A unos cincuenta metros de distancia, Marcus Grimaldi acababa de bajar del ascensor. Venía rumiando su frustración tras un día entero bajo la vigilancia de la secretaria Beatriz, pero al levantar la vista y ver la escena, su mente se quedó completamente en blanco. No lo pensó. No midió las consecuencias, ni recordó los manifiestos impresos, ni el control que ella tenía sobre su vida. Al ver a Caterina forcejeando inútilmente, sintiendo cómo esos hombres la tocaban con violencia, un terror visceral e inexplicable —algo que nunca antes había experimentado por nadie— le atenazó el pecho. El miedo a perderla, a que le pasara algo terrible a su "esposa gris", lo golpeó con la fuerza de un camión. —¡Sueltenlá! —rugió Marcus con una voz desencajada que ni él mismo reconoció. Marcus corrió como

