Pero Lulú sonrió. Una sonrisa breve, feroz, y volvió a dejarse caer más. La presión que sintió Mauricio en su v***a, mientras sentía la estrecha concha abriéndose lentamente para dejarle paso, fue tan intensa, tan deliciosamente abrumadora, que no pudo contener el gemido que le salió del pecho. Ella también lo sintió. Y lo soltó, suave, caliente, directo al oído de él. —Pendeja de mierda. Me querés arruinar —susurró, pero aún así llevó las manos a las nalgas de ella. —Tranqui. Si mamá nunca se levanta cuando yo vengo a tomar leche a la madrugada —dijo ella, soltando una risita. —No te rías tan fuerte —la retó él, entre jadeos. —Es que me dio gracia eso de que vine a tomar leche. Ya tomé, pero quiero más… ¿Me la vas a dar? —Pendejita de mierda. ¿Cuándo aprendiste a ser tan putita? —Co

