Arabella Un calor me inundó las mejillas, ardiendo como un incendio forestal, mientras mis manos se alzaban instintivamente para cubrirme el pecho. La vergüenza y algo más —algo que me negaba a nombrar— se retorcían en mi estómago. Six me miraba fijamente, con los ojos llenos de diversión indudable y los labios curvados en esa sonrisa burlona y exasperante que hacía que mi pulso se acelerara a pesar mío. —Eres un hombre grosero, Six —dije, tratando de inyectar veneno en mi voz, pero escuchando en cambio un tono entrecortado. Se encogió de hombros con una confianza despreocupada que tanto me enfurecía como me cautivaba. —Parecía que te gustó mi grosería esa noche... —Su voz bajó de tono, y las palabras me envolvieron como terciopelo. Me mordí con fuerza el labio inferior, saboreando el

