Los días que siguieron a la visita de los hombres se tiñeron de un silencio diferente. No era el silencio de antes, de observación o de estrategia. Era el silencio del asedio. La partera —ahora, en el santuario secreto de sus corazones, madre— salía a buscar leña y encontraba el hacha robada. Las gallinas que criaba en un pequeño corral aparecieron muertas una mañana, no por un zorro, sino por un golpe limpio en la cabeza. En la puerta, alguien había dejado un manojo de digital púrpura —la hierba de los párpados cerrados, la que se usaba para preparar a los muertos— atado con un cordel n***o.
Era un mensaje claro: "Deberías estar muerta. Tu hija también."
La mujer lo recogió con manos que no temblaban y la arrojó al fuego. El olor dulzón y venenoso llenó la cabaña.
—No les des el gusto de asustarte —le dijo a Soulind, cuya mirada seguía la humareda con ojos graves—. El miedo es lo que quieren. Nos volveremos más duras que esta leña.
Pero el universo, o el destino cruel de Neluxia, tenía otros planes. El estrés, el hambre constante y el frío que se colaba en los huesos hicieron mella en la mujer. Una tos seca que empezó como un cosquilleo se convirtió en un sacudimiento profundo que le doblaba el espinazo. Fiebre. Primero bajita, luego un fuego que la consumía por dentro mientras tiritaba bajo todas las mantas. Sus pulmones sonaban como un fuelle roto.
—Es solo un resfriado, pequeña —mentía, sus ojos brillantes por la fiebre—. Un té de tomillo y a dormir.
Pero Soulind, con sus casi cinco años de una percepción afilada por la desgracia, sabía. Veía el sudor frío en su frente, la palidez cadavérica bajo el bronceado del trabajo. La escuchaba delirar por las noches, llamando a Lilia, pidiendo perdón. El miedo que no sintió por los hombres, sí lo sintió ahora. Un miedo hondo, primitivo, a quedarse completamente sola en un mundo que ya le había mostrado sus colmillos.
La despensa estaba vacía. Las últimas patatas tenían un velo verde de podredumbre. No había más té de tomillo, no había consuelda para la fiebre. La mujer estaba demasiado débil para levantarse. Soulind la observó dormir un sueño agitado, su respiración un silbido terrible. Tomó una decisión. Se envolvió en la capa más gruesa que encontró, una vieja manta de lana raída que le arrastraba por el suelo, y se ató a la cintura el cuchillo pequeño y desafilado que usaban para cortar raíces.
Iba al Bosque Viejo. Iba a buscar liquen de roble (la mujer le había enseñado: "Para la fiebre que quema por dentro") y bayas de enebro ("Para el pecho que no quiere soltar el aire"). Sabía que era peligroso. Sabía que estaba prohibido. Pero miró a la mujer que se movía inquieta en el jergón y su corazón, pequeño y valiente, se endureció como una nuez. No la dejaría irse.
La nieve había comenzado a caer la noche anterior, no en copos suaves, sino en una cortina espesa y gris que borraba el mundo. Soulind empujó la puerta y el viento helado le azotó el rostro, llevándose su aliento. El claro, su reino, era una llanura blanca y extraña. Más allá, el Bosque Viejo parecía una fila de espectros negros con brazos huesudos.
Caminó. La nieve le llegaba por encima de los tobillos, después a media pantorrilla. Cada paso era una batalla. El frío le mordía los dedos a través de los harapos que envolvían sus pies. Pero no se detuvo. Encontró un roble viejo, su corteza rugosa como la piel de un dragón (¿cómo sabía cómo era la piel de un dragón?), y con los dedos entumecidos, raspó el liquen grisáceo, guardándolo en un pequeño saco de tela. Las bayas de enebro, rojas y amargas como el invierno mismo, las arrancó de un arbusto bajo.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba perdida. La cortina de nieve había borrado sus huellas. Todos los árboles se veían iguales: negros, fantasmales, amenazadores. El pánico, un animal vivo, empezó a trepar por su garganta. Giró sobre sí misma, una y otra vez. Nada. Solo blanco, n***o y el aullido del viento.
—¿Mamá? —llamó, y su voz fue un chillido débil que la tormenta devoró al instante.
Se desplomó junto al tronco del roble, agotada. El frío ya no era una sensación; era un estado del ser. Se acurrucó, tratando de hacer de su cuerpo una bola. El saco con las hierbas lo apretaba contra su pecho como un talismán. "He fallado", pensó, y el pensamiento era más frío que la nieve. "Se va a morir, y yo también, y nadie vendrá a buscarnos."
Fue en ese momento, en el abismo del miedo y la desesperación, cuando lo sintió. No fue un sonido. No fue una visión. Fue una presencia.
Un cambio en la presión del aire. Un silencio súbito y absoluto, como si la tormenta contuviera la respiración. Y luego, una sensación de ser observada desde lo más profundo del bosque, desde la dirección de la montaña. No era la mirada hostil de los aldeanos. No era la curiosidad animal del zorro. Era algo inmenso, antiguo, consciente. Una atención que pesaba más que la nieve en las ramas.
Soulind alzó la vista, sin aliento. Entre los árboles, en la penumbra azulada de la tormenta, vio dos puntos de luz. No eran reflejos. Brillaban con un calor propio, de un color musgo profundo, como las esmeraldas. No se movían. Solo observaban. No había amenaza en esa mirada. Había… reconocimiento. Y algo más: una tristeza tan vasta como el cielo invernal.
No supo cuánto tiempo pasó así, congelada en un diálogo sin palabras con esos ojos. El miedo se transformó. No desapareció, pero se mezcló con una certeza extraña: eso, lo que fuera, no le haría daño.
Un golpe de viento más fuerte, cargado de nieve, la hizo cerrar los ojos. Cuando los abrió de nuevo, los puntos de luz esmeralda se habían desvanecido. Pero en la nieve frente a ella, donde no había nada antes, había un sendero. No eran huellas. Era como si la nieve misma se hubiera fundido o apartado, formando un camino claro y despejado que serpenteaba entre los árboles… en la dirección exacta de la cabaña.
No lo pensó dos veces. Con una fuerza renovada que no sabía de dónde venía, se levantó y siguió el camino. Caminó y caminó, y el sendero siempre estaba ahí, guiándola. La tormenta parecía amainar a su alrededor. Llegó al límite del bosque y vio, a lo lejos, el tenue resplandor del hogar a través de la ventana de la cabaña. El camino desapareció justo allí, en el borde del claro.
Corrió los últimos metros, empujó la puerta y se desplomó al interior, jadeando. La mujer se incorporó en el jergón, alarmada.
—¡Por todos los santos! ¿Dónde…?
—Para ti —jadeó Soulind, tendiéndole el saco con el liquen y las bayas, sus manos azuladas temblando.
Mientras la mujer, entre lágrimas de gratitud y remordimiento, preparaba la infusión, Soulind se acercó a la ventana. Miró hacia el Bosque Viejo, hacia la negrura impenetrable. La tormenta rugía de nuevo. Pero ella ya no tenía miedo.
—¿Qué ves, hija? —preguntó la mujer, su voz ronca pero más clara.
Soulind no se volvió.
—Un fuego triste —susurró, repitiendo las palabras de antes, pero ahora con un nuevo significado—. Y ya no está solo.
Esa noche, mientras la poción hacía efecto y la mujer dormía un sueño profundo y reparador por primera vez en días, Soulind soñó. Soñó que estaba en una cueva cálida, iluminada por una luz ámbar que venía de las paredes. Y en el centro, una forma enorme y oscura respiraba con un sonido ronco y rítmico, como el mar en el interior de la tierra. No sentía miedo. Sentía… hogar.
Afuera, en la cima de la montaña, Valerius, el rey dragón, cerró sus grandes párpados. El resplandor verde se atenuó. En su mente, atrapada entre bestia y hombre, resonaba la imagen de una niña pequeña y valiente, perdida en la nieve, defendiendo a quien amaba. Un destello de algo que no sentía desde hace siglos —algo parecido al respeto, o tal vez al reconocimiento de un alma similar— cruzó por su conciencia antes de que el letargo de la piedra lo reclamara. La tormenta, por primera vez en años, amainó ligeramente, como si un gran pulso de ira se hubiera calmado, solo por una noche.