De rodillas

2553 Words
El sonido de mi móvil resuena en todo el auto interrumpiendo mi canto. Extiendo la mano para pausar Paparazzi de mi adorada Gaga. Alcanzo mi móvil en el asiento del acompañante y sonrío cuando veo su nombre en la pantalla. —Te habías tardado… —murmuro y no dudo en contestar—. ¿Sí? —¿Ya estás acostada? La pregunta me arranca una pequeña risita. —De hecho, no —respondo con calma—. Estoy conduciendo, ¿por qué? —¿Conduciendo? —La sorpresa en su voz es casi adorable—. Pensé que ya estabas metida en la cama con Dove —continuo y puedo escuchar el sonido de unas llaves—. ¿Qué haces conduciendo a estas horas, bebé? La mentira ya está lista en mi lengua antes de que termine de preguntar. —Sí, ese era el plan —suspiro, observando mi reflejo en el espejo retrovisor con mirada divertida—. Pero luego llegó el novio y, honestamente, no tengo ánimos de ser un mal tercio esta noche, así que me largué. «Me corrieron, más bien». Sonrío como la propia pendeja y niego mientras que lo escucho suspirar del otro lado de la línea. —Qué lástima… —Estoy segura que la pasará de maravilla sin mí. —Acelero cuando el semáforo cambia a verde—. ¿Y tú? ¿Cómo va la cena con el alto mando? Harold se toma unos segundos antes de responder, escucho pasos, hasta que el sonido de las llaves cayendo sobre la mesa me da la respuesta. —Aburrida. —Eso suena exactamente como una cena con el alto mando de la agencia —me río. «Pobre de mamá y todo lo que esta noche tuvo que soportar por amor a papá». —Lo bueno es que me escapé —añade—. No es lo mismo ir a una sin mi prometida, así que me vine a casa. Levanto una ceja. —¿Debería sentirme halagada o debería regañarte por escaparte? —Amabas, bebé. Ya sabes que no tolero ir a las cenas sin ti. —Pensé que esta vez dudarías más. —Tres minutos más que la última. Además, no tengo sueño. —Oh… interesante —murmuro—. No tienes sueño entonces. —Nada. —Se queda en silencio por un pequeño tiempo hasta que suspira—. Y me encantaría que ni prometida estuviera en mi casa en este instante. —Lástima que tu prometida va conduciendo hacia su departamento. Harold se ríe con ganas. —Qué conveniente… —Su voz áspera y provocativa me pieza los vellos de la nuca—. Qué bueno que yo tengo un auto tan rápido como el de ella y que me puedo saltar unas cuantas luces rojas en nombre de la ley. —Coronel… —ronroneo, hago rugir el motor y acelero al tomar la curva—. ¿Se atrevería a tanto por amor? —Me atrevería incluso a llevarme por el medio a más de uno en mi camino por amor. Todo sea por llegar rápido a ti. Suelto una gran carcajada. —¿Ah, sí? —Sí. —¿Incluso a esta hora? —Especialmente a estas horas. Miro la avenida no tan vacía que se abre frente a mí. Nueva York no duerme y esta hora es la favorita para muchos que buscan diversión o precisamente eso, matar por amor. —Que coincidencia que mi departamento quede a cuarenta minutos de tu casa, ¿verdad? —Yo lo veo más como una curiosidad. —Lo que hace el amor, ¿no? —Esquivo los autos en mi camino—. Entonces, supongo que tenemos una carrera a ver quién llegar primero sin matar a nadie en el camino. Somos los buenos, no lo olvide cuando salga de casa coronel. Mi risita le divierte. —¿Qué me darás si llego primero sin ocasionar un accidente? —Lo que desees. —respondo con tono incitador. —Entonces tenemos una a puesta. Y si llego primero, me dará esa mamada que tanto me has negado por tanto tiempo, agente. Dejo salir una gran carcajada con ganas, presiono el acelerador para que escuche como ruge el motor de mi Porsche que responde como bestia y antes de colgar, le dejo esto bien claro una vez más. —Mi coronel, yo jamás pierdo —le recuerdo—. La mamada que tanto desea se la daré en la noche de bodas, no antes. En esta relación yo soy la diosa y usted es quien me reza, pero le aseguro que cuando nos casemos, le enseñaré de rodillas mi mejor plegaria. Cuelgo la llamada y vuelvo a acelerar con ganas. Mantengo la mirada en la enorme pizarra de corcho que ocupa casi toda la pared de mi pequeña oficina. Está cubierta de fotografías, más impresos, nombres, fechas, horas, notas que he ido dejando y pequeños hilos que conectan rostros, direcciones, incautaciones y cadáveres. —¿Qué estás esperando para el siguiente movimiento? —murmuro con los labios cerca del borde de la copa de vino que sostengo en mi mano. Cuando digo que nunca pierdo, es porque que nunca lo hago. Llegué primero. Vivir cerca del cabrón tiene sus beneficios. Logré vestirme y ahora estoy en mi oficina esperando a que Harold llegue para que pague. Observo el tablero en silencio. Leo sus nombres en cada fotografía. Marcelo Valenti. Oscar Gallego. Erik Simmons. Jessie Beckley. Ton Reynolds. Radek Neumann. Son algunos de los nombres que tengo y conectan como si fuera el mapa de una enfermedad que se está extendiendo lentamente por la ciudad y fuera de esta. Todo comenzó con un pequeño informe en una pila de reportes rutinarios en la agencia. Un caso menor sobre una pequeña banda que apareció de la nada distribuyendo una droga nueva entre estudiantes de secuenciara. Nada que hiciera saltar mis alarmas. Que vendan droga en las escuelas es algo más común de lo que muchos padres creen, pero cuando sucedió lo ocurrido en el club, mis alarmas si se incendiaron. Tuve que ocultar el acontecimiento por motivos por lealtad a los míos. Pero la maldita píldora con el símbolo del cuervo llamó mi atención por ser la misma que esa pequeña banda distribuyó. Y desde entonces, el maldito pajarraco sigue sin tener un rostro en mi tablero. Pero lo tendrá, de eso estoy totalmente segura. Dirijo la mirada hacia la foto clavada en la esquina superior. —Brooklyn… —murmuro, mirando el mapa donde un círculo rojo rodea una pequeña zona. Allí comenzó todo con esa pequeña banda de chicos distribuyendo esas pastillas a estudiantes de secundaria. No fueron nada profesionales, los arrestamos en menos de tres semanas. Pero ese maldito arresto fue solo el comienzo. Dos meses después apareció otra banda. Misma píldora. Miso cuervo grabado. Otro barrio. Mis ojos se deslizan por el tablero siguiendo la línea roja. Harlem. La mirada se me va al siguiente. Queens. Luego The Bronx. Cada aparición de droga marcada con una fotografía distinta, con un nombre diferente. Cada línea que conduce a una fotografía que tiene un hermoso cuervo, porque cada pequeña banda y distribuidor conocen al proveedor más no al fabricante. Y ese el que quiero. A ese maldito hombre que se hace llamar El Cuervo. Bebo un sorbo de vino con la mirada en el símbolo que usa para darse a conocer. Me acerco más al tablero, extiendo la mano y acaricio con la yema de mis dedos la fotografía del pajarraco. —Te has vuelto muy ambicioso, cariño… —musito con una sonrisa—. La avaricia es un pecado capital, pero estoy segura que eso ya lo sabías. Amo este caso, porque no es caótico, tampoco impulsivo. Es bastante metódico y quien sea la mentecita oculta detrás que no ha dejado de construir esta red, se merece una palmadita, no lo niego. El Cuervo ha dado cada paso sin llamar la atención. —Pero cometiste un pequeño error… —ensancho la sonrisa, le doy toquecitos a la fotografía. El sonido de la puerta rompe el silencio, pero no me giro. Sé perfectamente quien ha venido, por eso no aparto la mirada del tablero. Retrocedo un poco escuchando sus pasos cada vez más cerca hasta que al fin llegar a donde estoy. —Sabía que te encontraría aquí. Sonrío levemente sin girarme todavía. —¿Qué te digo? —respondo dándome la vuelta—. Algunas personas se relajan viendo una película. A mi me gusta ver documentales de asesinos seriales o mi hermoso tablero. Cualquiera de los dos me sirve mientras espero. Harold está apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados y una maldita sonrisa sexi en los labios. Tiene solo la camisa blanca del traje puesta con el pantalón. Sus enormes brazos parecen rogar liberación. Me gusta cuando se peina elegante, pero más me gusta cuando lo despeino mientras me lame el coño. —Añádele que te relajas cazando fantasmas. Sus ojos azules se van hacia el tablero detrás de mí. —No es un fantasma —espeto—. Solo alguien que todavía no hemos visto, Harold. Avanza hacia mí con la mirada recorriendo todo el tablero con atención y cuando se detiene, lo hace en los mismos puntos que ya hemos discutido decenas de veces en la Central, durante reuniones interminables con el equipo, informes y sesiones de pistas que examinamos hasta el cansancio. Este tablero es una réplica exacta del que está en la agencia, porque me gusta trabajar horas extras cuando estoy en el departamento. Porque soy una obsesiva de mierda que no descansará hasta atrapar a ese maldito bastardo. —Ha crecido más los últimos meses —comenta con calma—. Demasiado. Asiento dándole la razon. —Las incautaciones son más grandes. —¿De que nos sirve si las distribuciones son cada vez más? —Señala Marcelo—. Los distribuidores se están organizando mejor. No comentaran el mismo error que ese pendejo. Levanta la mirada hacia la fotografía del cuervo y luego a la píldora dentro de la bolsa que tengo pinchada como muestra. La toquetea durante unos segundos hasta que niega. —Es un fabricante consistente —dice finalmente. —Ambicioso, sin duda. Harold sonríe ante mi cometario. —O iluso. —O muy astuto —declaro segura—. Nadie mantiene una operación durante tanto tiempo con este nivel de control sin tener una estructura detrás y lo sabes. Señalo al pajarraco con la copa. —Él es inteligente, sabe mover sus piezas. —Es notorio que me ganaste, pero… ¿cuánto tiempo llevas mirando el tablero, bebé? Me encojo de hombros. —Un par de minutos. —Launice… Voltea a mirarme y en sus ojos veo la preocupación, en su voz noto el tono que usa cuando deja de ser el coronel y vuelve a ser simplemente mi prometido. —Incluso los cazadores necesitan descansar en las cuevas. Me rio bajito. —Dímelo cuando atrapemos al Cuervo. Harold niega acercándose a mí, rompiendo la poca distancia entre los dos. Cuando vuelvo a llevar la copa a mis labios manteniéndole la mirada, su mano se mueve con calma para quitármela. —¡Hey! La deja sobre la mesa y cuando vuelve a mirarme, su expresión ha cambiado. La mirada encendida que me regala me hace relamer los labios. —No conduje media ciudad a toda velocidad para hablar de trabajo, bebé —murmura cerca de mis labios con sus manos deslizándose por mi cintura—. Eso lo podemos dejar para mañana —añade besándome—, cuando estemos en la Central… Su voz seductora que eriza todo el cuerpo. Antes de que pueda corresponderle el beso, Harold me levanta del suelo como si nada sacándome una risita baja. —Sabe que puedo hacer dos cosas al mismo tiempo, coronel —digo en medio del beso. Me trago el jadeo cuando sus anchas manos me aprietan las nalgas. —Sí… —gruñe, sus manos me aprietan con ganas—. Lo sé. Mi chica es muy lista… Harol camina para salir de la oficina conmigo comiéndomelo en medio del beso y cuando su boca ataca mi cuello, luego mis tetas, jadeo con ganas. Mi cuerpo entero reacciona y mi centro empieza a palpitar desesperado. —Coronel… —Me trago el jadeo cuando pasa la lengua—. Ya veo que llegó ansioso por tomarme… —Mañana te prometo que seguimos cazando cuervos… —Vuelve a mi boca con vehemencia—. Esta noche te quiero solo para mí. Harold me roba el aire. Sus labios se mueven contra los míos con hambre, con ansias y una seguridad que me hace inclinar la cabeza para recibirlo mejor mientras me aferro más a sus hombros con mis manos, a su cadera con mis piernas. El beso es profundo. Insistente. Reclamante. Su respiración se mezcla con la mía cuando su lengua invade mi boca con una ferocidad que me estremece. Le respondo con la misma intensidad, sin pudor, mordiendo suavemente su labio inferir antes de volver a devorar su boca con ganas, dejando escapar una risita cuando gruñe. —Dios… —murmura entre beso y beso—. Me vuelves loco cuando hueles a mí… Sus manos aprietan mis muslos con ganas. Mis dedos se pierden entre su perfecto cabello con la única intención de despeinarlo. —Pensé que había venido a mí para hablar de trabajo, coronel —digo, con voz baja y provocadora cerca de su oído. —Definitivamente no, mi agente. Abre la puerta de mi habitación con un empujón y antes de llevarme a la cama, realmente me esfuerzo en finalizar el beso tirando de su cabello. —Gané y quiero mi recompensa primero. Sus ojos encendidos me hacen sonreir. Harold enarca una ceja mostrándome una sonrisa peligrosa que estremece. —Habla. Ladeo la cabeza aun con mis dedos en sus cabellos. —Me gusta despeinarte —ronroneo—. Sobre todo… cuando estás de rodillas mirándome desde arriba. Una pequeña risa grave abandona su pecho. —Tú eres terrible, Launice. Sus manos se deslizan por mi cintura mientras me deposita sobre la cama. El colchón se hunde bajo mi espalda mientras él se inclina sobre mí un instante más, observándome con esa misma intensidad de siempre. —Y yo soy un hombre que cumple sus promesas. Apoya las manos a cada lado de mi cuerpo mientras se inclina para besarme otra vez, más lento, más profundo esta vez. Hasta que se aparta y yo en mi cómoda cama empiezo a mirada como este monumento de hombre empieza a desprenderme de cada prenda con ansias y cuando deja mi cuerpo desnudo, sin nada, empieza a desnudarse bajo mi atenta y sádica mirada. Me relamo. Empiezo a acariciar mi propio cuerpo para provocarlo con una maldita sonrisa en los labios. Harold queda sin nada, se inclina hacia mí y yo levanto la mano tragando el impulso de mirar su enorme v***a firme y erecta. —De rodillas —le ordeno—. Mi premio primero. Niega, pero obedece como todo perro faldero. Y mientras más se agacha, yo más me incorporo con la ayuda de mis codos porque no mentí cuando dije que me gusta mirarlo desde arriba comerme el coño.
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