Arabella Desconecté mi mente para no sentir. No su peso presionando contra mí, ni el dolor agudo que sentí en las entrañas. Sus uñas se clavaron en mi cintura y me quedé allí acostada, indefensa. No podía moverme. No me moví. Las lágrimas se me acumularon en los ojos mientras miraba fijamente a la nada. Y entonces, así sin más, terminó. Se puso de pie, respirando con dificultad, con la mirada recorriendo mi cuerpo como si hubiera conquistado algo. Como si esto probara algo. Como si yo fuera un trofeo que reclamar. Se giró para mirarme, con una expresión ahora indescifrable, como si el fuego se hubiera apagado. —Deberías estar agradecida —dijo—. No te hice daño. Parpadeé para contener las lágrimas y desvié la mirada. No podía mirarlo. No soportaba ver cómo la persona en la que algun

