Después de la ducha y de la chupada caímos rendidos, sabía que le debía una, pero sería en otro momento porque me había dejado sin pilas para nada más. Era un hombre fuerte, no tenía limites en el trabajo, de hecho no había dejado de pensar en la misión que me había traído a América, mi lado currante me decía que estaba perdiendo el tiempo, que Rodrigo y todos los que eran como él andaban ahí fuera secuestrando niños para vender sus órganos y pensarlo me revolvía el estómago, pero en mi profesión había aprendido que cuando creemos que estamos perdidos es cuando en realidad ganamos y yo estaba seguro de que no nos ganaran, que los malos siempre serán menos. Hacía poco que me había despertado, era de madrugada, pero sabía que sería imposible seguir durmiendo, estaba acostumbrado a dormir un

