Él, por su parte, no podía evitar seguirla con la mirada cada vez que ella se alejaba unos metros para nadar de espaldas, con los brazos extendidos y los muslos emergiendo apenas del agua. Verla así, si nada que la cubriera, le producía una mezcla de excitación y ternura que ninguna mujer le produciría jamás. Ambos sabían que quedarse más tiempo en la pileta era un riesgo innecesario. Además, si se quedaban un rato más, querrían repetir, y ya había estado demasiado tiempo fuera del dormitorio. Y ni hablar que necesitaba un tiempo para secarse por completo. —Mejor salgamos —murmuró. Lulú asintió con obediencia, cosa que le sorprendió. Ella fue la primera en dirigirse a la escalerita metálica. Mauricio se quedó en el agua, observándola sin pudor. Cada peldaño que subía dejaba al descubie

