El despacho siempre huele igual. Estoy tan acostumbrado al aroma de manzanilla y al aceite de lavanda que impregna el ambiente a través del difusor sobre la mesa que, si un día llega a cambiar la fragancia, lo sabré. Ella lo sabe muy bien.
Debería responder la pregunta que me ha hecho, pero no me apetece. Me mantengo acostado en el diván con una mano sobre el abdomen y la otra jugando con las esferas de piedra natural del brazalete que me regaló mi zorita hace años, mientras observo el techo alto de madera oscura que ya conozco de memoria.
Cincuenta y cinco tablas en total son las que conforman el techo. Tres de ellas tienen grietas y agradezco que no se atreva a cambiarlas, porque me gustan. Ya me acostumbré a mirarlas.
La mujer se mantiene callada, no me presiona para que responda. Realmente, nunca lo ha hecho.
Finalmente, escucho el suave roce de una hoja moverse y sonrío, porque sé que viene la parte reflexiva que nos llevará a una conclusión final en el día de hoy. Siempre viene detrás cuando me niego a responder alguna de sus preguntas.
—Dimitri —pronuncia mi nombre con calma—, recuerdo que una vez, en una de nuestras sesiones, mencionaste que el equilibrio entre tus rutinas y tus impulsos es lo que te permite mantener el control.
Respiro profundo.
—Lo es.
—Entonces —continúa después de una breve pausa—, cuéntame… ¿Qué ocurrió esta semana que te hizo sentir que ese control estaba en riesgo y te llevó a adelantar nuestra sesión?
«Misma pregunta, diferente forma de hacerla. Muy astuta».
Vuelvo a tomar aire lentamente y lo dejo salir con la misma calma.
Podría mentirle, podría decirle cualquier otra cosa, pero esta mujer me conoce tanto, que descubriría mi pequeño engaño.
—Su olor —espeto con asco.
—¿Su olor? —inquiere, tomando nota porque es tanto el silencio que nos envuelve, que podría escuchar incluso el sonido de una pluma al caer—. Cuando dices olor, te refieres a uno en específico. Dime cuál.
—El maldito perfume de hombre que emanaba de ella —respondo con el mismo sentimiento de asco—. Era… —Hago una pausa, paso la lengua por el interior de mi mejilla hasta que la chasqueo—, demasiado.
El silencio se hace presente una vez más, no lo rompo, es algo que siempre he sabido hacer muy bien en estas terapias. Me quedo callado hasta que las voces en mi cabeza comienzan a llenar el espacio y me llevan a romperlo con cualquier sonido.
—¿Ella es la misma de la que me has estado hablando en los últimos años o es otra?
—Es la misma. Es la conejita.
No necesito decir su nombre; la psicóloga lo recuerda muy bien.
Recuerda y tiene muy presente cada encuentro con mi conejita, todo lo que hacemos detrás de las puertas de la habitación. Sabe de los mandamientos, sobre la forma en que organizo cada uno de nuestros encuentros como si fuera un ritual perfectamente calculado. Ella lo sabe todo. Conoce quién soy realmente. Conoce a mi sangre, lo que somos y lo que representamos aquí en Nueva York, en Rusia y en todo el mundo.
Lealtad o Muerte es nuestro lema. Es uno que se extiende a ella y que pactó con su sangre desde que comenzó a tratarme.
—¿Qué sentiste cuando percibiste el perfume de otro hombre en ella?
—Desorden. —Suelto una pequeña risita—. Mucho.
—¿Podrías explicarte mejor?
Llevo mis manos detrás de la cabeza. Empiezo a contar otra vez cada tabla de madera que conforma el techo mientras me relamo los labios antes de darle una respuesta.
—Cuando ella entra a mi espacio —hablo al fin—, todo debe seguir una estructura, la rutina que ya tenemos pautada.
Recuerdo lo que hizo y me da una rabia visceral.
—Hora exacta. Lugar exacto. Olor exacto —siseo con una mueca; el maldito aroma me sigue trastornando la cabeza—. Le puedo tolerar una impuntualidad, incluso que me pida vernos en otro lugar si con eso vamos a terminar follando, ¿pero el perfume? —Volteo a verla—. ¿Ese aroma con que la distingo y la asocio desde el primer encuentro?
Mantiene su hermoso rostro sereno.
—Eso es algo que no puedo tolerar.
—Solo porque la asocias a ese aroma, ¿consideras que es el que siempre debe emanar de su cuerpo? —Ladea la cabeza y yo asiento con obviedad.
—Claro. —Vuelvo a ver al techo—. Es al perfume que debe oler en nuestros encuentros.
La diferencia podría considerarse pequeña, pero no lo es para mí.
—Entonces, cuando percibiste el perfume de otro, tú…
—La estructura se rompió para mí, querida.
—¿Qué hemos dicho de las interrupciones dentro de este espacio?
Me remuevo sobre el diván sintiéndome regañado y dirijo la mirada hacia donde está.
—¿Estás de mal humor hoy? ¿Algo de lo que quisieras hablar? —Le sonrío, pero ella sigue sin mostrarme ninguna expresión—. Está bien, discúlpame, ¿sí?
—¿Podrías hablarme una vez más que ocurre dentro de ti cuando esa estructura se rompe?
«Amargada, te hacen falta unos buenos azotes».
—Mucho ruido —respondo lo que ya sabe, aunque es la primera vez que se presenta en esta situación—. Es como si alguien «ella», tirara al suelo de una sola patada todas las piezas de mi tablero de ajedrez. Todo lo que estaba ordenado deja de estarlo y mi cabeza empieza a intentar recolocar cada pieza al mismo tiempo. Me frustro mucho cuando interfieren en mis rutinas, querida. Eso ya lo sabes.
Vuelvo a verla y sonrío porque está escribiendo sin parar. Algún día me gustaría saber que mierda escribe de mí en su agenda especial. Es especial porque se la obsequié yo para que la utilizara exclusivamente conmigo.
«¡Qué falta de respeto sería ver mi nombre escrito en la misma agendita donde escribe cosas de los demás!».
Si van a escribir mierdas psicológicas de mí, más les vale darme exclusividad al menos, y eso es algo que ella aprendió desde el primer día.
Aunque no creo que plasme en ella tantos halagos, porque sigue conservándola. ¿Debería preocuparme o alegrarme? La verdad, no me interesa. Mientras siga siendo la misma agenda, por mí está bien.
—Por primera vez, te haré esta pregunta. —Levanta la mirada para verme—. ¿Sentiste celos?
Una enorme sonrisa aparece en mis labios.
—No.
—¿Estás seguro?
—Muy seguro. —respondo tranquilo—. Los celos implican perder algo que te pertenece emocionalmente; tú misma me lo explicaste un día… —Saco una mano detrás de la cabeza, la levanto y empiezo a cerrarla y abrirla sin dejar de mirarla—. Te aseguraste de que entendiera la diferencia entre celos y egoísmo, ¿lo recuerdas?
—Perfectamente.
—Entonces eso no aplica aquí —chasqueo la lengua—. No fue algo tan insulso cómo celos lo que sentí.
—¿Te gustaría decirme que fue lo que sentiste entonces?
—Intrusión. —La palabra sale de mi boca con firmeza—. Un elemento externo dentro de un círculo muy cerrado para mí.
—¿El perfume?
—El hombre.
—¿Podrías explicármelo?
«Podría gritártelo, pero hay que ser educados».
Giro lentamente la cabeza hacia su dirección, aunque sigo mirando el movimiento en mi mano.
—Ella tiene su vida —digo—. Yo tengo la mía. Quedamos en respetar los mandamientos, cada uno de ellos. Y la muy cabrona se ha pasado por el forro el número uno al aparecer oliendo a él.
—¿Por qué su… pequeño descuido te alteró tanto?
—Porque lo trajo a mi espacio seguro y cerrado. —Mis dedos se crispan cuando los abro, la rabia me sigue corriendo por las venas—. Ella no me pidió permiso para incluir a un tercero. Yo no lo sabía, no me lo comunicó antes y eso rompe el tercer mandamiento entre los dos. —Aprieto el puño con fuerza—. No físicamente, por supuesto.
—Pero sí lo ha hecho simbólicamente.
Asiento apenas, bajo la mano para llevarla detrás de la cabeza otra vez.
—Su olor estaba sobre su piel, en su cabello… —Aprieto los dientes por la misma rabia que me despierta el recuerdo—. ¿Acaso eso no es traición? Y cuando percibí ese aroma… —Exhalo despacio—. Mi cabeza lo interpretó como deslealtad y contaminación.
—¿Contaminación?
—Sí. —Vuelvo a mirarla—. Cuando ella entró a mi espacio cerrado con reglas claras, rutinas y límites, oliendo a otro hombre… lo vi como si alguien hubiera abierto la puerta de un laboratorio estrictamente estéril con las botas llenas de mierda, cariño. Una completa falta a las reglas básicas de control.
Se queda en silencio unos segundos mirándome fijamente a los ojos. Por mí no hay problema, podría pasar el día entero viendo los de ella porque me gustan. El color no es nada del otro mundo, tienen uno bastante ordinario, la verdad, pero me gustan sus ojos. Esconden tantos secretos como los míos, que solo por eso nunca me molestaron en lo absoluto.
—Entonces tu reacción no fue por afecto.
Le sonrío con malicia. Ella sabe perfectamente que no es así, pero profesional al fin. Y como yo sí tengo ética profesional, no como una cabrona por ahí, abro la boca para responderle a mi preciosa loquera.
—No.
—Ni por apego.
«Aquí no aplica, ya te lo dije, picarona».
—Tampoco.
—Entonces llegamos a lo mismo de siempre, por pérdida de control, ¿verdad?
«Siempre tan inteligente».
—Exactamente. —Le lanzo un beso—. Tú sí sabes; deberías estudiar psicología algún día. Se te da de maravilla, querida.
—Sin embargo —continuar y yo vuelvo a pensar que los azotes la ayudarán a relajarse un poco más—, mencionaste al comienzo que perdiste algo nuevo esa noche en el quinto encuentro.
«Que odiosita es».
—Lealtad —le digo una vez más—. Y la exclusividad que quería recibir como ofrenda de agradecimiento, al menos, por ser tan cabrona al llegar a mi espacio oliendo a —hago una mueca de desagrado—, esa cosa de perfume amaderado.
No sé si la mirada que me lanza es por la mueca que no oculto o por mis palabras. Dejo de mirarla y dirijo los ojos hacia las grietas del techo.
—Dimitri… si no fueron celos, ¿por qué pediste algo que implicaría posesión emocional?
—Porque quiero romperla. —Soy totalmente honesto, como siempre—. Quiero destrozarla.
—¿Te gustaría profundizar un poco más en eso?
Sonrío, por supuesto que me encantaría.
—No es muy complicado, cariño… —Deslizo la yema de mis dedos sobre el brazalete contando cada una de las piedras redondas que lo conforman—. Tú estás intentando encontrar algo emocional donde no lo hay porque para eso te pago, es tu trabajo. —Noto de reojo que vuelve a escribir—. Pero es exactamente lo que quiero. Sin sentimentalismos por detrás. Quiero romperla, volverla mierda. Ella no es alguien que quiera conservar por afecto, ¿tan difícil es entenderlo?
Paso mi lengua por la comisura de mi labio superior con una maldita sonrisa contenida.
—Ella es un desafío —confieso—. Y yo soy un hombre bastante competidor. —Le doy una mirada rápida antes de proseguir—. Seguramente lo tienes anotadito por ahí y sabes muy bien que cuando alguien entra en mi círculo, espero que lo respete y funcione muy bien dentro de él.
Acomodo una pierna sobre la otra.
—Si una pieza, algo o alguien empieza a moverse fuera del patrón… se convierte en un problema que hay que resolver.
—¿Resolver?
—Corregir —hago un ademán con la mano—. Escribe eso si te ofende lo anterior. —Pero de inmediato una palabra me baila en la punta de la lengua—. Doblegar. Esa está mejor.
Mi cuerpo se estremece por dentro ante la imaginación.
—Ella es fuerte. Insolente. Cree que puede caminar dentro de mi círculo sin someterse a mis reglas y no pagar las consecuencias —dejo escapar una risita—. Eso me irrita. Anótalo, por favor.
Giro la cabeza para verla y ella tiene una ceja levantada. Sé que aquí dentro no tengo derecho a dar órdenes, por eso su cara, pero fui amable. Eso compensa un poco mi falta.
—Y cuando algo me irrita, ya sabes que tengo que corregirlo, cariño.
—No toleras el desorden, lo sé.
—Y a este punto, debes saber que esa mujer no me interesa como persona —digo con frialdad—. Me interesa como mecanismo. Y antes de que me preguntes si deseo explicarte, lo haré antes porque quiero que sepas, y anotes en esa hermosa libreta, que lo que realmente deseo es empujarla hasta el punto donde deje de sonreír. Hasta que deje de desafiar. Hasta que llore de verdad.
Cada fibra de mi ser tiembla.
Mis oídos anhelan oír su llanto, mis ojos desean ver sus lágrimas.
—Dimitri, lo que expones suena menos a deseo de control y más a una dinámica de dominación emocional, ¿es realmente eso lo que quieres ocasionar?
—No. —respondo de inmediato y con mucha seguridad—. Eso implicaría apego y yo no quiero cuidarla después de destrozarla.
—No quieres consolarla.
Resoplo.
—No quiero reconstruir sus pedazos. —Soy tajante—. Quiero ver cómo se rompe, no remendarla luego.
Nos mantenemos la mirada unos segundos, hasta que ella es quien rompe el contacto para volver a escribir algo y yo vuelvo otra vez la mirada hacia las hermosas grietas del techo.
—Es eso lo que te atrae, entonces.
Asiento lentamente.
—Así es.
—No ella exactamente, sino el desafío que te despierta.
—Tú sí me entiendes, querida. Insisto, deberías estudiar psicología. —Una sonrisa tira de mis labios—. Y sabes muy bien todo lo que implica el desafío; te preocupa esa chica, solo que no lo dices en voz alta porque parte de tu trabajo es seguir siendo profesional, cariño. Te comprendo, aquí escuchamos, pero no juzgamos.
—Mi trabajo —responde con calma—, es entender tus motivaciones, Dim.
—Ay, cuando me llamas así me emociono —le lanzo otro beso—. Te felicito, porque haces tu trabajo muy bien. Te enviaré un obsequio por eso.
—Que sea discreto, por favor —declara; me sorprende que lo acepte dentro de la terapia—. Es que el último llamaba mucho la atención.
Cierra la libreta con una pequeña sonrisa coqueta. Es mi señal; la sesión ha acabado, así que me levanto del diván.
—Un diamante como tú merece más diamantes, querida.
Camino hasta dónde está mi saco colgado para ponérmelo.
—Dile eso a mi esposo —suelta otra risita—. Cada vez que me obsequias un diamante, me regaña.
—Cuando te regañó la primera vez, te dije que te divorciaras y te quedaras conmigo. —Camino hacia ella—. La oferta sigue en pie si aún te animas a dejarlo.
Suelta una gran carcajada que sin duda me alegrará durante todo el día.
—No voy a lanzar a la basura más de cincuenta años de matrimonio por un chiquillo tatuado de ojos bonitos. —Me manotea cuando me tiene cerca—. Y menos por uno que fuera de este despacho; lo amo tanto como a todos mis nietos. Sin contar la enorme diferencia de edad.
—Abuelita, algún día te arrepentirás de no haberme aceptado como tu amante, ya lo verás. —Le beso la cabeza como despedida—. Y no me disculpo por bromear hoy dentro del despacho, porque en serio, soy todo un semental. Mi límite son las mujeres hasta los cincuenta años, sesenta si me montan bien, pero contigo podría hacer una excepción. El abuelo Mario aun no te ha dejado, eso sígnica que lo sabes hacer muy bien.
Cuando me enderezo, que la veo a los ojos, le doy un guiño a pesar de la mirada de regaño que me está lanzando.
Me alejo con una gran sonrisa y, cuando llego a la puerta, volteo a mirarla una vez más antes de salir.
—Nos vemos dentro de una semana, querida.
Le lanzo un beso y cierro la puerta del despacho.