Sostengo la mano de Sandra. Cierro los ojos. Todo me da vueltas, no logro concentrarme. El ansia, el nervio, la desidia son emociones presentes en mí. Que no son mías. Hay una voz que no conozco, pero es extrañamente maternal. Dejo de poner resistencia, de pensar en el comedor, en Sandra, en Evangelina y en Mike. Dejo que las emociones me guíen a donde quieran llevarme. Dejándome fluir en ellas hasta dejar de ser yo. -Vamos Sandy, se nos hace tarde. -Pero mamá, ¿por qué tenemos que ir? -Ya te dije muchas veces, que hay una razón para todo y yo quiero saber porque naciste cómo naciste. -Pero los doctores te dijeron, ¿no? -Ay, Sandy, hay cosas que ni los doctores me pudieron decir. Ya deja de discutir conmigo y súbete al carro. Una niña pequeña de cinco años de edad, con un

