La procesión avanzaba con la lentitud de un cortejo fúnebre. Delante, dos acólitos de Fray Benito llevaban incensarios que esparcían un humo espeso y dulzón a salvia y mirra, destinado a «purificar el camino». Detrás, el propio Fray Benito, con sus ropas ceremoniales bordadas en hilo de oro deslucido, recitaba salmos en una voz monótona que se perdía en el polvo. A su lado, Bran el herrero, ahora con el título auto-otorgado de «Campeón del Pueblo», caminaba con el pecho hinchado, empuñando no un arma, sino el cuchillo de obsidiana del ritual, su filo n***o reluciendo bajo el sol como un trozo de noche. A los lados, los soldados de Sir Gareth formaban una barrera viva entre la ofrenda y el pueblo. La muchedumbre, sin embargo, no era bulliciosa. Era un ser de muchos ojos y un solo susurro.

