V: Diagnóstico reservado

1245 Words
📍 Barcelona, España. Valeria. El lunes por la mañana el hospital huele al café amargo de la máquina de la tercera planta y a desinfectante concentrado. Estoy apoyada contra el mostrador del control de enfermería, revisando el historial de un paciente con una arritmia respiratoria, cuando el sonido de una notificación dentro de mi bolsillo hace que me despiste del informe por tercera vez en diez minutos. Saco el teléfono esperando ver algún mensaje de la facultad, pero la pantalla me devuelve un nombre que lleva rondándome la cabeza todo el fin de semana. Marc Capellà: Buenos días, doc. Espero que estés sobreviviendo en tu día 😉. Por aquí la comisura de mis labios todavía pide una explicación de tu análisis clínico del viernes. ☕ Suelto una risa corta y me paso la mano por el cabello, asegurándome de que ninguna enfermera me esté mirando. Ese chico tiene una audacia desesperante. Desde la cena del viernes, donde me dejó claro que no se intimida ante nada, he tenido que hacer un esfuerzo consciente para mantener mi mente centrada en mis libros y en mis guardias. Es demasiado guapo, demasiado seguro y la electricidad que se genera cuando lo tengo a medio metro de distancia es una tentación que roza lo peligroso. Muevo los dedos sobre la pantalla con rapidez. Valeria: El análisis fue bastante claro, Capellà. Si tienes secuelas, pide cita en consulta externa. Ahora estoy ocupada salvando vidas. 😘🩺 Marc Capellà: Con qué esas tenemos... te veré luego. 🤫 Bloqueo el teléfono antes de que el estómago me dé otro vuelco absurdo. A las dos de la tarde, al terminar el turno de la mañana, me reúno con el grupo en la cafetería del campus. La mesa está llena de carpetas, vasos de plástico vacíos manchados de café y el caos habitual antes de un exámen parcial. —A ver, Conceição, suelta la sopa -exige Víctor nada más al verme sentar, señalándome con un bolígrafo—. Llevas desde el sábado con una cara de secretismo que no te la aguantas ni tú. ¿Quién era el de la cena del viernes? —Un chico —respondo de forma seca, abriendo mi libreta de apuntes para no cruzar la mirada con Paula. —"Un chico", dice —se burla Paula, apoyando los codos sobre la mesa y mirándome fijamente cómo si yo fuera la acusada de un crímen —. Val, te he visto salir cada guardia sin pestañear tras ver cosas traumáticas y hoy tienes esa sonrisa de lado que pones cuando estás tramando algo. Aitor, díselo tú. —Tiene razón —interviene el vasco levantando la vista de su libro y acomodándose los lentes —. Anoche dijiste en el grupo que no pudiste ir al cine porque tenías "asuntos pendientes" — dice eso último con un tono agudo cómo si imitara mi voz —. Tú nunca te pierdes una salida al cine si no hay una razón de peso... O un paciente crítico. —O alguien que te está quitando el sueño —añade David entre risas—. ¿Es guapo al menos? —Es insoportable —miento, aunque la imagen de Marc en esa camisa negra, con la luz tenue del restaurante marcándole las facciones y esos ojos clavados en los míos, me viene a la cabeza de golpe—. Y tiene demasiado ego. —Ah, tus favoritos —concluye Víctor con ironía—. Los que te retan, estás perdida, Conceição. —O tal vez... Te perdimos —dice Aitor con temor fingido. Decido cambiar de tema drásticamente antes de que sigan indagando y descubran que el "chico de la cena" tiene la cara pegada en las vallas publicitarias de toda la ciudad. Si mi grupo se entera de que estoy en un tira y afloja constante con un jugador del Condal, las bromas no van a parar en meses. A eso de las seis de la tarde, salgo de la biblioteca de la facultad. La brisa de la tarde catalana empieza a enfriarse, así que me ajusto la chaqueta mientras camino hacia mi auto. Casi al llegar al parking de la calle posterior, donde el tránsito de estudiantes es más tranquilo, una silueta apoyada en un coche deportivo oscuro llama mi atención. Lleva unos jeans claros, una sudadera negra impecable que le resalta los hombros y el pelo peinado sin esfuerzo. Marc está cruzado de brazos, mirando la pantalla de su móvil con esa postura atlética y relajada que hace que parezca el centro de atención sin ni siquiera intentarlo. Me detengo a un par de metros, cruzándome de brazos. —¿Te pagan un sueldo por perseguirme fuera de tus horas de entrenamiento, Capellà? Él levanta la cabeza de inmediato. Al verme, esa sonrisa tan suya se le dibuja en el rostro con una velocidad casi instintiva. Se guarda el teléfono en el bolsillo y da dos pasos hacia mi espacio personal, recortando la distancia sin pedir permiso. —Tenía que asegurarme de que la doctora Conceição no me estaba evitando después de dejarme a medias el viernes —dice con la voz grave, deteniéndose a menos de medio metro de mí. Huele increíblemente bien, esa fragancia de ese perfume que ya empiezo a memorizar a mi pesar. —Nadie te dejó a medias, Capellà —le respondo sosteniéndole la mirada, sintiendo cómo el pulso se me acelera en la base del cuello—. Te di exactamente lo que necesitabas para volver a tu casa tranquilo. El catalán una suelta una carcajada baja, negando con la cabeza mientras sus ojos descienden despacio por la línea de mi mandíbula, pasando por el escote del top hasta llegar a mis labios. La tensión entre los dos se vuelve tan densa que el ruido del tráfico de la calle parece desaparecer. —Eres peligrosa, Valeria —murmura inclinándose un poco más hacia mí, dejando que su aliento tibio me roce la mejilla—. Nadie me habla como tú. —Tal vez tu problema es que vives rodeado de gente que te da la razón en todo —le devuelvo bajando el tono de voz, desafiándolo con la cercanía—. Y a mí me da exactamente igual lo que diga la gente. Él atrapa mi mirada con la suya. Sin pedir permiso, levanta una mano despacio y con el dorso de los dedos me aparta un mechón de cabello de la cara, rozando la piel de mi mejilla con un toque tan suave y caliente que me hace contener la respiración por una fracción de segundo. —Me gusta tu muro —dice con un tono suave, lleno de una atracción física tan clara que me eriza la piel—. Pero voy a tirarlo abajo, Conceição. Pieza por pieza. —Vas a tener que esforzarte mucho más que eso, Capellà —le respondo sin retroceder un milímetro, colocando mi mano sobre su pecho para frenar su avance, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela de la sudadera. El contacto de mi palma contra su pecho hace que sus ojos brillen con una chispa peligrosa de deseo reprimido. —Ponme a prueba —desafía él, atrapando mi mano con la suya sin apretar, entrelazando sus dedos con los míos durante un segundo eterno. El choque de miradas a esta distancia es una auténtica provocación. Ninguno cede, ninguno pestañea, y esa tensión s****l flota entre los dos como una bomba a punto de explotar.
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