—Señor Romanov. —Depende del día —declaro sonriéndole, sin detenerme. Por supuesto que no le hace gracia mi pequeño chiste y yo tampoco es que esperara que le hiciera. En tono profesional me indican a dónde debo ir y detenerme, me piden que levante los brazos y lo hago, sin resistencia, dejando que me revisen como un ciudadano más. Cinco minutos después, el protocolo termina. ¿De verdad creyeron que iba a venir armado como un salvaje? Si quisiera hacerles daño o atacarlos, veo muchas cosas alrededor que me servirían para reventarles las cabezas. El lápiz con que una mujer en recepción escribe me funciona. La silla. El florero. El teléfono fijo y el arma que tienen en la funda. En caso de emergencias, claro. Suspiro. «Malditos policías, son tan básicos». —Puede acompañarnos. —

