Provocación y amenaza

3348 Words
Llegamos al galpón en medio de una zona un poco abandonada de Queens. Las luces de los postes apenas logran iluminar la calle. Apoyo el codo en la ventana mientras observo con calma, reflexionando lo sucedido en mi cabecita, dejando que mi mente haga lo que mejor sabe hacer: analizar. «¿Por qué carajo lo hiciste, Dimitri?». Mi parte racional quiere creer que lo hizo porque, desde lo sucedido en el club, anda detrás del Cuervo también. Tienen un infiltrado, los quiso joder en su propio terreno y, por si fuera poco, el suceso llamó la atención. Cosa que odian los Romanov, porque ante la ley son empresarios respetados en el negocio de los hoteles, tal y como lo fue su padre hace años. Pero mi parte no racional, una que es bastante grande y cuestionable, piensa que sus actos fueron solo por joderme la existencia, por llamar mi atención y demostrarme que, así como yo lo puedo joder con cosas tan pequeñas como el aroma de un perfume, él me puede joder con algo más grande como una importante investigación de casi tres años. «Maldito loco, ¿de verdad quieres jugar así a partir de ahora?». Las luces rojas y azules de las patrullas iluminan el interior de la camioneta. Miro hacia el frente y acomodo mi arma mientras noto de reojo cómo Harold hace lo mismo. Por ahora, no quiero verle la cara; lo que dijo me ha ofendido bastante, pero estamos en horas de trabajo y sé que en algún momento tendré que dirigirle la palabra e incluso mirarlo. «Que agradezca que soy profesional cuando se me requiere serlo y no la cabrona que soy en realidad». Meléndez estaciona la camioneta y rápidamente nos movemos para salir. La cinta policial rodea el perímetro y considero que hay demasiado en movimiento para algo que, claramente, ya terminó. El frío de la madrugada me acaricia el rostro mientras bajo ajustándome la chaqueta. Harold rodea la camioneta para acercarse a mi lado, pero antes de que lo haga, avanzo hacia donde uno de los oficiales ya se nos está acercando. Miro hacia mi derecha y el resto del equipo ya se está bajando de las otras dos camionetas. —Buenas noches, coronel —saluda, bastante aliviado a mi parecer—. Que… —Infórmeme. —Lo corta tajante sin dejar de caminar hacia el galpón. El policía traga saliva siguiéndole el paso. —Está cabreado el coronel —murmura Leila caminando a mi lado—. Será una larga noche. Le sonrío un poco, pero no le digo nada. —Hay cinco cuerpos en el interior —dice el policía—. Oskar Gallego confirmado. Los cuatro eran sus escoltas. —¿Cómo saben que fue contra la Bratva? Harol se detiene ante mi pregunta y por supuesto que todos los demás también, pero no lo veo. Mantengo mis ojos fijos en el policía. —Uno de los vecinos vio todo a través de la ventana del edificio del frente y describió la apariencia de uno de los hombres —Enarco la ceja, cruzándome de brazos—. Alto, cabello n***o, ojos azules, usando un traje n***o… —Hay muchos mafiosos en la ciudad con esas características —cuestiono enseguida. —Fue claro en describir el tatuaje de la mano. —La rosa negra es el símbolo de la Bratva —declara Phoenix seguro y, por supuesto, que le doy la razón. «Solo que algo no me cuadra». —¿Logró ver un tatuaje en el dorso de la mano de un hombre desde la ventana? —insisto serena y el policía asiente. —La calle no es tan ancha, agente. Y el piso era el primero —dice tranquilo—. Cualquiera podría verlo. Si gusta, puedo llevarla a la misma ventana para que lo compruebe. —Mejor veamos la mierda que hicieron —espeta Harold moviéndose hacia donde está la masacre, esperando—. No estamos para perder el tiempo. Lo observo justo para ver la mirada impasible que me lanza antes de darme la espalda para caminar hacia el centro del galpón. «Contrólate, Launice. Contrólate». Respiro hondo una sola vez antes de avanzar, sepultando bajo mis emociones la tensión que hay entre Harold y yo desde que discutimos en la sala de operaciones. Enfoco toda mi atención en lo que realmente importa: la escena que se abre ante nosotros, el desastre cuidadosamente construido que alguien dejó como firma. Paso la mirada por el galpón mientras avanzo. Es amplio; el frío se vuelve más intenso a medida que más nos adentramos y el olor rancio que impregna todo el lugar me desagrada. El olor a humedad y sangre me asquea. Mis botas suenan contra el concreto, signo observando todo, cuestionando todo en mi cabeza. ¿De verdad el testigo logró ver tanto? No es algo que descarte, pero me cuesta tragarme la confesión. La calle apenas tiene luz y, si no es que tenía unos binoculares al momento a la mano, realmente goza de una buena visión. «Tengo que interrogarlo». Sigo caminando cuando los cuatro cuerpos aparecen en mi campo de visión. Están desparramados en distintas posiciones, con impactos de balas claros y limpios y aunque la sangre se ha expandido bajo sus cuerpos formando un gran charco, no hay caos innecesario en la ejecución. Entraron disparándoles a los cuatro sin perder el tiempo en palabrerías. No me sorprende si se trata del personaje que ronda en mi cabecita. Me agacho junto a uno de ellos para observar más de cerca el ángulo de las balas, la forma en que sus cuerpos quedaron en el suelo cuando las mismas lo atravesaron. —Fue rápido… —murmuro más para mí que para los demás—. Ni siquiera alcanzó a reaccionar. Me incorporo con calma, deslizando la mirada hacia las pequeñas marcas amarillas que los forenses han colocado en el suelo señalando los chasquidos, formando una especie de mapa silencioso de la ejecución. —A ninguno de los cuatro les alcanzó —susurra Phoenix detrás de mí y yo asiento. Camino siguiendo la línea y entonces lo veo. O, mejor dicho, veo hacia dónde conduce todo. Justo en medio de todo está el cuerpo de Oskar Gallego —o lo que queda de él—, mutilado, hecho pedazos y apilado como trozos de carne al pie del palo que se sostiene con dos ladrillos a cada lado. Levanto la mirada hasta llegar a su cabeza enterrada en el mismo palo, y no es la mutilación animal la que me acelera el pulso, tampoco el hecho de que su rostro esté destrozado, abierto como si bajo la furia hubiese decidido desmenuzarlo más allá de lo necesario. No es la escena grotesca y sangrienta la que me tiene con el aire contenido. Tampoco la brutalidad con que fue ejecutada y expuesta como si fuese un trofeo con una intención clara para mí. Es la declaración que mis ojos logran ver, entender, en medio de tanta sangre. Eso es lo que me tiene sin aire. Avanzo un poco más para asegurarme de que no estoy loca ni que estoy viendo mal y ahí está. La veo en la frente. La pequeña marca, simple, pero imposible de ignorar. Las malditas orejas de conejo están marcadas en la frente de Oskar Gallego, dejándome un mensaje bastante directo. —Maldito hijo de puta… —susurro apenas solo para mí—. Sí fuiste tú… La furia me sube al pecho con fuerza, se siente caliente, peligrosa y se mezcla con algo más oscuro que no me molesto en nombrar, porque no es momento para eso, porque si dejo que esa otra parte de mí hable ahora mismo, voy a volverme loca. Muy loca. «No puedo hacerlo, yo no cometo errores». Apetito los dientes, respiro con calma y me grito una y otra vez que debo enfocarme en lo que justo ahora importa. —¿Por qué mutiló su piel con eso? La voz de Harold llega detrás de mí, firme, cargada de esa molestia que ha estado contendiendo desde que salimos de la Central. Cierro los ojos por un segundo antes de girarme, solo para asegurarme de que cuando lo haga, mi rostro esté imperturbable, sin ninguna expresión. Frío. Profesional. Impecable. Me volteo y lo miro a los ojos. —Todos sabemos que el ejecutor de la Bratva está loco —respondo con una calma que no refleja ni una décima parte de lo que realmente está pasando dentro de mi maldita cabeza—. Unas orejas de conejo no es algo por lo que deberíamos sorprendernos. Sostengo su mirada sin parpadear, sin ceder. Sin mostrarle absolutamente nada, aunque por dentro esté ardiendo. Dimitri Romanov acaba de dejarme un mensaje en medio de una masacre, justo en la frente de uno de los hombres que vengo siguiendo desde hace meses. Esto ya es bastante personal para mí. —No me sorprende la forma en la que lo mató… —continua con la voz, arrasando una tensión que no me agrada—. Es como lo exhibió. Desvío la mirada hacia la cabeza de Oskar, deteniéndola en las malditas orejas de conejo grabadas en su frente. —Esto no es solo una ejecución, agente —susurra—. Esto es una provocación. «Si fuese para ti, habría dibujado en su piel los cuernos de un toro». Vuelvo a ver a Harold; tiene la mirada oscurecida y la mandíbula apretada. Mantiene los brazos cruzados y puedo ver en las venas brotadas de su cuello lo mucho que se está contendiendo. —Hay que levantar estos cuerpos —dice Meléndez, llamando mi atención. Está en cuclillas cerca de los otros cuatro cuerpos junto con el resto. La distancia que nos separa es de al menos dos metros. Vuelvo la mirada hacia Harold y él avanza un paso hacia mí. —Voy a citar a Dimitri Romanov a la Central —dictamina sin rodeos—. Tenemos un testigo que lo ha visto, lo describió a la perfección ante esos policías. Esta vez no puedo hacerme el de la vista gorda. Va a tener que responder ante el interrogatorio, Launice. Lo miro impasible. —Usted es el coronel y el encargado de este caso —declaro con voz baja y firme—. Yo no tengo derecho a oponerme si quiere llamar a alguien a la sala de interrogaciones. Sostengo su mirada sin titubeos, sin un solo gesto que delate lo que realmente se mueve dentro de mí. —Si desea llamar a Dimitri Romanov para interrogarlo —continuo con el mismo tono de voz profesional—, ya conoce el proceso correspondiente. No tiene porqué comunicármelo, coronel. El silencio que cae entre los dos es aplastante y lleno de más tensión de la que traemos de la Central. Harold endurece aún más sus facciones, mostrándome que su molestia deja de ser solo una profesional y empieza a rozar lo personal. Sé que no es fácil para él estar con alguien que tiene lazos con la mafia rusa de esta ciudad. Su lado ético sale a relucir con respecto a eso y aunque hasta ahora no ha tenido pruebas reales para irse con todo contra la Bratva, no significa que no va a aprovechar la mínima oportunidad para hacerlo. Cuando lo conocí, su deseo ferviente era precisamente ese. Erradicar de todo Nueva York el crimen organizado y la organización más grande desde hace muchísimos años ha sido la Bratva. Se han mantenido en las sombras porque saben hacer sus mierdas. Los felicito y aplaudo, pero si alguien como Harol desea mover un paso en contra, no hay nada que yo pueda hacer, al menos éticamente hablando. «Y yo no soy muy ética que digamos». Becky es parte de ellos. Es su Koroleva. Chris es parte de ellos a pesar de la mierda que atravesó y está atravesando. Mis tíos. Mis padres. Incluso yo, a regañadientes, soy parte. Que denuncie todo lo que quiera. Que llame al mismísimo Pakhan de la muerte si le da la puta gana, pero que no se meta con los míos porque ahí sí dejaré de ser racional. «Quemo la puta Central con él dentro». Cansado del duelo de miradas, Harol acorta la poca distancia entre los dos y se me acerca. —Si te lo digo —murmura casi contra mi oído—, es por lo mismo que te une a él y… —No te confundas. —Lo corto tajante, girando el rostro hacia el suyo, buscando su mirada—. Mi lealtad es con mi sangre, no con él. Cada una de mis palabras sale de mi boca con filo, sin espacio para interpretaciones. Rompo la cercanía antes de que pueda decir algo más, antes de que esto escale a un nivel que no nos conviene y, sin más, me alejo. Camino hacia donde están los demás. Un estruendo revienta el silencio afuera del galpón y no pasan ni cinco segundos cuando un grupo de hombres está abriendo fuego. —¡Cúbranse! —grita Maikel Black cerca de la puerta, lanzándose hacia una pila de sacos de arena al tiempo que responde contra ellos con letalidad. Todo ocurre demasiado rápido. —¡Launice! —grita Harold, tomándome del brazo. Mi cuerpo actúa por puro y jodido instinto. Mi mano va al arma en menos de un segundo mientras mi espalda impacta contra la columna de concreto con el corazón acelerado, pero no por miedo, sino por la descarga brutal de adrenalina que me recorre entera como electricidad. —¡Vengan por mí, malditos! —grita Phoenix en algún lado—. ¡Vengan! Las balas no dejan de impactar la columna, a todos lados al mismo tiempo. Harold responde con eficacia desde la derecha; yo me preparo para hacer lo mismo desde la izquierda. Apunto y el disparo da justo en la frente de uno de los cabrones. Su cuerpo cae inerte contra el suelo, pero no me detengo. Sigo disparando como maldita desquiciada. —¡¿De dónde han salido estos bastardos?! —Le grito a Harold—. ¿¡Son hombres de Oskar!? —¡No lo sé! —Siento su mano en mi hombro—. ¡Agáchate! Lo hago justo cuando uno de los cabrones abre fuego hacia la columna con una metralleta. El concreto vibra contra mi espalda mientras los impactos revientan con fuerza. El ruido es ensordecedor; el maldito dispara como si quisiera desintegrarnos o volvernos colador. No nos da espacio a nada, nos obliga a quedarnos ocultos, agachados, casi que pegados al suelo. Sostengo el arma firme entre mis manos y de repente, la ráfaga contra nosotros se detiene. Y yo me vuelvo muy loca. —¡Quédate en tu lugar, agente! —ruge Harold al ver que me levanto—. ¡Launice, obedece! «Ni una mierda». Salgo detrás de la columna con el arma lista, miro mis blancos y disparo caminando hacia ellos. Uno cae cerca de la columna derecha. Otro disparo y el cabrón a pocos pasos se desploma con un hueco en la puta cabeza. Con cada disparo, un cuerpo cae al suelo. No escucho los gritos de mis compañeros. No escucho las ordenes de Harold, porque toda mi atención está fija en cada uno de mis blancos. Cuando le disparo al sexto en mi lista, el click seco me demuestra que me he quedado sin balas, pero sigo avanzando hacia el cabrón que me sigue apuntando. —Esta está loca. —Se burla de mí Al ver que no pretendo esconderme ni recular, entonces le sonrío. —Malditamente loca —espeto. Me lanzo contra él con la sangre caliente en las venas y, antes de que me dispare en la puta cara, desvío el arma hacia un lado con mi mano, sujetándole la muñeca con fuerza. En el mismo movimiento, estampo mi puño contra su rostro. Siento como su nariz se hace añicos en mis nudillos, pero el maldito no cae. Al contrario. Él me responde con todo lo que tiene. Su puño impacta directo a mi costado, sacándome el aire en un jadeo corto, pero no retrocedo. No le doy el gusto. En menos de diez segundos ya estoy devolviéndole el golpe, defendiéndome, descargando la maldita furia que hierve dentro de mí. Lo agarro por la chaqueta, lo jalo hacia mí y estampo mi rodilla contra su abdomen con toda la fuerza que tengo, doblándolo apenas lo suficiente para volver a golpearlo, esta vez en la mandíbula, una, dos, otra vez, hasta que siento la punzada lacerante en mi muslo derecho. —¡Hija de puta! —brama, me carga y me lanza contra una mesa vieja. El impacto me sacude, me saca el aire. La espalda entera me arde, duele horrible, pero como animal rabioso me revuelco contra los escombros hasta levantarme. Escupo la sangre acumulada en mi boca, respiro agitada y con demasiado rabia lo miro mientras me cuadro. —Vamos, no seas marica —le digo con una sonrisa seguramente ensangrentada—. Golpea como hombre, pendejo. La mirada se le enciende y no duda en lanzarse contra mí con rabia. Lo bloqueo como puedo y le respondo con la misma braveza, pero su mano se cierra en mi cuello al tiempo que me empuja como toro embravecido hasta estamparme contra la pared. Lucho. Llevo una de mis manos a la navaja que tengo guardada en el costado de mi chaleco y se la entierro en las costillas con saña gritándole en la cara. El gruñido cargado de dolor que sale de su garganta es música para mis oídos, pero no me detengo. Saco la navaja y se la clavo de nuevo al menos dos veces más hasta que me suelta el cuello. Me tambaleo cuando mis pies tocan el suelo, pero no me permito caer. Vuelvo hacia él y esta vez le sujeto el cabello tirando con fuerza estrellándole la cara contra la misma pared en la me tenía acorralada. Lo hago una y otra vez hasta que su resistencia empieza a ceder, pero el maldito bastardo aún le queda fuerza de voluntad para levantar el brazo y atacarme. Le tomo la muñeca y la giro con fuerza hasta que escucho el sonido de sus huesos quebrarse en mis manos. El grito desgarrador que brota de su boca se mezcla con el caos que hay en todo el galpón. Los disparos, las órdenes vuelan por todos lados, pero para mí todo se reduce a este momento. Lo empujo contra el suelo y me dejo caer encima, montándolo con firmeza mientras levanto el puño. Lo dejo caer contra su rostro vuelto mierda sin piedad. —¿Quién te envió? —le grito, lo agarro por la chaqueta del cuello para que me vea—. ¡Habla! ¡¿Trabajas para El Cuervo?! Escupe sangre sin parar. —Ya estás… —Se ahoga, se ríe de mí—. Ya estás muerta, maldita policía. Tú y los tuyos ya están muertos… La furia me ciega. Veo rojo. Algo dentro de mí explota, me domina. Le estampo con rabia otra vez el puño en la puta boca, en la nariz, en la cara. No me detengo, no me importa lo que a mi alrededor esté sucediendo porque solo me importa hacer pagar a este cabrón que me le jurado la muerte en mi propia cara a mi familia. Quiero matarlo a golpes. Quiero volverlo mierda. —¡Launice! —La voz de Harold atraviesa mis pensamientos; siento que me levantan por debajo de los brazos—. Ya lo acabaste, bebé. —No sé si me lo grita, si me lo dice susurrado en el oído, pero lo escucho mientras me levanta—. Ya lo acabaste, detente. —¡Suéltame, carajo! —bramo. Me safo de su agarre con fiereza, caigo en cuenta de que el enfrentamiento ha acabado. No sé en qué momento terminó, pero no me detengo a saber de los daños. Salgo endemoniada del galpón limpiándome la sangre de la cara de mala gana sin mirar atrás.
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