A la tarde, empujados por los estímulos acumulados, por las miradas, por las caricias veladas bajo el agua, Virginia y Mauricio se encerraron en su habitación. No hacía falta que nadie preguntara qué estaban haciendo. Además, los dos chicos ya estaba grandes, y sabían muy bien de la vida s****l activa de sus padres. En el sofá, bajo el aire acondicionado, Lulú y Adriel se habían quedado charlando, como siempre. Había algo natural en esa cercanía, como si sus cuerpos buscaran acomodarse uno contra el otro sin necesidad de justificación. Siempre había sido así, solo que ahora, ya más grandes, con sus deseos más evidentes, hacían esos gestos más íntimos, más secretos. Adriel estaba recostado, todo su cuerpo largo y trabajado hundido en ese sofá gris, con las piernas abiertas, una mano apoya

