sirvió un líquido color ámbar. Lo bebió de golpe, volvió a llenar su vaso y lo bebió nuevamente de golpe. Yo seguía estática en el mismo lugar donde me había dejado. Mis manos temblaban, mis labios también. Estaba nerviosa, asustada. De repente, escuché su móvil; al parecer, le había llegado una notificación. Lo sacó, lo miró y maldijo más para sí mismo, pero lo escuché.
—¡Maldición, lo sabía! —Levantó su mirada, encontrándose al fin con la mía. Yo seguía parada en la puerta ya cerrada. Comenzó a desvestirse, se quitó el saco mirándome fijamente a los ojos, y yo... Yo solo quería salir corriendo de allí. Se veía más imponente llevando solo su camisa de lino blanca que se adhería a sus grandes brazos musculosos. Tenía hombros anchos; creo que no le llegaba ni al pecho. Era alto, me intimidaba todo de él.
—¿Te quedarás ahí parada? —Lo escuché decir y no logré articular ninguna respuesta a su pregunta. Solo me quedé estática al verlo desabrochar los botones de sus puños, quitarse la corbata y, sin apartar su mirada de mí, me mostró una sonrisa que no supe cómo interpretar. Era la primera vez que lo veía sonreír en el poco tiempo que nos habíamos visto. Vi cómo se acercaba a mí con un caminar seguro y sentí que mi corazón estaba a punto de salirse de mi pecho. No, no, no, pensé para mí, no te acerques más, por favor, quédate allí. Mis nervios aumentaron al verlo justo frente a mí. Me agarró por los hombros y me movió justo al lado de la puerta. Puso ambas manos a cada lado de mi cuerpo, se inclinó un poco para quedar un poco cerca de mi cara. Me sentí arrinconada por él. Acercó sus manos a la parte trasera de mi cabeza y sentí cómo aflojaba la horquilla, que cayó al suelo. Bajé la mirada, puse mis manos en puños para que no viera el temblor de ellas. Traté de controlarme, conté del uno al diez y de regreso dentro de mí. Él levantó mi rostro con sus manos, como hizo aquella vez en casa, y me miró justo a los ojos.
—¿Sabes lo que viene justo ahora? —preguntó, y yo... Yo solo negué. No puedo llorar ahora, me dije a mí misma. Él acarició mis mejillas mirándome a los ojos. —¿Me temes? —preguntó.
—Yo... yo necesito ir al baño —logré decir con voz temblorosa. Él acarició mi cabello suelto, sin intención de moverse, y yo sentí un nudo en mi garganta. —Por favor —le dije, y él se apartó.
Logré visualizar dos puertas dentro de la habitación, una al lado de la otra, y sin importar no saber cuál era el baño, yo solo avancé hacia una de ellas con la intención de escapar de esta situación, por lo menos momentáneamente.
—A tu derecha —lo escuché decir, y yo me encaminé hasta la puerta de lo que se suponía era el baño. Entré, cerré la puerta tras de mí, apoyando mi cuerpo en ella, y sentí cómo volvía a respirar con normalidad. Vi mis manos que parecían gelatinas, cerré los ojos, respiré profundo. Detallé el baño: era espacioso, justo frente a mí había una gran tina, a la derecha el cuarto de ducha y justo a mi lado el lavabo. Me dirigí a él, abrí el grifo, abrí mis manos acumulando agua en ellas y luego llevándola a mi rostro. No sé cuánto tiempo había pasado, solo sabía que era hora de salir y enfrentar lo que fuera a pasar aquí.
Me dirigí nuevamente hacia la puerta para salir del baño. La abrí, salí, y él estaba sentado con su móvil en la mano, deslizando sus dedos de arriba hacia abajo en la pantalla.
La puerta se cerró bruscamente, anunciando que ya había salido del baño. Levantó su mirada, encontrándose con la mía. Le sostuve la mirada y fue entonces cuando se levantó y se encaminó hacia mí, sentí que volví a dejar de respirar.
Llegó justo frente a mí, me sostuvo de las manos y me guio hacia la puerta, dejándome justo donde estábamos antes de que yo entrara al baño.
Me miró a los ojos, acarició mi pelo, acomodándolo detrás de mis hombros, lo que causó que se me erizara la piel, y él... él lo notó. Notó mis nervios, pude verlo en sus ojos. Acunó mi rostro entre sus manos y... ¡iba a besarme! ¡Él iba a besarme!
Sentí la sensación de sus labios en los míos, lo que me hizo soltar un gemido que hizo que él llevara una mano a mi cintura para acercarme más a él, mientras la otra mano la enredaba en mi cabello. Me besó despacio y yo estaba estática. Nunca antes lo había hecho, nunca antes había besado a nadie y estaba pasando justo ahora.