Cuando Abby salió de la estación de policía sin obtener éxito con su denuncia, ni un poco de ayuda, ni comprensión de parte de los oficiales, entró a su auto sin esperar respuesta de Julián Ferrer y de inmediato condujo como alma que lleva el diablo al lugar al que se había prometido no pisar jamás, pero en esa ocasión, era necesario para ella romper esa promesa personal. Dos vidas dependían de ello y eran las personas más importantes en su vida, los que se ganaron a pulso el título de familia. La prisión de mujeres. Abby necesitaba respuestas y sabía que la única persona que podría tenerlas era su madre. Con un sentimiento de urgencia y una pizca de miedo, Abby conducía por la ciudad esquivando los autos que se le atravesaban en el camino, como si fuese conduct

