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Arabella Nunca había visto a Marco tan alterado. Le daba órdenes a los gritos al personal como un demente. —¡Limpien eso otra vez! A mi abuela no le gustan las manchas, ¿me oyeron? Su voz era tajante, pero su expresión denotaba casi... ansiedad. Pequeñas gotas de sudor se le habían formado en la frente a pesar de la brisa fresca del aire acondicionado, y no dejaba de caminar de un extremo a otro de la habitación. Yo estaba sentada en silencio en el sofá de terciopelo de la sala, observándolo. —¿Ya está lista la comida? —soltó de golpe—. Más vale que todo esté fresco. Ma tiene un gusto muy particular y un olfato muy agudo. Sabrá si no es orgánico. ¿Se lo pueden imaginar? —Dejó escapar una risita nerviosa. Ladeé la cabeza, estudiándolo. —Estás nervioso. Marco se detuvo. Sus ojos bus

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