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1658 Words
                                                                                       CRISTIANNO                                                                                               *** Estoy eufórico, estoy sudando y, aunque estoy jadeando por aire no me detengo, no puedo hacer otra cosa más que atestar golpes en su mandíbula y en cualquier lugar que haga que se reviente del dolor sobre el piso. — ¡Vamos Cristianno! Es suficiente, lo vas a matar. —Escucho la voz de Paolo a mis espaldas pero no estoy lo suficientemente cuerdo para detenerme. Atesto un golpe en la boca de su estómago que lo hago jadear por una ráfaga de aire para sus pulmones. Verlo suplicándome me enfurece más todavía, porque como alguien en el infierno puede poner las manos sobre una chica y no defenderse cuando alguien de su tamaño lo rete a pelear. Es tan miserable que solo se siente fuerte golpeando a una mujer, y de alguna u otra manera me recuerda a mi padrastro golpeando a mi madre. ...La bala estalla contra su espalda y eso hizo que fuera a la cárcel, y no me arrepiento, lo volvería hacer, volvería a dispararle hasta que esta vez sí quede sin vida por pensar que podría poner las manos sobre mi madre y salirse con la suya. — ¡Maldición Cristianno! Detente. —Si por favor, detente. —Suplica la chica golpeada a mis espaldas. Y su voz hizo que un torrente de sangre hirviendo recorriera por mi sistema... Casi por un momento escuche la voz de mi madre en ella y me detuve. Me alejo de inmediato y su cuerpo estampado contra el piso escupe sangre y su ceño esta fruncido en dolor. — ¿Quieres que te llevemos a tu casa? —Le pregunta Paolo a la chica a mi derecha y puedo ver de reojo como asiente con los labios temblorosos. Paolo pasa su chaqueta por encima de su hombro y la encamina al auto, esta tan malditamente asustada que me provoca seguir golpeando la cara del imbécil que la puso en ese estado. Mientras conducía por las calles atestadas de autos de la oscura Roma, escuchaba los sollozos silenciosos de la chica que está en la parte trasera del auto. Paolo estaba en al asiento del copiloto y ni siquiera se inmutaba a decir algo. Mis nudillos permanecían blancos y mi mandíbula se concentraba tensa. —Es aquí. —Dice ella, su voz es más calmada y eso me hace sentir más estable—. Muchísimas gracias por lo que hicieron por mí, si hay alguna manera de agradecérselo por favor háganmelo saber. —Poniendo una orden de restricción en su contra estaría bien. Ella siente y sale del auto, corriendo hacia su casa por las gotas de lluvia que caen sobre sus hombros. —Tienes que saber cuándo detenerte Cristianno. —Tienes que saber cuándo cerrar la boca Paolo. —Digo, cuando vuelvo a poner el auto en marcha. El suspira y ninguno de los dos dice nada hasta que llegamos al Campus de la universidad. —Te veo mañana en la pelea. No digo nada y me quedo por un par de minutos pensando... Y una chica con una sonrisa escandalosa se aparece en la bruma de mis pensamientos. Alessia. De pronto me siento menos tenso y mis músculos se rigen establemente. Todos estos días nos hemos llevado bien, aunque casi no la veo. Desde la mañana antes de que yo me despierte ella se encuentra con Marzia y solo la veo dormir sobre el sofá de la pequeña sala del apartamento cuando llego de noche. Siempre me quedo admirando su sueño y a veces tiene pesadilla acerca de un tal Bruno que no deja de pronunciar mientras el invade su tranquilidad. Y lo único que puedo hacer por ella es sentarme sobre la paleta del sofá y acariciar su cabello hasta que se tranquilice... Ella jamás nota mi presencia, ella jamás me siente a su lado. Hace dos días me levante con un hambre impresionante y cuando fui a la cocina para preparar algo me encuentro con el desayuno listo sobre la mesa y una pequeña nota que decía "Espero te guste el desayuno Americano, porque es lo único que se hacer" Ese día la mandíbula me dolía de tanto sonreír porque nunca nadie, de todas las mujeres con las que me he acostado ha hecho el desayuno para mí. Ella es tan diferente. Alessia me recuerda demasiado a ella...  Y quiero conocer porque. Empujo la puerta principal con suavidad porque ella ya debería estar dormida y aunque ya se con lo que voy a encontrarme no puedo evitar que la decepción me invada a descubrir que no estoy equivocado. Su cuerpo reposa incómodamente sobre el sofá y tiene el ceño fruncido. Está teniendo esa maldita pesadilla otra vez. Me quito los zapatos y los dejo junto a la puerta y las llaves las coloco sobre el televisor evitando hacer ruido. Me siento a su lado y acaricio su cabello lacio, los mechones se meten entre mis dedos y me tomo el tiempo para jugar con ellos. —...Quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho. —Murmura los números que ya se me hicieron costumbre escuchar mientras duerme. De pronto ya no escucho nada, solo su respiración entrecortada en toda la estancia oscura de la noche, solo la acompaña una tenue luz de la luna que entra por la ventana. — Buenas noches Alessia. — Susurro más para mí que para ella y me incorporo para irme a mi habitación. — ¿Siempre haces eso todas las noches? De pronto mi corazón se paraliza y mi estómago salta ante su ronca voz. —A veces. —Miento, lo hago todas las noches—. Cuando te escucho tener esas pesadillas. Puedo ver por debajo de mí como su cuerpo se tensa. — ¿Que pesadillas? ¿De que estas hablando? —Pregunta, como si no tuviese idea de lo que estoy diciendo. —Te escucho tener pesadillas todas las noches Ale, siempre cuentas los números y pronuncias un nombre... Bruno. — ¿Por qué? No tienes derecho a meterte en mi vida. Se pone rápidamente de pie y me da la espalda. Puedo ver en nuestra pequeña distancia como su cuerpo tiembla y no sé si es porque está nerviosa o porque tiene frio. No quiero que se moleste, pero no puedo evitar sentirme afectado que me hable de ese modo cuando he tratado de llevarnos bien durante esta semana que ha pasado. —No es como si pueda hacerme el sordo cuando llego y te escucho Alessia. No dice nada. Silencio... Denso y profundo en la penumbra de la sala. Me pongo de pie y me quedo detrás de ella, mi respiración es tan pesada que puedo jurar que cae sobre su cuello pero no apuesto a ello porque no dice nada, ni siquiera se mueve y solo juega con el dobladillo de su ancha camisa. — ¿Qué te atormenta de esa manera Alessia? —Pregunto bajito en un susurro. Ella se gira hacia enojada, pero rápidamente la expresión en su rostro cambia y da un paso hacia atrás tropezando con sus mismos pies. Hay un punto fijo en mí que ella esta observando con determinación y confusión. Pero no puedo comprender de que se trata porque la poca luz en el apartamento no está a mi favor. — ¿Eso es sangre? —Pregunta entrecortada, señalando mi camisa y suelto un suspiro. La maldita sangre del tipo a quien golpe hace como una hora. —Sí, pero... — ¡Oh, Dios! —Sus ojos se ensanchan y se aleja unos pasos de mí con torpeza. —No Alessia. ¡Mierda! No, no es lo que estás pensando, no he matado a nadie. Su pálido rostro vuelve a tomar su color natural y baja las cejas. — Pero créeme que  ganas no me faltaban, quería golpear su cara hasta que sus pulmones dejaran de suplicar por aire. —Digo y rápidamente me arrepiento de lo que dije en su presencia. —Y-yo, yo necesito salir. —Dice tan pronto como coge las llaves y sale del apartamento. —Alessia ¿Para donde crees que vas? —Pregunto irritado pero ha cerrado la puerta detrás de ella. Salgo rápidamente en su busca y la veo salir del edificio caminando por el campus. —Alessia espera, maldición. —Déjame en paz Cristianno, quiero estar sola. Grita lo suficientemente alto para que yo pueda escucharle pero no se detiene y sigue caminando, casi corriendo. —No pienses por un jodido momento que voy a dejarte sola. ¿Estás loca? Es casi media noche. Vuelve aquí ahora mismo. — ¿Sino que? —Se detiene y se voltea para mirarme—. Dime. ¿Sino que? ¿Crees que tienes algún derecho sobre mí? Déjame informarte que no, puedo salir cuantas veces quiera y a la hora que quiera y no hay nada que puedas hacer al respecto. Sus palabras golpean duro contra mi mandíbula y siento que voy a estallar. Ni siquiera sé porque me importa tanto, pero quiero acortar la distancia entre nosotros, tomar su rostro entre mis manos y...y... —Buenas noches chicos. ¿Pasa algo? —La voz de una mujer nos sorprende que ambos volteamos en su dirección. La señorita Francesca, lleva un café en su mano y en la otra unas cuantas carpetas llenas de papeles y nos mira a ambos por encima de sus gafas. — ¿Todo bien por aquí? —Su ceño se frunce al ver que ninguno de los dos responde. —S-sí. —Alessia responde—. Yo solo necesito caminar un poco. —Alessia... —Insisto. —Yo me encargo Cristianno. —Interrumpe la profesora Francesca con una sonrisa y me guiña un ojo—. Yo me quedo con ella. Por un momento quiero negarme, pero es la única opción que tengo ahorita. Que se quede con ella o que Alessia vaya a quien sabe a dónde sola, por lo que termino asintiendo y puedo ver como ella tiembla y se abraza a sí misma. —Por lo menos que use esto. Deslizo la chaqueta de mis hombros y se la entrego a Francesca para que se la ponga a Alessia, ella solo asiente y me regala una sonrisa. Antes de que comiencen a caminar a la puerta principal de la universidad.
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