La conciencia regresó a Soulind como el agua que se filtra lentamente a través de la roca: gota a gota, sin prisa, sin piedad. Primero fue el dolor. Un coro polifónico de sufrimientos que entonaban desde diferentes partes de su cuerpo. La pierna derecha era un solo de agonía aguda y punzante. Las costillas, un acompañamiento sordo y profundo. La cabeza, un timbal que golpeaba siniestro detrás de sus ojos. Intentó moverse y el coro se convirtió en una orquesta completa de tormento. Un gemido escapó de sus labios resecos. Luego fue el silencio. No el silencio vacío de su celda en el castillo. Este era un silencio vivo, denso, cargado de una presencia que no necesitaba respirar para ser sentida. El silencio de una bestia que observa. Abrió los ojos. La oscuridad ya no era absoluta. Una lu

