Me desperté en una cama que no era la mía, rodeada de sábanas de hilo egipcio que se sentían como una caricia extraña tras años de dormir en el infierno de los golpes y el miedo.
Un golpe seco y rítmico en la puerta de madera me sacó de mis pensamientos.
—Adelante —dije, incorporándome y ajustándome la bata de seda negra que habían dejado sobre el diván para mí.
Entró una mujer de mediana edad, que parecían leer mis secretos más oscuros. No sonreía.
Llevaba varias bolsas de papel satinado de las tiendas más exclusivas de Milán.
—Buenos días, señora —dijo, dejando las bolsas sobre la cama—. El señor Alessandro dice que hoy es su presentación ante el Consejo.
—¿Tan pronto? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Así es —respondió ella con voz uniforme—. No puede ir vestida con harapos. Debe parecer una reina.
Se acercó a mí y me indicó el baño.
—Dúchese. El maquillador llegará en diez minutos. Tenemos mucho trabajo que hacer con ese rostro.
Me miré al espejo del tocador mientras el vapor del agua caliente llenaba la estancia.
Los moratones de mi rostro estaban empezando a cambiar a un tono amarillento verdoso. Eran el mapa de mi miseria.
Sin embargo, dos horas después, el milagro se había obrado. Gracias al maquillaje y a unas manos expertas, logré ocultar el rastro de la mano de Lorenzo.
Me puse el vestido que Alessandro había elegido personalmente: un diseño de seda color sangre, tan ceñido que apenas me dejaba respirar, con un escote que gritaba dominio y una falda que caía pesadamente hasta el suelo.
—Parece otra persona —susurró la mujer, dándome un último retoque.
—Eso espero —respondí, mirando a la mujer que me devolvía la mirada desde el espejo—. Porque la Bianca de ayer no sobreviviría a esta reunión.
Cuando bajé las escaleras, Alessandro me esperaba al pie de la gran escalera.
Estaba impecable en un traje n***o hecho a medida, con la camisa blanca abierta en el cuello, sin corbata, dándole un aire sensual que solo él podía lucir con elegancia.
Se quedó en silencio mientras yo terminaba de bajar los últimos escalones. Sus ojos recorrieron mi figura con una lentitud que me hizo sentir desnuda.
—Nada mal, Bianca —murmuró—. El rojo te sienta bien.
—Es el color de la sangre, Alessandro —respondí, deteniéndome frente a él.
—Exacto. Pero recuerda una cosa importante: la ropa es solo una armadura. Si tiemblas, el vestido no te salvará de los colmillos de los lobos.
—No voy a temblar —le aseguré, aunque sentía las palmas de las manos empapadas de sudor—. Solo dime qué tengo que hacer para que esto funcione.
Él se acercó un paso más.
—Date la vuelta —ordenó suavemente.
Lo hice. Sus dedos rozaron la piel de mi nuca mientras abrochaba la joya. Sentí una descarga eléctrica que me recorrió la columna, haciéndome jadear levemente.
—Escúchame bien —me susurró al oído, manteniendo sus manos sobre mis hombros—. Sonríe, mantente pegada a mi costado y no hables a menos que yo te lo pida con la mirada.
—¿Y si Lorenzo intenta algo?
—Hoy les diremos a todos que Lorenzo ha sido destituido de su cargo y que tú eres mi prometida oficial. Será un golpe bajo para su ego, un insulto público que no podrá lavar fácilmente. Intentará provocarte, Bianca. Te dirá cosas horribles para que pierdas los estribos. No le des ese gusto.
—¿Y qué pasa si el Consejo no lo acepta?
—El Consejo acepta el poder, y hoy el poder lo tengo yo.
Subimos al coche blindado.
El trayecto hasta la sede del Consejo, una villa antigua en las afueras de la ciudad, fue corto pero el silencio. Al llegar, una nube de hombres armados nos rodeaba.
Alessandro bajó primero y me ofreció su mano para ayudarme a salir.
—Espectáculo, Bianca —susurró cerca de mi oído mientras caminábamos hacia la entrada—. Hazles creer que me amas, o al menos, que me deseas más que a tu propia vida.
—Haré mi parte —prometí, apretando su brazo.
Entramos en el gran salón.
El aire estaba viciado. Los jefes de las familias más importantes estaban sentados a una mesa circular de madera oscura.
Lorenzo estaba allí, sentado en un rincón, con un vaso de cristal en la mano y una mirada cargada de un odio.
La venda en su cabeza era ahora más pequeña, pero su rostro estaba desencajado.
Alessandro caminó hacia la cabecera de la mesa con una seguridad que hacía que todos los demás hombres en la sala parecieran insignificantes.
Me mantuvo pegada a su costado, su mano descansando en la curva de mi cadera, enviando un mensaje claro a todos los presentes.
—Señores —la voz de Alessandro tronó en la sala, logrando un silencio instantáneo—. Gracias por venir con tan poca antelación.
—¿A qué se debe esta reunión de emergencia, Alessandro? —preguntó uno de los capos más viejos, observándome con curiosidad—. ¿Y qué hace la mujer de tu hermano aquí vestida como si fuera la dueña de la casa?
Alessandro no parpadeó.
—Como saben, mi hermano Lorenzo ha demostrado ser incapaz de mantener el orden en su sector. Sus deudas y su falta de juicio han puesto en peligro nuestros intereses comunes.
—¡Mientes! —gritó Lorenzo, poniéndose de pie de un salto y golpeando la mesa con el puño—. ¡Solo quieres robarme lo que es mío!
—Silencio, Lorenzo —dijo Alessandro sin siquiera mirarlo—. He tomado el control total de sus activos con el respaldo de las pruebas de su delito. Y para asegurar la lealtad de sus hombres y la continuidad de nuestra alianza, hay un cambio más que deben conocer.
La sala quedó en suspenso.
—Bianca Balardi ha solicitado formalmente la anulación de su unión con Lorenzo por conducta indigna —continuó Alessandro—. Y ha aceptado mi propuesta de matrimonio. A partir de hoy, es mi prometida.
Un murmullo de asombro y desaprobación recorrió la sala.
—¡Es una farsa! —rugió Lorenzo, fuera de sí, señalándonos—. ¡Es una zorra traidora! ¡Él me la robó, la secuestró en su casa! ¡Exijo que me la devuelvan ahora mismo!
Alessandro ni siquiera se inmutó ante los gritos.
—Diles la verdad, querida —su voz era suave, casi cariñosa, pero sus ojos me pedían que fuera valiente—. ¿Te sientes robada, Bianca? ¿Estás aquí contra tu voluntad?
Miré a Lorenzo.
Vi al hombre que me había humillado, el que me había dejado marcas que el maquillaje apenas podía cubrir, el hombre que me veía como una pera de boxeo para golpear.
Tomé aire y busqué la fuerza en lo más profundo de mi ser.
—No me siento robada —respondí con una firmeza que sorprendió hasta a los capos más veteranos—. Me siento salvada.
Hice una pausa, sosteniendo la mirada llena de odio de Lorenzo.
—Y estoy exactamente donde quiero estar. Al lado del único hombre que sabe lo que significa el honor.
Alessandro sonrió.
Antes de que pudiera reaccionar o procesar mis propias palabras, Alessandro me tomó por la nuca y me besó.
Fue un beso cargado de bravura, de mando, una declaración de guerra ante todo el mundo.
Por un segundo, olvidé que todo era un contrato.
Cuando se separó de mí, Lorenzo estaba lívido, con la boca abierta y los ojos desorbitados. Los demás jefes empezaron a asentir entre ellos, intercambiando miradas.
—Ya la han oído —dijo Alessandro, volviéndose hacia el Consejo—. Bianca es mi mujer. El que tenga algún problema con mi futura esposa, tiene un problema directo con el Capo. ¿Alguien tiene algo más que añadir? ¿Alguien quiere cuestionar mi decisión?
Nadie dijo una palabra. El silencio era cargante.
—Bien —asintió Alessandro—. Lorenzo, tienes una hora para recoger tus cosas personales de la villa principal. A partir de ahora, irás a la finca de Sicilia hasta que el Consejo decida qué hacer contigo. Si te acercas a Bianca, te mataré yo mismo. ¿Entendido?
Lorenzo apretó los dientes de tal forma que creí que se le romperían. Sin decir nada, salió del salón dando un portazo que resonó rudísimo.
Alessandro me rodeó los hombros con su brazo y me guio hacia la salida, ignorando las felicitaciones de los otros jefes.
Una vez que estuvimos en la seguridad del coche blindado, solté todo el aire que tenía retenido.
—Lo hiciste bien, Bianca —dijo él, aflojándose por fin la camisa—. Mejor de lo que esperaba.
—Ese beso... —empecé a decir, sintiendo que mis mejillas ardían.
—Era necesario. El Consejo necesitaba ver que no eres solo un papel firmado. Necesitaban ver pasión.
—¿Solo fue por eso? —pregunté, mirándolo a los ojos.
Alessandro guardó silencio por un momento. Sus ojos recorrieron mis labios, todavía encendidos por su contacto, y por un instante vi algo más que estrategia en su mirada.
—Fue por muchas cosas —respondió de forma enigmática—. Pero ahora lo importante es que ya no hay vuelta atrás. Mañana se firma el contrato legal. Estás atada a mí, Bianca.
—Lo sé —susurré, mirando por la ventanilla—. Pero cualquier cosa es mejor que volver con él.
—No te confíes —me advirtió Alessandro, tomando mi mano y apretándola con fuerza—. Lorenzo es como una rata acorralada. Y las ratas muerden cuando no tienen nada que perder.