El aire en el salón de baile estaba tan pesado que casi se podía cortar con un cuchillo.
En cuanto cruzamos el umbral, sentí que todas las conversaciones se morían. Las miradas de la élite de la mafia se me clavaron en la espalda como si fueran dagas calientes.
Murmullos, risitas falsas y ojos llenos de juicio.
Pero el brazo de Alessandro alrededor de mi cintura era como un muro de acero.
Él caminaba como si fuera el dueño del aire que todos respirábamos, y eso me daba una seguridad que nunca antes había sentido.
No pasaron ni cinco minutos cuando la pesadilla apareció.
Lorenzo se abrió paso entre la gente. Se veía fatal; el rostro desencajado, la corbata chueca y un olor a whisky que le llegaba tres metros antes que él.
Se detuvo justo frente a nosotros, pasándose por el arco del triunfo cualquier protocolo de respeto.
—Vaya, vaya... —su voz arrastrada goteaba puro veneno—. Mi hermano mayor finalmente decidió sacar a pasear a mi mujer. ¿Te gusta el color rojo, Alessandro? Siempre pensé que a Bianca le sentaba mejor el morado... por los moretones que yo le dejaba.
Sentí que la sangre se me congelaba. El recuerdo de sus manos cerrándose en mi cuello me golpeó la mente.
Mis dedos se enterraron con fuerza en el brazo de Alessandro, buscando un anclaje. Pero él... él ni siquiera parpadeó.
Su cara era una máscara de calma, pero de esa calma que te avisa que viene un huracán.
—Ya no es tu mujer, Lorenzo —respondió Alessandro—. Es mi mujer. Y te sugiero que cuides esa lengua antes de que te la arranque frente a todos estos testigos.
Lorenzo soltó una carcajada histérica. Estaba fuera de sí, picado por el orgullo y el alcohol. Dio un paso agresivo hacia mí, acortando la distancia.
—¡Es mi esposa legal! ¡Ese papelito que firmaron no vale una mierda! ¡Ven aquí, perra! —gritó, estirando la mano para agarrarme del brazo y jalarme hacia él.
No alcanzó ni a rozarme. Alessandro se movió con una velocidad que no parecía humana. En un pestañeo, tenía la mano de Lorenzo retorcida en un ángulo que hizo rechinar los huesos.
Lo estampó con una fuerza bruta contra una de las columnas de mármol. El golpe seco retumbó en todo el salón y la música se detuvo de golpe. El silencio fue sepulcral.
—Escúchame bien, hermanito —susurró Alessandro. Le apretó el cuello con la otra mano hasta que a Lorenzo se le saltaron las venas y la cara se le puso púrpura—. La próxima vez que le hables así, o que intentes ponerle una mano encima, no habrá consejo de familia que te salve de lo que te voy a hacer. Te voy a enterrar vivo en el mismo jardín donde jugábamos de niños. ¿Me entendiste?
Lorenzo trató de balbucear, pero el miedo en sus ojos era real. Estaba viendo a la muerte de frente.
Alessandro lo soltó con un desprecio total, como si estuviera tirando una bolsa de basura, y se giró hacia mí.
Su mirada cambió en un segundo. Esa oscuridad asesina desapareció y me miró con una ternura que me desarmó. Me acomodó un mechón de pelo que se me había salido de lugar.
—¿Estás bien, Bianca? —me preguntó, suave.
—Sí —logré decir, aunque sentía el corazón martilleándome en la garganta.
—Bien. Porque ahora vamos a bailar. Quiero que todos vean cómo se ve una verdadera reina al lado de su rey.
Me tomó de la mano y me llevó al centro de la pista.
Mientras la música volvía a sonar, vi por el rabillo del ojo cómo Lorenzo salía del salón arrastrando los pies, humillado bajo las burlas silenciosas de los demás jefes.
No sentí ni una pizca de miedo por él. Sentí el poder de estar con el hombre que acababa de declararle la guerra a su propio hermano solo por defenderme.
Pero la adrenalina de lo que pasó en el salón no se quedó ahí. Durante el camino de regreso en el coche, el silencio entre nosotros era incómodo y eléctrico.
Alessandro no me soltó la mano, y yo podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, esa vibración de violencia contenida que ahora se estaba transformando en algo más.
En cuanto entramos a la habitación y la puerta se cerró, la farsa y la elegancia se fueron al carajo.
Alessandro me pegó contra la madera de la puerta con tanta rapidez que me hizo soltar un gemido.
Sus manos, que hace una hora habían estado a punto de matar a su hermano, ahora buscaban mi piel con una desesperación que me quemaba.
Me besó con hambre, una mezcla de furor y deseo puro que me dejó sin aliento.
—Eres mía... —gruñó contra mi boca—. Eres mía, Bianca. Que no se te olvide nunca.
No respondí, solo pasé mis manos por su nuca, jalándolo más hacia mí.
Me cargó de un tirón, haciendo que mis piernas se enredaran en su cintura. El vestido de seda se subió, dejando mis muslos expuestos al roce de su pantalón.
Caminó conmigo a cuestas hasta la cama y me soltó ahí, cayendo encima de mí como un demonio que por fin tiene el infierno donde quiere.
No hubo sutilezas esta vez. Alessandro se deshizo de su ropa con una rapidez que me asustó y me excitó a partes iguales.
Cuando se deshizo de mi vestido, dejándome desnuda bajo la luz tenue de la habitación, sus ojos recorrieron cada curva de mi cuerpo como si quisiera devorarme entera.
—Estás hermosa —susurró, bajando sus manos por mis caderas.
Su lengua empezó a recorrer mi cuello, bajando por mis pechos, mordisqueando con una agresividad que me hacía arquear la espalda.
Sentía su polla dura y ardiente golpeando contra mi muslo, un recordatorio de lo mucho que me deseaba.
Yo no podía parar de jadear, de buscar su boca, de sentir su peso aplastándome contra el colchón.
—Te quiero adentro, Alessandro... por favor —le pedí, con la voz rota por el deseo.
Él no se hizo de rogar. Se posicionó entre mis piernas y, de un solo empuje firme y decidido, se enterró en mi coño.
Solté un grito que se perdió en su boca cuando me besó para silenciarme. Estaba tan lleno, tan duro, que sentí que me partía en dos, pero de la mejor forma posible.
Empezó a moverse con una vehemencia que me dejó loca. Cada embestida era profunda, buscándome el alma.
Sus manos me apretaban las nalgas, marcándome la piel, mientras sus ojos se clavaban en los míos.
No era solo sexo; era una exigencia. Estaba sellando nuestro trato con el cuerpo.
—Dime quién te está follando ahora mismo —me gruñó al oído, mientras sus embestidas se volvían erráticas, profundas y cargadas de tanta premura que me hacía perder el juicio.
Sentía cada centímetro de su polla golpeando contra mi fondo, un ritmo húmedo y constante que me hacía arquear la espalda buscando más.
—¡Tú! ¡Solo tú, Alessandro! —grité, mientras sentía que mis paredes se apretaban alrededor de él, desesperadas por retenerlo.
Mis uñas se hundieron en su piel sudada, marcando su espalda como él me estaba marcando a mí por dentro.
El placer se me acumuló en el vientre como una marea caliente que subía sin freno, hasta que sentí que mi coño palpitaba con una fuerza que me hizo ver estrellas.
Estaba totalmente a su merced, y lo peor es que le estaba suplicando con cada jadeo que no se detuviera, que me terminara de romper con su fuerza.
Él no me daba tregua.
Sin soltarme, me obligó a girarme sobre el colchón.
Me puso de rodillas, con el pecho pegado a las sábanas, y sentí su mano envolviéndose en mi cabello, tirando con esa mezcla de fuerza y cuidado que me ponía a vibrar.
Me obligó a levantar la cadera, dejándome totalmente abierta para él.
—Mírate, Bianca —me ordenó, mientras sentía cómo se posicionaba de nuevo detrás de mí—. Mira cómo te tengo.
De un solo empuje, seco y brutal, volvió a entrar en mí. El choque de nuestras pieles resonó en el cuarto y solté un grito que se me quedó atorado.
Sus embestidas eran salvajes, profundas, como si quisiera sellarme el alma con su polla.
Me entregué a su ritmo, moviéndome con desesperación mientras él me sujetaba de las caderas con una fuerza que me dejaría huella.
El placer me nubló la vista y me sacudió entera cuando sentí que él llegaba al límite.
Alessandro soltó un gruñido ronco, hundiéndose una última vez con una vehemencia que me hizo ver estrellas, mientras sentía su calor inundándome por dentro.
Me desplomé sobre las almohadas, temblando y sin aire. Él se quedó unos segundos sobre mí, protegiéndome con su peso, antes de dejarse caer a mi lado.
El olor a sexo, sudor y su perfume se nos quedó pegado a la piel.
Alessandro me jaló hacia su pecho, envolviéndome en sus brazos como un escudo. Me besó el hombro con una suavidad que me hizo olvidar cualquier furia pasada.
—Ya no hay vuelta atrás, Bianca —susurró, y sentí su aliento caliente en mi nuca—. Ahora sabes que tu cuerpo solo responde a mi mando.