Escuchar esas palabras instaron a Adriel a moverse con más ímpetu, casi con violencia. Su v***a entró por completo en la concha de su madre. Virginia soltó un quejido ahogado. Cerró los ojos por un segundo. Se aferró a los hombros de él, mientras su hijo la sacudía sobre la cama. Adriel se hundía en ella con una mezcla de ansiedad y disfrute que le recorría la espalda entera. Bajó la cabeza y le besó el cuello, lento, húmedo. Dejó que la lengua se deslizara por la piel caliente, hasta el hombro, hasta el borde de las tetas, y ella sintió que el mundo podía explotar y no le importaría mientras tuviera a su niño invadiendo el cuerpo del que había salido. Cada vez que el chico embestía sentía cómo el cuerpo de Virginia lo recibía entero. Cómo ella alzaba la pelvis por instinto, buscándolo,

