Capítulo 6. La Semilla Del Sacrificio

1215 Words
La recuperación de la mujer fue lenta, como el deshielo de un arroyo obstruido. La tos cedió, la fiebre se retiró, pero dejó tras de sí un cuerpo demacrado y una fatiga profunda que se aferraba a sus huesos. Ya no era la partera inquebrantable; era una superviviente vulnerable, y ambos, madre e hija, lo sabían. Soulind, ahora con una solemnidad precoz, asumió tareas nuevas: ir a por agua al pozo (siempre de día, siempre mirando por encima del hombro), encender el fuego, preparar las infusiones simples. Pero la hierba digital en la puerta no sería el último mensaje. El aislamiento se volvió absoluto. En el pueblo, las mujeres cruzaban la calle cuando las veían acercarse. Los hombres las observaban desde las puertas, con brazos cruzados y miradas de piedra. El "Cantor Mojado" dejó de comprar sus ungüentos. El trueque murió. Sobrevivían de lo que la madre podía cosechar del pequeño huerto trasero y de las raíces silvestres que Soulind, con el corazón en un pulso, volvía a buscar en los límites muy visibles del bosque, nunca adentrándose. Los ojos verdes y el camino en la nieve eran un secreto que guardaba bajo llave, un tesoro de terror y extraño consuelo que no compartía ni siquiera con su madre. Algo le decía que pronunciarlo en voz alta sería profanarlo. El invierno pasó con una lentitud glacial, y la primavera llegó mustia y tímida. Fue entonces cuando el rumor comenzó a circular. No se sabía quién lo empezó, pero tuvo el eco perfecto para germinar: Elmir, el hijo del herrero. Asustado aún por el zorro y humillado por su propia huida, el niño había transformado su miedo en una historia grandiosa. En la versión que contaba a sus amigos, y que estos llevaron a sus hogares, no había sido un zorro. Había sido "una sombra con ojos de demonio" que salió del bosque para proteger a la Niña Tormenta. Y luego, el detalle crucial que su padre, Bran, amplificó en la taberna: —Mi hijo vio, la tarde de la gran ventisca, a la criatura adentrándose sola en el Bosque Viejo. Y salió viva. ¿A quién se lo cuentan? ¡Y esa noche, la tormenta amainó! —Bran golpeó la mesa con el puño—. ¿Coincidencia? ¡Ella fue a negociar! A ofrecer algo a la bestia a cambio de calma. ¡Y la bestia aceptó! La lógica retorcida era impecable para mentes alimentadas por el miedo y la ignorancia. La tormenta eterna era la ira del dragón. Soulind entraba en su territorio. La tormenta cedía. Era un intercambio. La conclusión saltaba a la vista: si la niña tenía tal influencia sobre la criatura… ¿no sería el vínculo aún más profundo? ¿No sería, quizás, hija del dragón? El anciano del bastón, convertido en el sumo sacerdote de esta nueva paranoia, le dio el marco teológico. —Hay antiguos relatos —dijo, su voz serpenteando en el silencio atento de la taberna— de espíritus malignos que toman forma carnal a través de mujeres desprevenidas. La madre, Lilia, murió al parirla… ¿o fue consumida por la esencia que gestaba? La niña atrae bestias, no llora, habla con el bosque… y ahora apacigua tormentas. No es humana. Es un vínculo viviente con el mal de la montaña. Un canal. La palabra "canal" fue la más peligrosa de todas. Convertía a Soulind de una simple mala suerte en una herramienta activa del dragón. Y si era una herramienta, podía ser usada o destruida. El plan no nació de un día para otro. Nació en susurros, en reuniones tras puertas cerradas, en la casa del anciano. No era una turba; era un concilio. Asistían el anciano, Bran, Corwen el alguacil, y el sacerdote del pueblo, un hombre joven y ambicioso llamado Fray Benito, que vio en esta crisis una oportunidad para afianzar su poder. —No podemos simplemente… eliminarla —dijo Corwen, el más pragmático—. La mujer la protege. Y aunque está débil, es querida por algunas de las mujeres más viejas, a las que ayudó a parir. Podría haber división. —Además, es una niña —añadió Fray Benito, entrelazando sus dedos—. El pecado de matar a un inocente, incluso a uno… contaminado, caería sobre el pueblo. Debemos actuar, pero con la bendición de una causa mayor. Con ritual. El anciano asintió, sus ojos brillando con un fervor sombrío. —La tradición más antigua, la que trajeron los primeros pobladores, habla de los "Tiempos de Hierro". Cuando la tierra enfermaba y el cielo lloraba veneno, se ofrendaba lo más preciado al espíritu de la montaña para aplacarlo. No era un sacrificio de animales. Era un pacto de sangre pura. Se ofrendaba una vida joven, sin mancha, para restaurar el equilibrio. —¿Sin mancha? —preguntó Bran—. Ella está manchada desde su nacimiento. —Precisamente —sonrió el anciano, sin calor—. Su mancha es la de la montaña. Ofrendarla no es matar a una inocente. Es… devolver lo robado. Es cerrar el círculo. Purificar la tierra devolviendo el mal a su origen. El argumento era diabólicamente perfecto. Convertía el asesinato en un acto de purificación religiosa y agrícola. Absolvía de culpa. Incluso lo hacía parecer un deber. —Necesitamos un signo —dijo Fray Benito—. Algo que una a todo el pueblo, incluso a los dubitativos. Una última desgracia que deje claro que el tiempo de la piedad ha pasado. Acordaron esperar. Vigilar. Preparar los ánimos con sermones sobre la pureza y la ira divina. Y reunir los elementos rituales: el cuchillo ceremonial de obsidiana que guardaba el anciano, las vestiduras blancas (para la pureza que se pretendía ofrendar), el ayuno comunitario previo. Sería un espectáculo sagrado y terrible. Y necesitaban que la niña creciera solo lo suficiente para que el pueblo no viera a un bebé, sino a un símbolo. Soulind, ajena a los detalles pero no a la espesura mortal del odio que la rodeaba, sintió el cambio. El silencio ya no era de rechazo, era de expectación. Como la calma antes de que el hacha caiga. Una tarde, encontró un pájaro muerto en el umbral, colocado con cuidado, con un ojo arrancado. No era el acto de un niño. Era un mensaje ritual. Se lo mostró a su madre. La mujer lo miró, y por primera vez, Soulind vio en sus ojos no rabia, ni miedo, sino una tristeza infinita y una certeza final. —Hija mía —susurró, tomándola de la mano—. El mundo a veces decide quién debe ser el chivo expiatorio de sus miedos. Y cuando decide, no olvida. —La abrazó con una fuerza desesperada—. Recuerda esto, pase lo que pase: tú no eres lo que ellos dicen. Eres Soulind. Y mi amor por ti es más verdadero que cualquier verdad que ellos inventen. Esa noche, Soulind miró hacia la montaña. El destello verde estaba ahí, constante. Ya no le daba miedo. Le daba una extraña sensación de companía en la condena. Dos seres marcados, observándose a través de la distancia. Ella, una niña llamada maldición. Él, un ser llamado monstruo. La semilla del sacrificio estaba plantada. Solo faltaba que la tierra, sedienta de sangre y desesperación, la hiciera brotar.
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