Abby se dio cuenta de que su hija estaba siendo vencida por el sueño y se acercó para acariciar su cabello, sabiendo que ella estaba ahí, sana y salva, eso la ayudó a calmar sus nervios solo un poco. — Escucha, Leana. —dijo suavemente, acariciando el rostro de la niña. —Si ves a tu amigo Paul otra vez, tienes que decírmelo, ¿de acuerdo? Nunca debes hablar con extraños sin decirnos. — Pero no es un extraño, mamá. Es mi tío Paul. —Leana parpadeó confundida sin levantar su cabeza del hombro de su padre. La niña había aceptado esa mentira con una facilidad que aterrorizaba. Abby sintió que le faltaba el aire con la respuesta de su hija, pero Bastián intervino, su voz firme pero calmada. — Pero, aun así, pequeña, debes decírno

