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Hana Esa tarde, fui al lugar que era su tumba –y lastimosamente la tumba de otros- y deje un collar de caracoles que él me había regalado en mis quince. Lo hizo con sus propias manos, y recogió los más hermosos para mí. Ahora se lo devolvía, porque tenerlo me era una vergüenza, porque estar allí era humillante y descarado. No era quien para visitarlo, no tenía ningún derecho. Lo lastime, y fue mucho más doloroso que el resto porque yo era su amiga. —Sé que no debo estar aquí. Es la primera vez en muchos años, y quizás pasen muchos otros más y no me perdones. Pero sé que esto no tiene perdón de nadie. —Una lagrima cayo por mi mejilla, y de cuclillas al borde del acantilado, contemplo el largo vacío al agua, que rompía contra las rocas silenciando su voz. —Es muy tarde, y es absurdo, pero

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