Seis meses habían pasado desde la firma del contrato por poder. Seis meses en los que Marcus no se dignó a enviar un solo correo, confiado en que su "esposa gorda e insulsa" estaba escondida en algún rincón de la mansión familiar, suspirando por artistas y comiendo dulces.
Lo que él no sabía era que Caterina, junto a sus amigos, había acelerado el crecimiento de su empresa secreta. No era solo una cuestión de negocios; ella había transformado su salud y su imagen, no para gustarle a él, sino para sentirse la dueña del mundo que realmente era. El acné había desaparecido, sus curvas se habían definido con ejercicio y una alimentación balanceada que seguía disfrutando, y los brackets eran un recuerdo del pasado.
La Gala Anual de Emporios era el escenario perfecto. Marcus regresó al país esa misma mañana, obligado por su abuelo a asistir para representar la unión de las empresas.
—¿Dónde está ella? —preguntó Marcus a su asistente mientras se ajustaba el esmoquin, refiriéndose a Caterina con fastidio—. Dile que llegue por su cuenta y que no se acerque a mí. No quiero fotos con ella.
Caterina, que escuchó el mensaje a través de los canales oficiales, sonrió frente al espejo. Llevaba un vestido color esmeralda que resaltaba sus ojos turquesa, ahora libres de los anteojos gruesos gracias a unas lentes de contacto imperceptibles. Su cabello caía en ondas perfectas, ocultando la timidez de la chica que una vez fue.
Al entrar al salón, el silencio fue casi inmediato. Marcus, que estaba en la barra con una copa de whisky, se quedó petrificado. Sus ojos violetas, el rasgo distintivo de los Grimaldi, se clavaron en la mujer que caminaba con la elegancia de una reina.
—¿Quién es ella? —susurró Marcus, sintiendo una descarga eléctrica que nunca había experimentado con sus modelos de turno.
Se acercó a ella con su habitual paso arrogante, seguro de que caería ante sus encantos como todas las demás.
—Buenas noches —dijo Marcus, bajando el tono de voz para que resultara sugerente—. He recorrido medio mundo y estoy seguro de que recordaría una belleza como la suya. ¿Nos conocemos?
Caterina lo miró fijamente. Ahí estaba el hombre que la había llamado "fea e infantil" a través de terceros. El hombre que la había engañado la noche de su boda.
—No lo creo, señor... —ella dejó la frase en el aire, fingiendo desconocimiento.
—Marcus Grimaldi —respondió él con orgullo, esperando que el apellido hiciera su magia.
—Un placer, señor Grimaldi. Soy Catia Montero —mintió ella con una sonrisa de gata, usando el diminutivo que solo sus amigos conocían y el apellido soltera de su madre—. Soy consultora de inversiones independiente.
—Catia... —repitió él, saboreando el nombre—. Es usted fascinante. ¿Ha venido sola? Mi esposa, por desgracia, no ha podido asistir. Es una mujer... muy dedicada a su hogar y poco dada a estos eventos sociales. Marcus cuando le convenía tenía esposa, cuando no, la ocultaba.
Caterina sintió un pinchazo de desprecio. Marcus no solo la ocultaba, sino que mentía descaradamente sobre su capacidad.
—Qué lástima —respondió ella, acercándose un poco más, lo suficiente para que él percibiera su perfume—. A veces los hombres exitosos como usted cometen el error de no mirar lo que tienen justo delante de sus ojos.
Marcus quedó hechizado. Esa mujer era inteligente, misteriosa y poseía una mirada turquesa que parecía leerle el alma. Durante toda la noche, no se separó de ella, ignorando las llamadas de sus socios y las miradas curiosas. Estaba enloquecido por la mujer que, sin él saberlo, era la misma a la que despreciaba en sus mensajes privados.
—Catia, tengo que volver a verla —le pidió Marcus al final de la noche, tomándola de la mano.
—El mundo de los negocios es pequeño, señor Grimaldi —dijo ella, soltándose con delicadeza—. Si su instinto como CEO es tan bueno como dicen, sabrá dónde encontrarme.
Caterina se alejó hacia su limusina, dejando a Marcus solo en la entrada, obsesionado con la idea de conquistar a la mujer que ya le pertenecía legalmente, mientras su teléfono vibraba con un mensaje de su "esposa" Caterina: "Espero que la gala sea productiva, querido marido. Yo me quedaré en casa leyendo, como siempre".
Marcus borró el mensaje de Caterina con fastidio, sin imaginar que la mujer de sus sueños acababa de enviárselo desde el coche de enfrente.