Capítulo 2. Trueques y Silencios

1636 Words
La lluvia que había acompañado el nacimiento de Soulind nunca se fue del todo. Se transformó en una presencia constante: unas veces en un llovizna gris que empañaba los días; otras, en una humedad fría que se colaba por las grietas de la cabaña como un suspiro enfermo. Un mes después de enterrar a Lilia en la fosa común, la partera vivía en un estado de vigilia perpetua. Sus ojos, antes agudos para detectar la dilatación de una pupila o el tono azulado de la piel de un recién nacido, ahora estaban velados por una niebla de fatiga y dolor sordo. Pero sus manos, al mecer el haz de mantas que era Soulind, no temblaban. Lo hacían con la firmeza de quien sujeta el último cabo de un naufragio. Un golpe en la puerta, seco como el crujir de un hueso. No era un amigo; los amigos eran un lujo que la cabaña ya no podía permitirse. Era un trueque. Eran Marta y Elisa, dos mujeres del pueblo cuyas mejillas empezaban a hundirse por el hambre que se avecinaba. Traían una bolsa de harina de centeno rancia y un pedazo de queso duro como piedra. Las miradas no iban para la partera, sino para el bulto que dormitaba en sus brazos. —¿Y la criatura? —preguntó Marta, los ojos escudriñando la penumbra como si esperaran ver algo monstruoso. —Respira —contestó la partera, sin ofrecerles asiento. El espacio era ya suficientemente estrecho con sus presencias—. Crece. Duerme poco. —Como si supiera que no es bienvenida —musitó Elisa, casi para sí misma. La partera alzó la mirada lentamente. No había ira en ella, solo una frialdad que hacía retroceder a las mujeres un paso. —Duerme lo justo. Como su madre. Lilia también era de sueño ligero. El nombre de la muerta cayó entre ellas como una losa. Elisa se ajustó el chal, incómoda. —¿Le pusiste… el nombre que dijo? El de esa noche. —Soulind. —La partera pronunció la palabra con una claridad que cortó el aire húmedo—. Es lo último que su madre le dio. Lo único que tiene de ella. Un silencio espeso llenó la cabaña, roto solo por el resuello leve de la niña. —Es un nombre… que no suena a los nuestros —observó Marta, buscando las palabras—. No es de los santos del calendario. Ni de nuestra tierra. —Su tierra es esta —cortó la partera, y su voz, por primera vez desde el entierro, tuvo un filo que hizo parpadear a ambas mujeres—. La misma que pisáis vosotras. Y su santo será el que ella elija. O ninguno. Ahora, ¿traéis lo acordado? El trueque fue rápido, frío. Un tarro de ungüento de consuelda por la harina. Un frasco de tintura de valeriana por el queso. No hubo agradecimientos. Eran transacciones, pagos por un servicio y, sobre todo, por mantener la desgracia contenida entre esas cuatro paredes de madera podrida. La partera lo sabía. Y lo aceptaba, porque Soulind necesitaba comer. Cuando la puerta se cerró, dejando entrar un soplo de aire que hizo danzar las cenizas del hogar, la partera se acercó a la cuna de mimbre que había tejido con ramas de sauce. Soulind estaba despierta. Sus ojos, de un gris tan oscuro que parecía n***o líquido, observaban el haz de luz que se filtraba por una rendija. No lloraba. Rara vez lo hacía. —Lo oyes, ¿verdad? —susurró la partera, deslizando un dedo calloso por la mejilla increíblemente suave de la niña—. El miedo. Es un sonido más fuerte que el trueno. Pero no tienes que temerlo. No necesitan saber tu nombre. Ni el mío. Solo necesitan saber que aquí estoy. Y que no me moveré. Los días se tejieron en una monotonía tensa. La partera hablaba con Soulind no como se habla con un bebé, sino como con la única alma que quedaba para testimoniar su existencia. Le contaba de las hierbas —“la mejor manzanilla nace cerca de los arroyos, donde la tierra llora”—, de Lilia —“tu madre reía con todo el cuerpo, como si el sol viviera dentro de su pecho”—, de cosas simples y profundas. Soulind escuchaba, sus ojos grises siguiendo cada movimiento, absorbiendo cada palabra en un silencio que era tan profundo que, a veces, daba escalofríos. La noche traía los demonios. La partera soñaba con Lilia: no con su risa, sino con el rojo brillante que manchaba las sábanas, subiendo, subiendo como una marea hasta ahogar su propia voz. Se despertaba jadeando, el sudor frío pegando la camisa a su espalda huesuda. Una de esas noches, al incorporarse con el corazón a galope, sus ojos se encontraron con otros dos ojos en la oscuridad. Soulind, en su cuna, estaba completamente despierta y serena, mirándola desde la penumbra. No como una criatura asustada, sino con una calma antigua, como si entendiera el sabor del dolor en el aire y no se sorprendiera por él. La partera se levantó, la tomó en brazos y ambas se quedaron mirando las brasas moribundas hasta que el alba pintó de gris la ventana. El incidente que marcó el tono definitivo de su relación con el pueblo llegó con el herrero, Bran, un hombre ancho como un roble y con una fe tan rígida como el acero que trabajaba. Llegó arrastrando una pierna, la pantorrilla hinchada y violácea por la mordedura de un perro rabioso que había sacrificado el día anterior. —Necesito que me saque el veneno —gruñó, dejándose caer en el único taburete, su mirada evitando la cuna en el rincón. La partera trabajó en silencio. Hirvió agua, machacó ajo y hierba de San Juan, preparó una cataplasma. El olor acre llenó la cabaña. Mientras aplicaba el remedio, Bran no pudo contenerse más. Sus ojos se clavaron en Soulind, que observaba el proceso con una atención inquietante. —Dicen en el pueblo que no llora nunca —espetó, su voz áspera como lija—. Que es antinatural. Que atrae mal tiempo y peor suerte. La partera no alzó la vista. Apretó la cataplasma contra la carne infectada con una fuerza que hizo gruñir al hombre. —Dicen muchas cosas —respondió, su voz serena como la superficie de un lago envenenado—. Y sin embargo, aquí está usted, en la casa de lo ‘antinatural’, pidiendo que estas manos le salven la pierna. La necesidad le quita lo quisquilloso a la superstición, ¿no le parece, señor Bran? El miedo a la gangrena es más fuerte que el miedo a una niña. Bran enrojeció, una mezcla de dolor y furia impotente. No dijo nada más. Cuando la partera terminó, dejó dos monedas de cobre en la mesa —un pago excepcional, cargado de vergüenza— y se marchó cojeando, sin una palabra de agradecimiento. La partera recogió las monedas, las guardó y luego se acercó a la cuna. Soulind la miraba. —Tú… —susurró la partera, y en su voz se coló un atisbo de asombro— tienes el temple de tu madre. Y algo más. Algo que los asusta porque no lo entienden. Ten cuidado, pequeña alma. El miedo es la más peligrosa de las bestias. El momento que selló ese primer año, y que la partera recordaría hasta el último de sus días, llegó en una tarde de otoño especialmente fría. El sol, débil y pálido, se colaba por la puerta abierta mientras ella tendía los pañales lavados en la cuerda exterior. Soulind, que ya se aferraba a los muebles con una determinación feroz, estaba de pie, agarrada al borde de la mesa de la cocina. La partera la vio desde el exterior. Vio cómo esos pequeños dedos, blancos por la presión, se aflojaban. Vio cómo el cuerpecito, vestido con harapos remendados, se balanceaba, encontrando un equilibrio imposible. Y entonces, Soulind solté el agarre. No cayó. Dio un paso. Torpe, tambaleante, como un pequeño marinero en cubierta durante una tormenta. Luego otro. Y otro. No se dirigía hacia ella. No buscaba los brazos que la habían mecido, alimentado y protegido. Su rumbo, innegable, era la puerta abierta. Y más allá, el último y largo rayo de sol de la tarde que se extendía como un camino dorado a través del suelo de tierra, apuntando directamente, con una precisión de flecha, hacia la imponente silueta de la montaña negra que devoraba el horizonte. Un frío que no tenía que ver con el otoño se apoderó de la partera. Corrió, no por miedo a que cayera, sino por el presagio que veía materializarse en ese primer viaje. Atrapó a Soulind suavemente, justo cuando su pequeño pie descalzo iba a cruzar el umbral de la cabaña hacia el mundo exterior. —No —murmuró, enterrando su rostro en el fino cabello oscuro de la niña—. Todavía no. El mundo ahí fuera no está listo para ti. Y tú… tú no estás lista para lo que te espera en esa montaña. Soulind no lloró. No protestó. En el silencio que siguió, la partera sintió el pequeño corazón latir contra el suyo, rápido y vivo. Y cuando separó su rostro para mirarla, vio que los ojos grises de Soulind no estaban puestos en ella. Miraban, por encima de su hombro, directamente a la lejana y sombría silueta de la montaña. Con los ojos muy abiertos. Sin miedo. Con algo que parecía… reconocimiento. Y en el viento que bajaba de aquellas alturas, la partera juró haber oído, o tal vez solo imaginado, un sonido profundo y vasto. No un rugido. No un trueno. Un suspiro. Como de piedra antigua desplazándose, dando la bienvenida a un nuevo latido en el tapiz del destino.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD