Mauricio estaba en la sala de estar, hundido en el sillón con el cuerpo relajado. Un vaso de whisky en la mano y la televisión encendida en algún programa deportivo que transcurría como una ráfaga de imágenes sin sentido frente a sus ojos. No seguía lo que decían, no registraba los goles, las repeticiones ni los análisis. Tenía la vista puesta en la pantalla, pero los pensamientos en otra parte. El Blue Label le calentaba el pecho con cada sorbo, ese calor denso y ambarino que se instalaba debajo del esternón y le daba una sensación de calma. Sin embargo, algo seguía ahí, latiendo como una espina clavada entre las costillas, un resabio amargo que no conseguía disolver ni con el licor ni con la noche. De los cuatro miembros de la familia, él era, sin dudas, el que más afectado había quedad

