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Los primeros diez minutos fueron un silencio sepulcral entre los tres. Jan tenía la mirada perdida en el mantel rojo, debajo de la mesa jugaba con sus dedos, se sentía otra vez con diez años. Su madre, imponente y elegante, no bajo la mirada en ningún momento, no sonrió hasta que Minho la miró y ella con dulzura acaricio su mejilla. El hijo menor movió las piernas debajo de la mesa nervioso, pero aun así le regalo una sonrisa a su madre, y sujetó su mano delgada de dedos finos, para darle un ligero apretón. Ella devolvió la vista a su hijo mayor, lo vio callado, encogido sobre su cuerpo, tal como era años atrás. Formó una mueca de disgusto y desvió su mirada al ramo de flores sobre la mesa, eran unos preciosos lirios blancos, que sin duda le agradarían a cualquiera. Pero la mujer de cabel

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