La peste pasó como un incendio que, tras consumir la maleza seca, se extingue por falta de combustible. Dejó tras de sí un silencio aún más profundo en el valle, un vacío poblado por el fantasma de demasiados ausentes. En el castillo, la vida retomó su ritmo fúnebre. Las puertas se abrieron, los impuestos volvieron a recaudarse, y la sombra de la enfermedad se disipó, pero no el miedo que había incubado en los corazones. Para Soulind, ahora con catorce años, el mundo había quedado dividido en un "antes" y un "después" de la muerte de su madre. El "antes" era una niña que aún podía sentir esperanza, que intercambiaba pergaminos y soñaba con constelaciones. El "después" era una estatua de hielo y determinación. Ya no dibujaba soles en la pared. Había borrado sus garabatos infantiles con agu

