El miércoles por la tarde, un nuevo jugador pisó el tablero de la mansión Grimaldi. Tomás, un aristócrata de excelente posición, brillante economista y amigo de la infancia de Caterina de sus años en París, llegó de visita. Tomás siempre había estado profundamente enamorado de ella en secreto, admirando su brillantez por encima de cualquier otra cosa. Marcus estaba en el salón principal sirviéndose un trago, quejándose internamente de las estrictas agendas de Beatriz, cuando Caterina bajó las escaleras para recibir al invitado. Marcus se quedó con el vaso a mitad de camino al verla: llevaba un nuevo vestido midi en tono gris oscuro que delineaba sus curvas de una manera sutil y sumamente atractiva, con el cabello recogido con una soltura elegante que jamás le había visto. —¡Caterina, est

