III: Fuera de juego

1057 Words
📍 Barcelona, España. Marc El impacto del balón contra las redes del campo de entrenamiento retumba en el aire de la tarde. El sol de Barcelona pega con ganas sobre el césped recién regado, pero mi cabeza está a kilómetros de aquí. —¡Capellà! ¡Concéntrate, hombre, que esa pelota era tuya! —me grita Martín Schulz desde la banda, cruzado de brazos y con esa mirada seria que no deja pasar ni un solo despiste en la presión alta. —¡Culpa mía, míster! —respondo levantando la mano en señal de disculpa mientras recupero el aliento con los brazos sobre las rodillas. Me paso la manga de la camiseta por la frente para secarme el sudor. Esto es ridículo. He jugado partidos de máxima exigencia, he tirado penaltis decisivos con estadios repletos gritándome en contra y jamás me he distraído en una sesión de entrenamiento por una razón tan absurda como una chica. El problema es que Valeria no es una chica cualquiera. Desde ayer por la tarde, cuando se reía de mí en la terraza de esa cafetería mientras subrayaba sus apuntes, no he podido quitármela de la cabeza. Su cara de indiferencia, la forma en que su cabello le caía sobre los hombros, la manera seca e inteligente con la que me devolvió cada frase y, sobre todo, ese momento en el que me analizó de arriba abajo sin pestañear. "Estás acostumbrado a que las chicas te sonrían primero para ahorrarte el trabajo de seducir". Aprieto los dientes con una sonrisa irónica al recordar sus palabras. La muy lista me leyó la cartilla en dos minutos y ni siquiera despeinó su orgullo para hacerlo. —¿En qué planeta andas hoy, Marc? —se me acerca Fernando, dándome una palmadita en el hombro mientras caminamos hacia la zona de hidratación para beber—. Llevas tres pases desviados, si sigues regalando balones, Schulz te va a poner a hacer series de carrera continua hasta las ocho. —Cosas mías, García, es el cansancio de la semana —miento, tomando una botella y echándome un chorro directo en la nuca para bajar las pulsaciones. —Cansancio, ya —se mete Miguel, apareciendo a nuestro lado mientras se ajusta las espinilleras con una sonrisa socarrona—. Tiene una cara de estar pensando en alguien que no se la está poniendo fácil que no puede con ella, míralo, si no sabe ni qué ejercicio toca ahora. —No digas tonterías —respondo dándole un empujón, aunque sé que me conoce demasiado bien como para no sospechar nada. —Yo solo digo que si no espabilas en el partidillo, te voy a rascar la pelota en la primera jugada —interviene Gabriel, entrando al grupo con esa intensidad suya de siempre y dándome un golpecito en el pecho—. Estás lento, Marc. —Que no se le acerque mucho, a ver si lo vas a lesionar antes de su cita —se burla Valentino desde atrás, soltando una risotada mientras se estira los gemelos—. El Tino huele a kilómetros cuando alguien se prepara para salir de noche, y Capellà lleva todo el día mirando el reloj. —Se están montando una película increíble entre los cuatro —les digo negando con la cabeza, aunque la risa se me escapa porque son unos pesados insoportables. Suelto un suspiro divertido y me quedo solo un segundo cerca del banquillo mientras ellos siguen picándose. Saco el móvil del bolso antes de que el cuerpo técnico nos llame para el bloque final. La pantalla está llena de notificaciones de la prensa, mensajes del grupo del equipo y avisos de la directiva, pero solo hay un contacto que me interesa revisar ahora mismo. El chat de Valeria. El último mensaje es el que me mandó esta mañana confirmando la hora: Valeria. A las nueve en el sitio que dijiste. Si llegas tarde, me pido la primera ronda a tu salud 🤫 Vuelvo a leerlo y no puedo evitar sonreír como un idiota en medio del campo de entrenamiento. Hay una seguridad en ella que me resulta magnética. En mi día a día la gente suele ponerse nerviosa, busca complacerme o me trata con una cautela incómoda. Ella me trata como si fuera un tipo cualquiera con el que ha accedido a cenar por puro entretenimiento. Y la tensión que se genera cuando estamos a menos de medio metro es algo que me está quemando por dentro. Terminamos la sesión de entrenamiento tras una hora intensa de partidillo y estiramientos. Tras pasar por la sala de fisioterapia para descargar las piernas y darme una ducha en el vestuario entre las burlas constantes de Fernando y Gabriel, me subo a mi coche rumbo a mi casa en la zona alta de Barcelona. El trayecto se me hace eterno. Mientras conduzco por las avenidas de la ciudad, me descubro pensando en qué se va a poner, en si vendrá directo de la facultad con su bolso o si se habrá arreglado para la ocasión. Llego a casa pasadas las siete y media. Me tomo mi tiempo en el clóset, parado frente al espejo solo con una toalla a la cintura. Me paso la mano por el pelo, humedecido, y me miro con atención. Tranquilo, Marc. Es solo una cena. Pero sé que no lo es. Es el primer asalto de un juego en el que ninguno de los dos piensa regalar un solo centrito. Elijo una camisa negra —de corte impecable pero desabotonada en el cuello para no parecer demasiado formal—, unos pantalones oscuros bien ajustados y mi reloj de siempre. Me aplico un par de toques de mi perfume habitual y me contemplo un segundo final en el espejo. El contraste entre la medicina y el fútbol es enorme. Pero cuando estoy enfrente de ella, nada de eso importa. Solo existe esa atracción física tan brutal, esa tensión que hace que el aire entre los dos se vuelva denso y la intriga de ver hasta dónde va a llegar esta carrera de egos. Agarro las llaves del auto, el teléfono y compruebo la hora: ocho y veinte. —Bueno, Conceição —murmuro para mí mismo con una sonrisa provocadora mientras salgo por la puerta—. Vamos a ver si tu muro aguanta una cena entera.
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