432 Park Ave
Pent-house
Le doy otro trago a mi whisky y cuando el líquido me traspasa la garganta, sonrío porque me fascina ser el depredador en el mismo mundo donde se pasea mi nueva presa.
Estoy ansioso por oírla cruzar las puertas del ascensor exclusivo de mi pent-house. Estoy inquieto porque quiero verla.
Debería haber llegado hace unos minutos. Es muy consciente de las consecuencias de su impuntualidad, pero, aun así, se atreve a retarme. Y eso me prende de una manera tan profunda, que me vuelve un completo irracional.
Salgo de la cocina y avanzo hacia la sala. Las luces de la ciudad iluminan la oscuridad a través de las altas ventanas que reina en todo el interior. A través de ellas puedo ver los edificios que me rodean, las puertas corredizas del balcón me ofrecen una hermosa vista de la ciudad, pero yo avanzo hacia el sofá y me siento a esperarla, dejando que el alcohol entibie mi sangre.
Pienso en la última vez que la tuve bajo mi cuerpo. La hice pagar por su osadía, lo hice con ganas. Pero la desgraciada jamás lloró. Ella lo soportó.
Pienso en que esta noche la tendré de nuevo. Pienso en lo que le haré por atreverse a llegar tarde a nuestra cita. En el castigo que le impondré una vez la tenga desnuda ante mí.
Ese pensamiento que me llena de anticipación y sonrío sentado en la comodidad de mi sofá.
Sonrío como el artista que espera el momento perfecto para comenzar su próxima obra maestra. Porque eso es lo que soy; un artista. Y el dolor, su dolor, mi musa.
Cuento los minutos con precisión sin dejar de mirar la ciudad, disfrutando tranquilamente de mi trago. Por cada minuto que transcurra sin ella aparecer, será una gota de cera caliente que dejaré caer en su piel.
El sonido del ascensor rompe el silencio de todo el pent-house. Sonrío para mis adentros porque en total serán dieciséis gotas de cera caliente que sentirá.
Sé que es ella, mi conejita. La presa que se ha atrevido a llegar tarde solo para verme rabiar. No me volteo, no necesito hacerlo. El taconeo firme, sensual y rítmico anuncia su presencia. Cada paso resuena como un preludio a la sinfonía que estamos a minutos de crear juntos.
—Dieciséis minutos de retraso —declaro con calma sin voltear a mirarla.
Y tampoco me levanto, al menos no todavía. La espera es parte del ritual entre los dos, es nuestro momento para saborear la anticipación.
Mi mente se sumerge en lo más oscuro de mi ser. Pienso en lo que le haré, en cómo cada lágrima que logre que derrame será una obra maestra. Mi objetivo no es simplemente verla sufrir; es despojarla de toda dureza, arrancar cada fragmento de resistencia hasta que no quede nada más que su vulnerabilidad desnuda. Y llore al fin. Quiero verla llorar al fin.
El taconeo sensual se detiene detrás de mí. Le doy un último trago al whisky y dejo el vaso sobre la mesa, controlando mis ganas de estrellarlo contra el suelo por haberse atrevido a llegar después del tiempo acordado.
Me giro en el sofá y la veo.
Ahí está, de pie frente a mi como una musa cuidadosamente diseñada para hacerme perder la cordura.
Recorro su cuerpo con lentitud y una fascinación que no logro controlar.
Lleva un abrigo de cuero n***o que cubre toda su figura y se ajusta en su cintura con un cinturón de cuero del mismo color.
«Eso puedo usarlo si llega a actuar altanera».
De ella desborda una elegancia letal admirable. Sus tacones negros de punta fina son una declaración de poder, aunque sabe muy bien que aquí, el poder es mío.
Me relamo los labios al ver los suyos pintados en ese rojo brillante que sabe que me prende porque me recuerda al color de la sangre que semanas atrás derramó en su castigo. Su derribe le costó caro y la condenada pagó con gusto.
Ladeo la cabeza y la observo detenidamente, como un artista frente a un lienzo en blanco. Cada detalle es importante, cada rasgo será parte de la historia que escribiré con su delicioso sufrimiento dentro de mi habitación.
Me sonríe con altanería y algo dentro de mí se enciende.
Es un fuego vivo que amenaza con consumir cada rincón de mi ser. Es una mezcla de fascinación, poder y placer oscuro que no puedo controlar.
Desde que la vi, lo despertó.
Desde que me habló, lo desató.
Desde que la tuve a mi merced, lo avivó.
Desde entonces lo alimenta sabiendo que es capaz de consumirla a ella. Y de los dos, ella es la que tiene todas las de perder si allá afuera se enteran de que se volvió mi presa y sumisa.
Mi mentecita retorcida vuela. Pienso en todas las posibilidades y consecuencias que se desatarían si eso llega a ocurrir. Mataría porque eso suceda, pero hice un pacto con ella y por mucho que desee que todos los sepan, especialmente él, solo para retorcerme en el insano placer, debo morderme la lengua.
—¿Vine para ser observada durante toda la noche? —Ya no me sonríe, ahora es la perra desgraciada que conocí aquella noche—. ¿No te bastó ya?
Su voz causa que cada fibra de mi cuerpo vibre con una intensidad que roza lo insoportable.
—Nunca me bastará —Finalmente me levanto. Lo hago despacio, como si cada movimiento estuviera meticulosamente planeado—, porque mientras más te observe, más sabré como romperte.
Mis ojos no se apartan de ella, de su figura envuelta en ese abrigo que oculta tanto y al mismo tiempo promete todo.
Todo en ella es perfecto, un lienzo listo para ser transformado por mis manos.
—¿Dónde está mi conejita? —pregunto con voz suave, a pesar de que es un evidente reclamo.
Tiene reglas que cumplir cuando cruza las puertas del ascensor para entrar a mi pent-house y lo sabe. Las pactamos en nuestro encuentro anterior.
Mi conejita no responde de inmediato. En cambio, saca de la bolsa negra que lleva en la mano lo que le entregué semanas atrás como parte de nuestro pacto. Mis ojos se fijan en sus movimientos, lentos, deliberados. Y entonces lo veo y sonrío complacido.
Sin decir una palabra, sin mostrarme ninguna emoción, sin dejar de retarme con la mirada, se coloca el antifaz n***o con orejas de conejo.
Es un gesto simple, pero para mí, es todo un espectáculo. Cada movimiento que hace para ajustarlo es una declaración silenciosa que me envuelve en una tormenta de sensaciones porque con solo ponérselo, está dando por sentado lo que le dije hace días cuando la tenía atada en la silla. Ella es mía.
Es mi presa. Es mi lienzo de carne y hueso. Es mi musa y mi sumisa.
Siento como mi pecho se llena de algo que no puedo nombrar. Es algo visceral, animal. Demasiado territorial. El aire en la sala se vuelve más denso, se carga de una electricidad que recorre cada parte de mi ser.
Contemplo a mi preciosa conejita como quien contempla algo único e irrepetible.
Y sus ojos… Oh, malditos sean sus ojos que parecen un mar quieto atrapado en un instante, con ese azul claro, con destellos de verdes que me atraen y me invitan a nadar en su profundidad. Parecen una piedra preciosa de color aguamarina, pero solo son un abismo disfrazado de belleza.
Me fascina su color, pero más me fascina la forma en que me miran.
Desafiantes. Altaneros. Imperturbables y sin miedo. Esos ojos no tiemblan, no se desvían de los míos. No huyen de mí como los demás. Esos ojos me encienden, me atormentan y me causan placer al mismo tiempo. Porque la dueña de esos ojos debería de temerme. Todas lo hacen siempre. Todas tiemblan ante mí, incluso antes de que las toque, de que les hable.
Pero esos ojos... esos malditos ojos solo me observan en silencio como si realmente me entendieran, como si pudieran ver más allá de mi máscara, como si estuvieran dispuestos a enfrentarse a todo lo que soy.
Como si ya han decidido enfrentar a su depredador.
Y eso es lo que más me tiene obsesionado. Me envenena la sangre, me llena de una necesidad insana, porque por primera vez desde que estamos en este juego, siento que las reglas están cambiando a su favor.
Su ausencia de miedo, es lo que me consume. Es un desafío, una invitación a demostrar quién soy, a mostrarle lo que soy capaz de hacerle en mi oscuridad.
—Ya sabes el camino, conejita —hablo al fin, disfrutando cómo mi propia voz resuena en todo el lugar.
Se lo expliqué y más le vale demostrar sus habilidades de retención.
No me da réplica, no hay necesidad. Mi conejita se da la vuelta y avanza con la misma seguridad con la que salió del ascensor. Lo hace con esa gracia letal que me atrapa, que me obsesiona cada vez más.
Antes de tomar el pasillo que dirige a mi habitación, se gira para verme. La sonrisa sádica que me otorga me prende, me hace imaginar muchas cosas.
La sigo con calma disfrutando del taconeo que rompe el silencio, de su cuerpo esbelto cubierto en ese abrigo que pronto le arrancaré, de su cabello largo y sujeto que soltaré y enrollaré en mi mano una vez la tenga de rodillas frente a mí.
Cuando llego a la habitación, ella ya está de pie frente a mi cama.
Comienzo a quitarme la camisa con calma. Esto es así entre los dos. Yo me desnudo, ella espera a que yo lo haga, porque quien tiene derecho a despojarle cada prenda en esa habitación soy yo. Se lo dejé muy claro. Los dos cruzaremos las puertas negras y lo que ahí suceda, ahí se quedará. Otra de nuestras reglas.
Lo único diferente, es que esta noche tenemos una grata compañía.
—¿Debería preocuparme el conejo tétrico que está sobre tu cama, que parece que tuvo mejores años en el pasado? —Enarca la ceja sin dejar de mirarlo—. ¿Sangre o mermelada de fresa?
—Sangre. —respondo y una sonrisa maliciosa aparece en mis labios—. O quizás... un poco de mermelada, tal vez.
Sigo quitándome la camisa, sin perderla de vista. Ella se queda mirando al conejo que está conmigo desde que tengo uso de memoria. No recuerdo ningún momento de mi vida sin él. Lo que me parece patético y encantador.
Ella lo sigue observando, hasta que comienza a acercarse. Lo hace con cautela, acortando la distancia lentamente al tiempo que rodea la cama, como si el mismo peluche fuese un imán y ella la pequeña pieza de metal que es atraída por la misma fuerza de atracción.
Cuando está lo suficientemente cerca, extiende la mano.
—No te atrevas a tocarlo, conejita —le digo, sosteniéndole la muñeca con fuerza. Sus ojos son dos dagas filosas cuando me mira, pero yo le sigo sonriendo—. Al menos que desees quedarte si esa mano.
—No te atrevas a volver a amenazarme —sisea—. Al menos que desees quedarte sin esa lengua.
Le mantengo la mirada, todo mi cuerpo se estremece ante esa amenaza. Mi conejita se endereza y yo lo hago junto con ella al tiempo que la suelto.
—¿Te atreves a amenazarme bajo mi propio techo?
—Si te digo que sí, ¿cuál será mi castigo? —Sus ojos van a mis manos.
—Dieciséis minutos. Dieciséis gotas. —declaro quitándome el cinturón—. Ese será tu castigo por llegar dieciséis minutos tarde. Por amenazarme, tendrás otro, muy pequeño, sutil, divertido solo para mí. Y por hacerte la fuerte, uno más grande.
Su mirada se ensombrece, en sus ojos está el reflejo de lo que yo siento en este momento.
—¿Sigues empecinado en hacerme llorar a pesar de que ya te demostré que no lo lograrás? —inquiere con autoridad a pesar de que su voz se oye calmada.
A mí no me engaña. A ella le jode y la pone nerviosa el deseo insano que despertó en mí con su altanería aquella mañana.
—¿Crees que no puedo hacerlo? —Le muestro una sonrisa torcida, me acerco a ella con el cinturón de cuero en la mano—. Lo haré, lo intentaré hasta que sangres. No me detendré, seguiré empecinado. Lo haré hasta que llores. Lo haré una y otra vez hasta que digas mi nombre con lágrimas en tus preciosos ojos, mi pequeña conejita.
—Veremos cuál de los dos termina sangrando primero antes de que yo derrame lágrimas por ti, Dimitri Romanov.
Su declaración queda suspendida en el aire en medio de los dos y yo… yo sonrío. Le muestro una sonrisa oscura y primitiva que nace porque reconozco el desafío digno que me acaba de poner.
Aprieto el cinturón con fuerza; el cuero cruje cuando lo enrollo alrededor de mis dedos mientras yo sigo saboreando el sonido igual que saboreo cada palabra que acaba de soltar.
Es una altanera que deber ser castigada.
Mi conejita me mantiene la mirada, no da ni un paso atrás, ni un parpadeo que demuestre debilidad. Nada que exponga una grieta de esa maldita armadura que lleva encima.
Armadura que espero traspasar un día hasta destruirla. Y debería enfurecerme, pero lo cierto es que más me excita verla tan… impenetrable.
—Me encanta cuando dices mi nombre —murmuro, relamiéndome los labios—. Suena mejor cuando lo escupes con odio.
Acorto la distancia entre los dos hasta reducirla por completo. Frente a ella, puedo sentir el calor de su cuerpo y oler el aroma al perfume que yo mismo le ordené que usara en nuestros encuentros.
Me inclino a su cuello y aspiro el aroma a cereza con ansias, con morbo. La boca se me hace agua y mi v***a salta cuando el aroma se cuela en mi sistema.
Es el aroma apropiado para una presa que insiste en caminar voluntariamente hacia su propio depredador con cierta… fascinación por la cereza.
Extiendo mi mano libre hacia el cinturón ajustado en su cintura y deslizo los dedos con lentitud, sin prisa, con todas las intenciones de desatarlo, pero sin apuro.
Especialmente con ella, me gusta tomarme mi tiempo.
—Dieciséis minutos —susurro en su odio, desatando el nudo—. Dieciséis gotas.
Tiro del cinturón y el nudo se deshace. El abrigo se abre ante mis ojos, apenas, dejándome ver la silueta de su exquisito cuerpo aún cubierto. El color de su piel clara contrasta por completo con el n***o; parece relucir. Se ve exactamente como el lienzo en blanco que yo hoy pintaré.
Ladeo la cabeza observándola como un artista que examina su obra antes de dar el primer trazo.
—Dime algo, conejita… —Deslizo los dedos por el borde del abrigo abierto en su pecho—. ¿Ese valor tuyo es real… o solo quieres aparentar que puedes?
Mis ojos se van hacia sus labios rojos carmesí, sacándome una sonrisa lenta y prometedora.
—Porque te lo advierto… —Bajo el tono de mi voz, me inclino más a sus labios—. Cuando empiece a cobrar el retraso con esas dieciséis gotas, no voy a detenerme solo ahí. Tengo un obsequio especial para ti. —Sonrío.
La observo, disfruto del brillo desafiante en sus ojos. Me regocijo con esa forma suya de mantenerse erguida incluso cuando sabe perfectamente que mis obsequios son exclusivos para nuestro propio deleite. Eso se lo demostré la última vez.
De mí solo obtendrá obsequios en nuestros encuentros, no fuera de estos porque no somos un carajo. Si desea regalos, que se los pida a otro cabrón, a mí no.
Señalo con la cabeza las puertas dobles que están al otro extremo de la habitación. Detrás de ellas, el juego comenzará de verdad.
—Vamos, conejita. Es tiempo de pagar tu retraso.
Sin darme réplica, la condenada me hace caso. Camina con una maldita seguridad que me encantaría romper y al mismo tiempo admirar.
Cuando está frente a las puertas negras, la desgraciada las abre sin esperar a que yo lo haga. Me detengo a un metro y ella, en vez de entrar, hace algo que causa que mi v***a salte.
La manera en que desnuda sus hombros y sutilmente se desprende del abrigo dejándome ver su piel, sin nada que la cubra, me acelera el pulso.
No puedo evitar perderme en la maldita perfección de la curva de su espalda adornada, en los omóplatos que se marcan suavemente bajo su piel tersa mientras el abrigo cae revelando la línea perfecta que baja hasta su cintura, diminuta y provocativa.
Me relamo sin poderlo evitar.
El abrigo cae al suelo, permitiéndome ver su cuerpo entero, desnudo y expuesto para mí. Alza una de sus manos hasta llevarla a su cabello sujeto con ese fàzān chino de color n***o que tiene un dragón decorándolo con elegancia pretenciosa.
Cuando tira de él, su cabello cae en su espalda con suaves ondas que se deshacen hasta cubrirle la espalda entera. Lo que me provoca es indescriptible. Me causa una sensación tan punzante en el pecho, que me hace agua la boca.
La devoro con la mirada como el maldito depredador que soy y me pierdo en el morbo que me despierta en la carne su cabello.
—Me gusta despojarte de tus deseos —declara, mirándome apenas por encima del hombro—. Aunque podemos concordar con que te he hecho un favor, ¿verdad?
Maldita.
Sonríe y, sin decirme algo más, entra a la habitación sin mirar atrás en ese taconeo que me crispa los nervios.
Antes de seguirla en silencio, saco mi móvil del bolsillo y le envío un mensaje a mi amigo. No tarda en leerme, menos en responderme y, con una sonrisa, lanzo el móvil sobre la cama y camino hacia la habitación, cerrando las puertas tras de mí.
«Veremos si puede con otro como yo».
Las paredes negras, toda la decoración oscura, la hacen resplandecer a ella. Su piel clara y ese bendito cabello… resaltan. Toda ella resalta.
La habitación no es grande, al menos no tan grande como la mía principal, pero está diseñada para que cada elemento tenga su lugar, su función y propósito.
El sofá de cuero n***o que ocupa una esquina te invita a sentar de una manera que roza lo indecente. Frente a él se levantan algunas estructuras de metal oscuro, discretas, pero inconfundibles para quien sabe exactamente para que sirven. Ella lo sabe muy bien.
Su mirada se pasea por toda la habitación. En sus labios se dibuja una sonrisa cuando sus ojos se detienen en la Cruz de San Andrés y posteriormente en el sofá tántrico de la otra esquina.
Sigo avanzando hasta detenerme junto a la mesa donde tengo algunos… juguetes perfectamente alineados.
Alcanzo el encendedor y disparo la chispa para encender una vela roja y así comenzar con el wax play.
—Pensé que exagerabas cuando me hablaste de esta habitación y tus “juguetes”.
Una sonrisa ladina se dibuja en mis labios. No le digo nada, mantengo mis ojos un par de segundos en la pequeña llama de la vela, viendo como el mismo calor empieza a derretirla.
Ella se merece dieciséis latigazos.
Sí. Realmente, se los mereces porque pactamos una hora y dejé claro que la puntualidad es importante en este acuerdo. El hecho de que le haya importado un carajo me hace hervir la sangre, me obstina. Pero sé muy bien cómo cobrarme la impuntualidad y el way play apenas será el comienzo.
—Pero esto… —añade al cabo de unos minutos—, parece más bien el taller personal de un psicópata muy organizado.
Una risa grave se escapa desde mi pecho sin poderlo evitar.
Castígala.
—Lo tomaré como un cumplido —digo con calma, dándome la vuelta para verla de pie en medio de la habitación—. Elige un lugar.
Señalo el sofá tántrico modelo bondage, la silla y las estructuras de metal que, de todas formas, en algún momento ella ocupará.
—Donde te sientas más… cómoda. —Arrastro la última palabra con una ironía deliciosa.
Dándome una mirada afilada, mi conejita camina con mentón en alto hacia el sofá tántrico de la esquina. Mis ojos la siguen, detallan ese cuerpo desnudo que se ve tan frágil, pero que realmente no lo es.
Cuando llega al sofá, se acuesta con una sensualidad descarada que me hace agua la boca. Desliza su cuerpo sobre el cuero con una seguridad que me enciende. Con actitud deliberada se acomoda, estirando las piernas al tiempo que echa a un lado su largo cabello.
«¿Por qué se empecina en mantenerlo amarrado de esa forma tan fea y desordenada en su día a día?».
Mis ojos siguen cada uno de sus movimientos; no hay prisa. Me acerco hacia ella sin dejar de comérmela con los ojos y cuando llego al borde del sofá, me inclino alcanzando una de sus muñecas.
Su piel tersa, suave y cálida me despierta tantas sensaciones al tacto, que mi cuerpo entero se sacude desde adentro. Aprieto los dientes y lentamente acerco la mano hacia el sujetador de cuero.
Ajusto con un poco de fuerza su muñeca y luego voy a la otra para hacer exactamente lo mismo.
Mi conejita no se resiste, pero tampoco se entrega del todo. Solo me observa con una mirada calculadora bastante filosa.
—¿Tienes miedo a que me obstine y te tumbe en el suelo como la última vez?
Aprieto un poco más el seguro.
—Ya me demostraste lo tramposa que eres —digo con calma—. Pero no es por eso que te estoy amarrando al sofá.
—¿Ah, no?
La miro antes de irme por sus piernas. Sus ojos ya me están esperando y, sin romper el contacto, deslizo mi mano lentamente desde su muñeca, bajando por la extensión de su brazo, pasando por la curva de su hombro y continuando lentamente por su torso.
Es increíble cómo las pupilas se le dilatan.
Sigo bajando con la misma cadencia irritante que sé que le exaspera y cuando llego a su cadera, afinco un poco más para que sienta la caricia con mayor intensidad. Su piel se eriza; puedo sentir en la yema de mis dedos como despierta ante mi tacto.
Retrocedo sin dejar de deslizar la mano y finalmente llego a sus piernas, tomando una de ellas.
Las separo un poco, pero es ella quien las abre por completo para mí, haciéndome romper el contacto.
Mis ojos se van por sí solos a su… maldita sea. ¿Es normal que sienta tanta fascinación por un maldito coño?
He visto cientos de coños desde que tengo doce años. He probado y profanado más de los que recuerdo, pero algo tiene ese maldito coño rosado que me vuelve loco.
Exquisito para azotar.
Es tan delicado, tan… delicioso. Me provoca tanto, que podría pasar el día entero prendido en él devorándolo.
Mira lo empapado que está. Azótalo.
Pero no lo hago. Dejo mis retorcidos deseos pecaminosos que no son agradables para el Señor. Los dejo para más adelante cuando me importe un carajo ser un maldito pecador.
Termino sosteniéndole la pierna para luego seguir con la otra.
—No. Realmente lo hago porque me encanta verte luchar.
Me enderezo bajo su atenta mirada, tirando con fuerza del cuero, ajustado con saña el seguro alrededor de su tobillo.
—Cabrón.
El insulto me saca una risa áspera. No es un insulto cualquiera, sino uno de esos que arrastra veneno. Es increíble que, aun amarrada al sofá, todavía creyera —o tal vez supiera— que esta guerra entre los dos nunca es simple.
Y maldita sea… me encanta.
—Entre un cabrón y otro, ¿cuál te gusta más?
—Hijo de…
—De la gran puta, sí. —Termino por ella—. Mi madre es una reverenda puta. Ella lo sabe, todos lo sabemos, incluso tú. —sonrío—. Pero no creo que hayas venido a mi penthouse a debatir sobre su encantadora reputación, ¿verdad?
—Tienes razón —declara con calma—. Yo vine a jugar con mi amo, no a conversar sobre su familia.
«¿Por qué lo dices así, maldita?».
—Eso no está en nuestro acuerdo.
—Ni nada que nos haga cruzar la línea de lo personal.
Asiento dándole la razón.
—Me importa una mierda lo que hagas con tu vida.
—¡Oh, vaya! Seré tan triste por eso. —Me muestra un falso puchero que rápidamente desaparece—. ¿Crees que a mí me importa un carajo lo que hagas tú con la tuya?
Abofetéala.
—Te atreviste a investigarme, ¿eso no te parece enfermo? —Enarco la ceja—. Que psicópata eres, querida.
—Que palabra tan elegante para algo tan simple. —Chasque la lengua—. No te hagas el ofendido, tampoco el especial, porque tú también me investigaste desde que me viste en el Pleasure, ¿o acaso me lo negarás?
—Yo lo llamaría curiosidad. —sonrío.
Mis manos regresan lentamente por el camino inverso, subiendo por su pantorrilla, pasando por la rodilla y deslizándose de nuevo por la línea del muslo mientras mis ojos recorren el resto de su cuerpo.
Está totalmente inmovilizada con las piernas abiertas para mí. Y aun así… no se ve derrotada, ni débil, ni incómoda.
«Maldita psicópata».
—¿Disfrutas mirarme? —inquiero, levantando la mirada.
—Disfruto ver lo que volveré mierda.
—Eres muy rara.
Está loca.
Dejo de tocarla y me alejo para ir a la mesa por la vela.
—¿Segura de que no te le caíste de los brazos a tus papás?
—¿Seguro que no recibiste un golpe al nacer? —refuta.
Realmente sí me golpeé la cabeza muchas veces, porque siempre andaba espiando escondido donde no debía, pero eso no es motivo para mi locura.
—No lo sé. —Me encojo de hombros—. Dímelo tú. Ya que me investigaste, deberías saberlo, ¿no?
—Esquizofrenia desorganizada. Apego evitativo. Psicópata narcisista. Fetichista… —Suelta un suspiro—. Podría seguir diciéndote todo lo que leí sobre ti, pero te aseguro que en todo el extenso informe no había nada sobre un golpe en la cabeza.
«Loca de mierda, ¿en serio te atreviste a leerlo completo?».
Castígala.
Hazla pagar por eso.
Se está burlando de ti.
Trueno el cuello y tomo aire a fondo para no volverme loco. Sé mantener a raya mis demonios, pero cuando estoy con ella, parece que mis habilidades son probadas cada dos por tres.
Sostengo la vela para darme la vuelta y comenzar de una maldita vez. Ya hemos hablado demasiado y, mientras menos lo hagamos, menos me importará quién es.
La cera empieza a ablandarse; debo caminar con cuidado para no desperdiciar ni una gota. Las primeras dieciséis tienen su nombre, no el mío.
El aroma a cereza que desprende empieza a propagarse por la habitación. Los ojos de mi conejita se mantienen firmes y aparentemente serenos, esperando, a la expectativa de lo que será el inicio del juego de hoy.
«Hoy tengo la noche libre y pienso divertirme hasta el amanecer».
Cuando llego a donde está, me inclino apenas, lo suficiente para que pueda ver cada reacción de su cuerpo.
La primera en el coño. Hazlo.
—Dieciséis minutos —le recuerdo en voz baja, inclinando la vela apenas entre mis dedos mientras la cera caliente comienza a acumularse en el borde—. Dieciséis gotas.
Deslizo la mirada lentamente hasta volver a sus ojos y sonrió despacio.
—Vamos a ver cuánto tiempo tarda esa boca insolente en quedarse callada.
Y antes de que me insulte de nuevo, dejo caer la primera gota. Es pequeña, brillante y desciende en silencio hasta caer en su vientre.
Maravilloso.
El contacto produce un sonido casi imperceptible y entonces ocurre lo que debe ocurrir. Su cuerpo reacciona ante el calor que está comenzando a marcar su tersa y delicada piel.
El abdomen se arquea, muestra una contracción breve que atraviesa sus músculos como una chispa que le saca una respiración que se detiene a medio segundo antes de continuar.
Algo dentro de mí se sacude. No aparto la mirada de ese punto de cera que comienza a enfriarse sobre la piel.
—Una.
Levanto la mirada hacia su rostro, nuestros ojos se encuentran y ahí está otra vez ese maldito brillo desafiante que me exaspera y fascina con la misma intensidad.
Inclino un poco más la vela y otra gota se forma lentamente en el borde y esta vez dejo que se cuelgue un segundo más antes de soltarla. Muevo la mano y la dejo caer justo al lado de la otra, causándole la misma reacción.
Su abdomen se tensa en medio de una reacción involuntaria que se desliza por su cuerpo como una onda silenciosa que la descontrola. Sé que lo hace, porque su piel erizada me lo confirma.
—Dos. —susurro con suavidad.
La llama sigue viva. La cera acumulándose.
Un lienzo perfecto.
—Es curioso… —murmuro— cómo algo tan pequeño puede hacer reaccionar a todo el cuerpo.
Inclino la vela y la tercera gota cae esta vez cerca del costado.
La reacción que provoca es más marcada: un leve tirón en las muñecas sujetas, causando que mis labios se curven con una sonrisa bastante sádica.
Tiene un punto sensible, recuérdalo.
—Tres.
La habitación se llena del olor que desprende la vela, del sonido de su pausada respiración y la electricidad que emana entre los dos.
—Quedan trece, conejita. Nuestra noche apenas comienza.
«Y mi amigo ya viene en camino».