Capítulo 3. Decisión.

1346 Words
Capítulo 3. El Pacto de Sangre. El sonido de la sirena de la ambulancia desgarra el silencio de la calle, pero el estrépito que retumba en los oídos de Gildris es mucho más ensordecedor: es el sonido de su vida desmoronándose. Mientras los paramédicos suben a Carlota al vehículo, Gildris siente que el aire de Delano se ha vuelto irrespirable. La tensión en su cuerpo es tal que teme quebrarse en cualquier momento. Sabe, con una amargura que le quema la garganta, que el deseo de su madre de no ser una carga la ha empujado al abismo. Carlota siempre fue ajena a los juegos de manipulación de las primas, y ahora, esa misma inocencia es la que Brittney está usando como un arma arrojadiza. Ya en la clínica, la atmósfera es gélida. El olor a antiséptico y el brillo clínico de las paredes parecen juzgar su desesperación. —Una recaída más… —afirma el doctor Esteban, revisando el monitor con un gesto sombrío. Se vuelve hacia Gildris con una mirada que mezcla lástima y reproche profesional—. Ya te lo había advertido, Gildris: ella no puede permitirse emociones fuertes. Su corazón y sus riñones están en un equilibrio precario. Debemos dejarla en observación absoluta; sin la operación, solo estamos ganando tiempo que no tenemos. No puedo asegurar que sobreviva a la semana. —Lo sé, Esteban. Gracias —responde ella, aunque sus palabras suenan vacías. La impotencia se transforma en una furia incandescente. Gildris camina por el pasillo de la clínica, sintiendo el vacío de su cuenta bancaria como un agujero n***o. No tiene salida. Con los dedos temblorosos, toma el celular y marca el número de la mujer que ha orquestado este infierno. —¿Bueno? —La voz de Brittney suena melódica, casi aburrida. —Eres una arpía maliciosa —escupe Gildris, refugiándose en un rincón oscuro de la sala de espera—. Sabías exactamente qué pasaría. Fuiste a mortificarla con tus mentiras, haciéndole creer que me estás haciendo un favor. Mi madre está en una cama de hospital por tu culpa. ¿Cómo puedes ser tan insensible? ¿Es que no piensas en nadie más que en ti? —Yo solo le hablé de una oportunidad laboral, querida. No es para tanto —responde Brittney con una ligereza insultante—. Si mi tía recayó, es por su condición, no por mí. Ella estaba perfectamente cuando me fui. —¡Le llenaste la cabeza de ilusiones falsas! Ahora pasará la noche en la clínica y el seguro no cubre ni la mitad de lo que viene. Tienes que venir y ayudarme, Brittney. Por la memoria de lo que mi madre hizo por ti, ven ahora. —No iré —dice Brittney, y el silencio que sigue es gélido. —¿Qué? Paga esto, Brittney. Es tu responsabilidad. —Si quieres mi ayuda, acepta mi propuesta. De lo contrario, resuelve tus problemas tú sola. Yo no doy nada a cambio de nada, Gildris. Si no me ayudas a salir de mi situación, yo no tengo por qué salvar la tuya. —¡Es tu tía! —grita Gildris, olvidando dónde está—. ¡La mujer que te dio un hogar cuando no tenías nada! —Y creo que ya he saldado mi deuda con ella por los años de crianza. Ahora, decide. ¿Me ayudas o la dejas morir? En ese preciso instante, un pitido agudo y monótono surge de la habitación de Carlota. El sonido de la máquina de signos vitales se vuelve errático, aterrador. —¡Hágase a un lado! —grita una enfermera, entrando de golpe. —Gildris, danos espacio, ¡ahora! —ordena Esteban, empujándola hacia el pasillo. —¿Qué pasa? ¡Esteban, dime qué le pasa! —El pánico le cierra la garganta. Gildris olvida que sigue al teléfono. Del otro lado, Brittney escucha el caos, pero su voz no tiembla. Es un tiburón que ha olido sangre. —Parece que vas a necesitar mucho más que un par de miles, prima. ¿Entonces? ¿Qué dices? Gildris siente un asco profundo. La Brittney con la que creció ha muerto, reemplazada por un monstruo de ambición. Pero no hay otra opción. El dinero es la diferencia entre un entierro y una vida. —Bien —dice Gildris, con lágrimas de rabia rodando por sus mejillas—. Pero ven a pagar todo ahora mismo. Si mi madre muere porque te tardaste, olvídate de mí. No habrá trato, ni ahora ni nunca. —Perfecto. Mi chófer te llevará el adelanto y los documentos. Mañana paso por ti; tenemos mucho que ensayar. Asegúrate de firmar ese contrato, o él no te soltará ni un centavo. La Transformación El intercambio es rápido y frío, como un negocio de mercado n***o. El chófer de Brittney, un hombre de rostro inexpresivo, le entrega el maletín solo después de verificar que la firma de Gildris está estampada en cada página del contrato. Con el dinero en mano, la atención en la clínica cambia radicalmente. En cuestión de minutos, Carlota es trasladada a una suite de cuidados intensivos y programada para una cirugía de emergencia. Tres horas después, Esteban sale del quirófano secándose el sudor de la frente. Su sonrisa es el primer alivio que Gildris siente en años. —Todo ha sido un éxito, Gildris. Logramos estabilizarla y el trasplante puede coordinarse pronto. Tu prima se portó a la altura con los pagos. Puedes irte a ese "viaje de trabajo" tranquila; aquí estará en las mejores manos. Gildris entra a verla. Carlota duerme, conectada a cables que ahora le devuelven la vida en lugar de contar sus últimos segundos. El sacrificio ha comenzado. Al amanecer, Carlota despierta con una lucidez renovada. La idea de que su hija finalmente "triunfará" en Los Ángeles le ha dado una fuerza inaudita. —Gildris, no llores, mi niña —dice Carlota, acariciando la mano de su hija—. Es la mejor decisión. Confía en ti. Ve y demuestra lo que vales. Oraré por ti cada segundo. —Te amo, mamá. Si pasa algo, llámame y volveré volando —solloza Gildris, aferrándose a ella. —Estaré bien. Ve, que se te hace tarde para el vuelo. Buena suerte, mi gran administradora. El agarre de un hombre de seguridad en su brazo la obliga a soltarse. Es Orlando, el guardaespaldas de Brittney. No hay espacio para la nostalgia; el contrato ha empezado a ejecutarse. El Espejo de la Mentira El auto la lleva directamente a un hotel de lujo en el centro, donde Brittney la espera en una suite presidencial, desayunando con una calma exasperante. —Al fin. Ya era hora —dice Brittney sin levantar la vista de su café. —Tengo que ir a casa por mis cosas —dice Gildris, tratando de mantener un poco de su identidad. —¿Tus cosas? —Brittney se levanta, recorriéndola con una mirada cargada de arrogancia—. Esas harapos no te servirán de nada. A partir de que cruces esa puerta, Gildris Scanfort deja de existir. Serás yo. Tus gustos, tu ropa y tus recuerdos no tienen lugar aquí. ¡ORLANDO, TRAELOS! Un equipo de cuatro personas entra en la habitación. A la cabeza, un hombre rubio y afilado llamado Valentino. —Valentino, ella es el lienzo —anuncia Brittney—. Necesito que la transformes en mi gemela exacta. Quiero un cambio total. Tienen dos horas. Valentino se acerca a Gildris como si fuera un espécimen de laboratorio. Toca su cabello ondulado con una mueca de horror, observa sus uñas pintadas de n***o con descuido y la piel reseca por el frío de Minnesota. —¿Dos horas? —pregunta Valentino, incrédulo—. Su cabello es un desastre, las puntas están muertas y la piel necesita un milagro de hidratación. —¿Pueden hacerlo o busco a alguien con verdadera experiencia? —presiona Brittney. —Lo haremos —asiente Valentino, haciendo una señal a sus ayudantes—. Preparen el equipo, niñas. Vamos a fabricar una reina a partir de estas cenizas.
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