El sábado por la mañana regresó con una luz mansa sobre las afueras de Madrid. Tras el tenso lunes en la oficina donde sepultaron financieramente a las víboras, Marcus sentía que su verdadera recompensa no estaba en los balances de la bolsa, sino en ese portón de madera del Hogar Santa Esperanza. Había cumplido con sus obligaciones en la Castellana y, fiel al pacto de caballeros que compartía en secreto con Thiago, se escapó temprano para volver a su rincón de paz. Marcus entró al patio vistiendo unos vaqueros gastados y una remera negra. Mateo ya lo esperaba sentado en el arenero con sus autitos, pero esta vez no estaba solo. A unos metros de él, sentada sobre una manta en el césped, había una nena muy chiquita, de apenas tres años. Tenía unos rulos castaños que le enmarcaban la carita,

