El castillo del Halcón se había convertido en una prisión para Elian.
No una prisión de piedra y barrotes como la que había albergado a Soulind durante siete años, sino una prisión de seda y deberes. Las paredes de sus aposentos, antes un refugio, ahora se cerraban sobre él como las de un ataúd. Las comidas con su padre eran ejercicios de silencio y culpa. Las lecciones con su tutor, lecciones sobre cómo ser un buen rey, le sonaban a burla después de lo que había permitido.
Había fallado. La había visto marchar. La había visto caer. Y no había podido hacer nada.
Las noches eran las peores.
Cuando el castillo se sumía en el silencio y solo los guardias rompían la quietud con sus pasos rítmicos, Elian se sentaba ante su escritorio, sacaba un pergamino en blanco, mojaba la pluma en tinta… y escribía.
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Primera carta
A quien ya no está,
Hoy hace una semana que te fuiste. Una semana desde que te vi caer en esa oscuridad. Una semana desde que dejé de ser quien era.
Mi padre dice que el ritual funcionó. Que las cosechas han mejorado un poco. Que el cielo está menos gris. Me lo dice como si debiera alegrarme, como si tu vida fuera un precio justo por un poco de sol.
No sé si odiarlo más a él o a mí mismo.
Tú me enseñaste a odiar, Soulind. Me enseñaste a ver la injusticia donde yo solo veía tradición. Me enseñaste que las leyes pueden ser mentiras y los reyes, cobardes. Y ahora, todo lo que aprendí de ti me sirve para una sola cosa: para saber que esto no era inevitable. Que pude haber hecho algo. Que debí hacer algo.
Pero no lo hice.
No sé si esta carta llegará a algún sitio. No sé si los muertos leen. Pero necesito escribirte. Necesito que alguien sepa que no te he olvidado.
—Elian
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Las cartas se acumulaban en una caja de madera que escondía bajo una tabla suelta del suelo. Nunca las enviaba. ¿A dónde? ¿A la montaña? ¿A la cueva del dragón? Sería ridículo. Pero escribirlas era lo único que mantenía a raya la culpa que amenazaba con devorarlo.
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Séptima carta
Hoy vi a Bran en el mercado. El herrero. El que te empujó.
Iba tan orgulloso, contando a quien quisiera oírlo que él había sido el brazo del ritual, el que había devuelto la ofrenda a la montaña. La gente lo miraba con respeto, con admiración, como si hubiera matado a un monstruo en lugar de a una niña.
Sentí algo que no había sentido antes. No era odio. El odio lo conozco. Era otra cosa. Más fría. Más quieta.
Deseé que sufrieras. No, eso no es cierto. Desee hacerle sufrir yo mismo. Con mis manos. Con las mismas manos que no levanté para salvarte.
¿En qué me estoy convirtiendo, Soulind?
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Decimoquinta carta
He encontrado un libro viejo en la biblioteca. Habla de la montaña, de antes de que se llamara Valerium. Dice que hubo un reino allí, hace siglos. Un reino próspero, gobernado por un rey joven y justo. Luego, una traición. Luego, un incendio. Luego, el silencio.
No sé por qué, pero no puedo dejar de pensar en ese rey. En cómo debió sentirse, traicionado por los suyos, viendo cómo todo lo que amaba se desmoronaba.
Me pregunto si tú, allá donde estés, también te sientes así.
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Las semanas se convirtieron en meses. El invierno llegó y se fue. La primavera trajo un verdor débil a los campos, y el pueblo, por primera vez en años, respiró aliviado. Las tormentas cesaron. El granizo no volvió. Las cosechas, aunque magras, sobrevivieron.
Lord Aranthor proclamó un día de acción de gracias. Fray Benito ofició una misa solemne. Bran fue invitado a sentarse en la mesa principal del castillo, un héroe.
Elian sonrió, asintió, dijo las palabras que esperaban de él.
Y esa noche, escribió la carta más corta de todas.
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Vigésimo tercera carta
Hoy te honraron. Sin saberlo. Dieron gracias por tu muerte.
Y yo sonreí.
Perdóname.
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Pero el alivio duró poco.
Fue como si la tierra hubiera estado conteniendo el aliento, esperando el momento justo para exhalar todo su veneno.
La primera señal fue un temblor. Leve, casi imperceptible, pero suficiente para que los cántaros de agua bailaran en las mesas y los perros aullaran durante horas. Luego, el cielo, que había permanecido despejado durante semanas, se cubrió de nubes negras en una sola tarde. No eran nubes de tormenta común. Eran nubes espesas, aceitosas, que se arremolinaban sobre la montaña como si alguien las estuviera convocando.
Y entonces, la lluvia comenzó.
No era una lluvia normal. Era una cortina de agua helada que caía sin cesar, día tras día, convirtiendo los campos en pantanos, los caminos en ríos de lodo, las esperanzas en desesperación. Los brotes que habían sobrevivido al invierno se pudrieron en la tierra empapada. Los animales jóvenes murieron de frío. El río creció hasta desbordarse, llevándose una docena de casas en el pueblo bajo.
El pánico regresó, pero esta vez era diferente. No había un culpable claro a quien señalar. La ofrenda había sido entregada. El ritual, cumplido. ¿Por qué, entonces, la ira del cielo?
Fray Benito predicaba sobre el pecado original, sobre la necesidad de más sacrificios, de más penitencias. Bran hablaba de volver a la montaña, de asegurarse de que la ofrenda no hubiera sido en vano. Pero nadie se atrevía. La cueva, ahora, era un lugar aún más temido. Si el dragón no se había aplacado con la muerte de la niña, ¿qué podría aplacarlo?
En el castillo, Lord Aranthor envejecía diez años en un mes. Sus consejeros no tenían respuestas. Sus soldados no podían luchar contra el clima. El reino se desmoronaba, y él, el señor del Halcón, no podía hacer nada.
Solo Elian, encerrado en sus aposentos, miraba la tormenta y sonreía.
No una sonrisa de alegría. Una sonrisa de reconocimiento.
—Sabía que no te habías ido —susurró, mirando hacia la montaña que apenas se divisaba tras el muro de lluvia—. Sabía que no era tan fácil. No para ti.
Esa noche, escribió una carta más.
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Trigésima carta
La tormenta ha vuelto. Peor que antes. El pueblo está aterrorizado. Mi padre, desesperado. Y yo… yo no puedo dejar de pensar en ti.
No sé si esto es tu venganza. No sé si eres tú, o el dragón, o el azar. Pero sé una cosa: si estás viva, si de alguna manera sobreviviste, quiero que sepas que no te olvido. Que cada día, cada hora, cada latido de esta tormenta me recuerda a ti.
Y si estás muerta, si todo esto es solo el eco de tu ausencia… entonces espero que allá donde estés, sepas que hubo alguien que te recordó. Alguien que no te usó, ni te vendió, ni te olvidó.
Alguien que te amó, aunque nunca pudiera decírtelo.
—Elian
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Dobló la carta, la guardó en la caja con las demás, y se asomó a la ventana. La lluvia golpeaba los cristales con una furia que parecía personal, dirigida. Más allá, la montaña era solo una sombra, un recuerdo, una promesa.
No sabía que, en las profundidades de esa montaña, en una cueva iluminada por un resplandor verde, una joven de mirada gris y pierna coja leía las palabras de un libro antiguo junto a un dragón de ojos verdes y memoria rota.
No sabía que ella también, a veces, pensaba en él.
Pero eso, pensó Elian mientras cerraba la ventana, ya no importaba.
Ella se había ido. Y él se había quedado. Esa era su condena.
Y la cumpliría, carta tras carta, hasta el final de sus días.
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En la cueva, la tormenta rugía fuera, pero dentro, el silencio era cálido. Soulind levantó la vista del libro y miró hacia la entrada, donde la lluvia formaba una cortina gris.
—La tormenta ha vuelto —dijo.
El dragón, enroscado a su alrededor, abrió un ojo verde.
—Sí —respondió—. La siento. Es… diferente. No es mi tormenta. Es la tuya.
—¿Mi tormenta?
—La que nació contigo. La que nunca se ha ido. Creo que… creo que tú eres la tormenta, Soulind. Y la tormenta eres tú.
Ella guardó silencio, procesando sus palabras. Luego, apoyó la cabeza contra su escama y cerró los ojos.
—Entonces —murmuró—. Que llueva. Que el mundo se ahogue en mi lluvia. Ya no me importa.
Pero en el fondo de su corazón, en ese lugar donde guardaba los recuerdos que no quería perder, la imagen de un muchacho de ojos azules y cartas sin enviar seguía viva.
Y eso, pensó, tal vez sí importaba.
Un poco.