Adriel obedeció. Empezó por las zapatillas y luego por las medias empapadas, que hacían un ruido desagradable al ser retiradas de sus pies. Cuando volvió a erguirse, su mirada se cruzó con la de Virginia, apenas por un segundo. Ella lo observaba con mucha atención. Tenía las manos en la cintura. Llevaba una remera blanca, con finas rayas horizontales, que se ajustaba a su cuerpo, y que resaltaban sus generosos senos. El chico corroboró que no llevaba corpiño, pues los pezones se marcaban claramente en la tela. De hecho, estaban tan marcados, que se preguntó sin más bien no estaban duros. Eso podría ser por el frescor que entraba en el lavadero, o por una excitación compartida con él mismo. Y no eran solo sus pezones los que estaban marcados. La calza era tan ajustada que también le marcab

