El calor de la chimenea no lograba quitarme el frío que se me había instalado en los huesos.
O quizás no era frío, sino la mirada de Alessandro recorriéndome como si fuera una propiedad que acabara de adquirir.
—Siéntate, Bianca —ordenó.
Me dejé caer en el sillón de cuero, sintiendo cómo el cansancio y el miedo empezaban a pasarme factura.
Él se acercó a un aparador de madera oscura y sirvió un poco de whisky en un vaso de cristal limpio.
—Bébelo —dijo, sentándose frente a mí—. Lo necesitas para lo que voy a decirte.
Bebí un sorbo generoso. El líquido quemó mi garganta y bajó como fuego hasta mi estómago, pero ayudó a asentar mis nervios.
—Lorenzo vendrá por ti —continuó Alessandro. Su voz era como seda deslizándose sobre cristales rotos—. En cuanto recupere el sentido y limpie la sangre que le dejaste de recuerdo en la frente, cruzará esas puertas exigiendo que le devuelva lo que es suyo.
—Él no tiene derecho... —susurré, apretando el vaso.
—Y legalmente, ante los ojos de nuestra organización, tiene razón —me interrumpió él, ignorando mi protesta—. Eres su esposa. Eres un activo de la familia que le pertenece a él por contrato.
—No soy un objeto, Alessandro. Soy un ser humano —respondí con una chispa de la rabia que me había salvado la vida horas antes.
Él esbozó una sonrisa álgida.
—En este mundo, Bianca, todos somos objetos. La diferencia es quién sostiene el mando.
Se hizo un silencio denso, solo roto por el crujir de la madera en la chimenea.
—Mi hermano es un hombre débil —siguió Alessandro—. Un hombre que compensa su falta de cerebro con los puños. Yo no soy así. Yo uso la cabeza para algo más que para recibir golpes.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. La luz del fuego bailaba en sus ojos oscuros, dándoles un aspecto diabólico.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, sintiendo que el aire empezaba a faltarme.
—Puedo protegerte, Bianca. Puedo hacer que Lorenzo no pueda volver a ponerte una mano encima sin que yo mismo le corte la cabeza frente a todos. Pero la jerarquía exige una razón de peso. No puedo simplemente esconder a la mujer de mi hermano porque me apetezca.
—¿Una razón? ¿No es suficiente con que casi me mata?
Alessandro negó con la cabeza lentamente.
—Para el Consejo, eso es un asunto doméstico. Necesito un vacío legal. Una justificación que les cierre la boca a los capos.
—¿Qué estás proponiendo exactamente? —pregunté, aunque en el fondo de mi alma ya lo presentía.
Él me miró fijamente, sin parpadear.
—Necesito quitarle a Lorenzo su derecho legal sobre ti. Y la única forma de hacerlo de manera irrevocable es que dejes de ser su esposa... para ser la mía.
El vaso casi se me resbala de las manos. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí náuseas.
—¿Quieres que me case contigo? —exclamé, poniéndome de pie de un salto—. ¿Con el hermano del hombre que me dejó estas marcas? ¡Eso es una locura, Alessandro! ¡No está bien!
—Es una estrategia —corrigió él, sin inmutarse por mi arrebato—. Siéntate.
—¡No me voy a sentar! ¡Me pides que cambie un infierno por otro!
Alessandro se levantó también. Su altura era imponente, obligándome a mirar hacia arriba mientras sentía cómo su sombra me envolvía.
—Un matrimonio de conveniencia, Bianca. Un contrato comercial —aclaró, y por un momento su mirada se volvió aún más intensa—. Lorenzo ha estado desviando fondos de la familia. Ha sido imprudente, vicioso y estúpido.
Dio un paso hacia mí, asediando mi espacio.
—Si me caso contigo, lo humillo públicamente ante el Consejo. Le quito su estatus, su herencia y, lo más importante para ti: quedas bajo mi jurisdicción directa.
—¿Tu jurisdicción?
—Nadie toca lo que es de Alessandro Di Lucca. Nadie —espetó con una seguridad que me hizo temblar—. Si llevas mi anillo, Lorenzo tendría que pasar por encima de mi cadáver para tocarte un solo pelo. ¿Crees que tiene el valor de hacerlo?
Tragué saliva. Sabía la respuesta. Lorenzo le tenía pavor a Alessandro.
—¿Y qué gano yo, además de no morir a manos de ese animal? —pregunté, tratando de recuperar mi dignidad—. ¿Qué gano yo en esta guerra entre hermanos?
—Libertad —respondió él de inmediato—. O al menos, la versión más cercana a ella que podrás conseguir en esta vida.
—¿Libertad?
—Tendrás tu propia habitación en esta fortaleza. Seguridad personal las veinticuatro horas. Y cuando termine de destruir a Lorenzo, nuestro matrimonio podrá anularse discretamente. Podrás irte a donde quieras con una cuenta bancaria que nunca se vaciará.
Me quedé en silencio, mirando el fuego que se reflejaba en el suelo.
—Dime una cosa —dije, volviéndome hacia él—. ¿Por qué yo? Podrías casarte con la hija de cualquier otro Capo y fortalecer tus alianzas. ¿Por qué arriesgarte a una guerra civil con tu propio hermano por mí?
Alessandro se acercó tanto que pude oler el tabaco y el cuero de su chaqueta.
—Porque Lorenzo quiere poseerte, pero no sabe qué hacer contigo. Yo, en cambio, siempre he sabido que eras demasiado valiosa para ser despreciada en sus manos —susurró, y algo en su tono me hizo comprender que esto no era solo por los fondos desviados—. Considera esto como una inversión a largo plazo.
—Hay una condición —dije, tratando de que mi voz no temblara—. Una que es innegociable.
—Te escucho.
—No quiero que me toques. No quiero que esto sea... real en ese sentido. No quiero que entres en mi habitación, ni quiero cumplir con deberes conyugales. Si acepto, es un papel firmado y nada más.
Alessandro soltó una carcajada seca.
—¿Crees que necesito obligar a una mujer para que entre en mi cama? —preguntó, deteniéndose justo detrás de mí.
Sentí su aliento cálido en la nuca, lo que provocó que se me erizara cada vello del cuerpo.
—No me obligo con nadie, Bianca. No es mi estilo —me susurró al oído, enviando una descarga por mi sistema—. Si algún día terminas en mi cama, será porque tú misma me habrás suplicado que te lleve allí. Será porque no podrás soportar un segundo más sin sentir mi piel contra la tuya.
Me giré bruscamente para encararlo, indignada.
—Eso no va a pasar nunca.
—Ya veremos —respondió él con una confianza exasperante—. Pero por ahora, acepto tu condición. Serás la esposa perfecta ante el mundo, la reina de mi casa, y una extraña tras las puertas de tu dormitorio. ¿Tenemos un trato o prefieres esperar a que Lorenzo eche abajo la puerta principal?
Miré hacia la entrada de la mansión.
Podía imaginar a Lorenzo allí fuera, con los ojos irritados por la rabia y el arma en la mano, buscándome para terminar lo que empezó.
Luego miré a Alessandro. Él era el diablo. Pero era un diablo que ofrecía un contrato, no una paliza.
Extendió su mano hacia mí.
Miré su mano y luego busqué sus ojos. Sabía que estaba firmando un pacto que cambiaría mi vida para siempre.
Puse mi mano sobre la suya. Su piel estaba caliente y firme. En el momento en que nuestros dedos se entrelazaron, sentí que una puerta se cerraba detrás de mí, sellando mi pasado.
—Tenemos un trato —dije, sosteniéndole la mirada.
—Excelente elección, Bianca —dijo él, apretando mi mano con fuerza—. Ahora, ve arriba. La mucama te ha dejado ropa limpia y medicina para ese labio. Mañana por la mañana, un abogado vendrá a primera hora.
—¿Tan pronto?
—Sí, el tiempo es el único enemigo al que no puedes dispararle. Quiero que el contrato esté firmado antes de que Lorenzo despierte de su resaca.
Asentí, sintiéndome como si estuviera en un sueño. Comencé a caminar hacia la salida del salón, pero su voz me detuvo antes de llegar a la puerta.
—Bianca.
Me giré. Alessandro se había servido otro whisky y me observaba desde las sombras.
—Dime.
—No te arrepientas de esto. Porque una vez que el abogado se vaya mañana, aunque llores o supliques, ya no te dejaré marchar hasta que yo lo decida.
—No lo haré —mentí, aunque el corazón me latía con fuerza en la garganta.