Georgia Sinclair Ronan sigue mirándome sin decir nada. Parece que alguna vez en su vida alguien le dijo que esta era la mejor forma de llevar a alguien hasta el límite y a él le ha dado por aplicarlo conmigo. Me le quedo mirando un rato más y me doy cuenta de que realmente detesto la forma en cómo se ve casi siempre. Como si nada le importara. Porque mientras yo me estoy muriendo de los nervios por lo que acabamos de hacer, él está ahí, apoyado contra el borde del escritorio, impecable en su traje oscuro, con la corbata apenas floja y esa expresión arrogante que siempre me provoca ganas de abofetearlo, o quizás hacerle algo mucho peor. Lo que sea que le quite esa maldita expresión de “tengo el control de todo”. —¿Qué? —pregunta, al notar que lo observo. —Nada —miento, mientras trat

