Se removió en el asiento, incómodo, con la mandíbula apretada y la respiración entrecortada. Sentía la dureza en la entrepierna, esa opresión insoportable que le tensaba todo el cuerpo. Quería tocarla de nuevo. Necesitaba sentir la tersura de su cuerpo en sus dedos. Se dio cuenta de que lo que sentía por su mamá era muy parecido a una adicción. Cuando llegaron, bajó del auto y se apresuró a rodear la cintura de Virginia en un acto reflejo. No estaba ebria ni débil, pero no iba a desaprovechar la oportunidad de sentir ese contraste abismal entre la estrechez de su cintura y la generosidad de su culo. —¿Podés caminar sola? —preguntó con voz ronca, más para alargar el contacto que por verdadera preocupación. —Sí. No es que me esté muriendo —respondió ella, con un dejo de diversión en la vo

